Punto de vista Apuntes de un boticario

Viraliza que algo queda

Las nuevas tecnologías han cambiado el modo de transmitir los acontecimientos pero, según subraya nuestro boticario, no el principio que mueve el interés por conocer lo que sucede en nuestro entorno.

Que los diarios vienen plagados de noticias trágicas es algo que vengo oyendo desde mi precoz afición a leer prensa. Mi abuela suspiraba al decir: “Hoy ya no se puede leer, oír la radio ni ver la televisión. ¡Qué horror!”.

Esto ha sido normal. Lo paradójico es que aún existan puretas anclados en el pasado que con el móvil en ristre te aburren con las fotos de los nietecitos al mismo tiempo que exclaman: “Cada vez hay más maricones, drogadictos y delincuentes”. “No sé adonde vamos a llegar!”.

Yo que, como leerán más adelante debería callarme, entro al trapo y les replico, que la naturaleza humana es, ha sido y será siempre igual; que lo mutable son las circunstancias en que a cada uno le toque vivir.

Hechos luctuosos

La quincena pasada dos hechos luctuosos se llevaron la palma. El primero fue este:

Se llamaba Verónica y tenía 32 años. También tenía dos hijos, a los que será muy difícil explicarles en el futuro por qué murió su madre. Verónica se quitó la vida porque se viralizó un vídeo de contenido sexual grabado hace seis años. Primero llegó la grabación a 20 teléfonos, pronto fueron 200, y muchos más a continuación. Desde la empresa en la que trabajaba señalan que los últimos días de Verónica se caracterizaron por la ansiedad que exhibía, superada por los acontecimientos y con el solo deseo que se parase el asunto y no llegase a conocimiento de su marido. Algo que no pudo impedir y que propició una monumental discusión de la pareja y que hizo que Verónica decidiese acabar con su vida. En unas pocas horas, a mayor velocidad de la que se había propagado el vídeo que protagonizaba, también fue viralizada la muerte de Verónica incluidas contradicciones, comentarios desafortunados, hirientes y diversas reflexiones. Todo en un breve espacio de tiempo. Pronto les pediremos a los jueces que twiteen sus decisiones y alguien intentará convencernos de la bondad de la medida.

El segundo suceso tuvo como protagonista al futbolista José Antonio Reyes que murió de manera evitable, utilizando un vehículo como arma letal, transgrediendo irresponsablemente las normas de tráfico y arriesgando no sólo su propia muerte sino la de su primo y no digamos si hubiese propiciado la del hijo del lector que me esté acusando de insensible. De ahí que un amigo, me tache con todo su cariño de bocazas militante podador de amistades. Lo siento, pero lo que escribo es tan terrible como cierto porque, además, causa sorpresa  que trece mil personas se apresuraran a asistir, en morboso paseillo, (incluidos infinitos selfies: “¡Yo estuve allí!”) un domingo por la noche, a la capilla ardiente del futbolista, un gran jugador por cierto, instalada en el estadio del Sevilla FC.

En contra de mi juvenil opción de “prohibido prohibir”, he de reconocer que hay que prohibir al niño que coja un cuchillo afilado y a los mayores que hagamos uso desmedido de las tecnologías

La compasión verdadera por un fallecido es cosa de la familia y de pocos más. Ante quienes juzguen que en recordar esto hay falta de caridad y cinismo, cabe replicarles que puede que no haya cosa potencialmente más falsa que un entierro.

Muerte en la carretera

Durante ese fin de semana, incluido Reyes y su primo, murieron 15 personas en las carreteras españolas y 16 fueron los heridos graves. Ir en coche es una de las formas más comunes, y prematuras, de morir.

Ambos sucesos tienen una sugerencia constructiva tan real como utópica y lo es porque sé que lo que propongo es tan cierto como imposible. Es escupir al cielo. No obstante, y como es norma de la casa, voy a ponerle colofón a este último proponiendo no fabricar coches para uso habitual que puedan superar los 120 kilómetros hora.

Cotilleo morboso

Pero volvamos a la historia de Verónica. Este suceso tuvo su origen en algo tan antiguo como inherente al ser humano: el cotilleo morboso. Y para ello hagamos un ejercicio de memoria novelada sobre nuestros ancestros. Supongamos que Anita, una joven natural y vecina de un pueblecito, es novia desde los 16 años de Juanito, un muchacho de 18 años y con el que lleva tiempo de noviazgo.

Al pueblo ha llegado un joven forastero como director de una entidad bancaria y Anita se ha sentido atraída por él desde que lo vio. Lo que fueron unos tímidos flirteos visuales pasaron a mayores y se consumaron clandestinamente en un hotel de la capital.

Pasado este único calentón, cada uno siguió su camino. El bancario con su mujer e hijo y Anita con la preparación de su inminente boda.

Tras ésta, y vuelta del viaje de novios, alguien con muy mala leche escupió el ya pasado incidente largando en el mercado que un primo suyo, botones del citado hotel, había visto a la “mosquita muerta”, ya felizmente casada, entrar en una habitación con el “forastero”.

El chisme fue de boca en boca durante unos días y su propagación tardó en llegar al pueblo de al lado algo más de una semana y a la capital citada cerca de un mes. De esta forma “arcaica” fue  atenuándose el chisme, pues sin más pruebas materiales que la palabra del botones, las dudas, que amenazaron el feliz matrimonio, se fueron consumiendo por si mismas. Y si alguien lo volvía a poner sobre el ágora del pueblo era para deslegitimar al botones.

Instrumentos varios

El ser humano como he escrito más arriba es siempre el mismo, no lo es sin embargo el uso de los instrumentos que se les pone a mano y por ello y en contra de mi juvenil opción de “prohibido prohibir” he de reconocer que hay que prohibir al niño que coja un cuchillo afilado (“¡no deje los medicamentos al alcance de los niños!”) y a los mayores que hagamos uso desmedido de las tecnologías que ha puesto en nuestras manos la actual sociedad con sus progresivas y múltiples aplicaciones.

Si en el caso del tráfico, como se ha dicho, se ha de prohibir la fabricación de coches que no sean para competiciones profesionales y autorizadas que puedan pasar de los 120 kilómetros por hora, deberíamos volver a los “telefoninos”; (¿los recuerdan?).

Estas medidas tan utópicas como difíciles de aceptar son casi nada con la que propongo a continuación. Prohibir la fabricación y comercialización de móviles, smartphones y demás parientes y afectos que vayan más allá de recibir y enviar llamadas. Fuera las aplicaciones, las ya famosas y desmedidas apps que nos sugieren usar hasta para abrir la puerta de la habitación del hotel. También  la inoperabilidad del móvil como cámara fotográfica (me lo agradecerá la casa Kodak) y por ende los selfies y los whatsapps que en muchas ocasiones y por error del componente de un grupito de guasaperos que ha enviado el mensaje a otro grupo en el que está incluido la persona objeto de crítica del primer conjunto. Este mínimo ejemplo acaso, y en alguna ocasión, no ha terminado en tragedia, pero sí ha producido rupturas de viejas amistades y familias con sus rescoldos de odios y rencores.

Redes sociales

Pienso, cuando sugiero restricciones sobre el mal uso de las nuevas tecnologías, que acaso no estaré tan loco

Soy consciente que con estas propuestas se me tachará de loco pero no tanto como el jovencito que ha sido sorprendido, hace unos días, conduciendo un coche de alta gama a 237 kilómetros por hora por una carretera secundaria limitada a 100. Tras la detención no se le ha detectado consumo ni de alcohol ni de drogas. Al parecer, manifestó, que lo hacía para colgarlo en su cuenta de Instagram en la que tiene ¡más de un millón de seguidores!

Pienso, cuando sugiero restricciones sobre el mal uso de las nuevas tecnologías, que acaso no estaré tan loco si se hacen la pregunta siguiente: ¿Sabe alguien la desgracia que le acontece al seleccionador nacional de fútbol Luis Enrique? ¡Nadie!. Esto es llevar la discreción a su justo nivel. ¿Cómo está siendo posible? No lo sé, pero es un hecho constatado. Desde esta perspectiva  quizás yo no sea un orate y sí puede que lo sean los influencers, instagrameros y las madre que los parió.

Y como final vaya otra pregunta de este “retrógrado comentarista”, bocazas propicio a perder amistades: ¿Se han parado a considerar que la palabra “móvil” se emplea de esta forma porque es un artefacto que se puede “mover” fácilmente por todas partes y usarlo en cualquier momento por lo  que se puede emplear sin pausa alguna como taquilla de apuestas diversas, buscador, no de dudas culturales, sino de pornografía y contactos indiscriminados? ¿Se han preguntado los delitos que se están cometiendo diariamente con este omnipresente artefacto y sus aplicaciones?.

También es cierto que los “móviles”, todo hay que decirlo, tienen una aplicación que saca a mucha gente de un apuro. ”¿Qué le regalamos a nuestra sobrina María, por su próxima primera comunión?”. “Un móvil”, contesta el marido mientras está confirmando por “guasap” la asistencia al “evento religioso”.

Yo uso móvil y no me asusta. Las balas no son peligrosas en sí.  Su riesgo, para la vida, está en la velocidad que adquieren cuando son disparadas.

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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