El mirador

Una necesidad: el médico que se entrega a su profesión y a sus pacientes

En un intento de responder a la pregunta sobre qué es lo normal, el comentarista ahonda sobre lo que debiera entenderse por normalidad en la formación de los médicos que, por lo que advierte, no es precisamente la que se recibe exclusivamente en los hospitales en donde, como advierte, allí se vean y se comenten los ‘casos bonitos’, que no dejan de ser los menos frecuentes y más extraños.

Lo «normal» admite muchas consideraciones, según el punto de vista del que defina la normalidad, y según la ciencia que lo sustente, tan diferente, desde la sociología hasta la estadística. Sobre todo, es normal lo que nos parece normal, a lo que estamos acostumbrados.

 

Por ejemplo, para un chino es normal hablar en chino, y para un español, hablar español. Este ejemplo sirve para demostrar que la norma excluye. Así, no es raro en España que alguien responda a un vasco parlante que «me hable en cristiano», en lugar de pedir el cambio al idioma común, y al tiempo excusas por no saber ni una palabra de un idioma de su propio país.

 

Nuestro cerebro construye una urdimbre que le ayuda a responder con rapidez al entorno. Para un inuit el nombre de esquimal es ofensivo, pues significa «comedor de carne cruda», y prefiere ser nombrado como tal inuit, que significa «el pueblo». El pueblo que habita en donde predomina la nieve y el hielo, y donde es normal diferenciar con precisión diferentes colores blancos níveos, pues es vital para supervivir.

 

Los médicos tenemos un enorme poder para definir lo normal. Sobre todo como contraste de lo patológico, aunque admitimos «variaciones de la normalidad».

 

La salud es la norma, y la pérdida de la salud es la enfermedad. En verdad está siendo cada vez más difícil ser normal. Incluso las poblaciones más sanas de la historia de la Humanidad están «infectadas» de factores de riesgo, tanto cardiovasculares como de otra índole, además de «epidemias silenciosas» varias, desde osteoporosis a cáncer de próstata.

 

Es difícil encontrar a personas normales, si se aplican tablas y protocolos, algoritmos y guías. Todo el mundo acaba marcado como enfermo, como anormal. El problema no es tanto la anormalidad de los médicos que crean esos factores de riesgo, tablas, protocolos, algoritmos, guías y epidemias silenciosas; el problema es que los pacientes creen a esos médicos y se sienten enfermos (anormales), lo que les lleva a aceptar el rigor del seguimiento, de los análisis y pruebas, y de las terapéuticas diversas (y, en consecuencia, a consultar por «tontinaderías»).

 

Al final, por los efectos adversos y el sufrimiento, los sanos preocupados y los sanos «infectados» acaban siendo enfermos de verdad.

 

Médicos frustrados y agobiados

 

Tenemos médicos frustrados y agobiados. Tenemos médicos profesionales «de la queja». Tenemos médicos cumplidores de la regla, de las normas y de los protocolos. Tenemos médicos especializados y superespecializados, en la búsqueda de una parcela concreta que disminuya la incertidumbre. Tenemos médicos que «no tienen tiempo» (pero muchos llegan tarde, se van pronto, reciben a los representantes, y toman café, muchos cafés). Tenemos médicos que contemplan con asombro cómo se enfrentan solos a una demanda creciente, con algunas enfermeras que acotan tiempos, responsabilidades («esto no es mío») y máximos de consulta, y las envidian y querrían copiarlas. Tenemos médicos amenazados por los recortes y por los políticos y gerentes. Tenemos médicos que se sienten piezas, no personas. Tenemos médicos sobresaturados de consultas por tontinaderías, por miedos y temores que otros médicos crean, sin fundamento científico. Tenemos médicos atemorizados por las reclamaciones judiciales, que practican y enseñan una medicina sin dignidad, a la que llaman «medicina defensiva» (más bien «ofensiva», en realidad). Tenemos médicos que huyen de la práctica clínica, se refugian en la gestión y/o en la política (o lo que sea, con tal de huir) y que suelen convertirse en flagelo de los que resisten en las consultas. Tenemos médicos que huyen al terminar la jornada y se refugian en el golf, por ejemplo, o donde nada les recuerde el sufrimiento y el dolor de los pacientes, desde luego lejos de una revista científica o de un libro de la materia. Tenemos médicos que no disfrutan del trabajo diario. Tenemos médicos que se drogan para aguantar las guardias, y el convivir con las miserias de la enfermedad y de la muerte. Tenemos médicos que se suicidan (literalmente, o abandonan la profesión). Tenemos médicos que encuentran en los suplementos monetarios ilegales, o en el límite, la justificación para seguir al pie del cañón.

 

Por supuesto, el grueso de los médicos sobrevive con dignidad y logra superar los males mencionados. Son los que sostienen el sistema sanitario, en lo público y en lo privado. Son los que se entregan a la profesión y a los pacientes, los que saben de ciencia y de humanidad. Son los que mantienen el estatus social médico, de prestigio y excepción, casi sagrado.

 

Pero no hay forma de saber si son normales los que sobreviven con dignidad y cierto grado de autoestima. Es difícil a veces tener la certeza de que lo normal es trabajar con gusto y alegría (dentro de lo que cabe). No se comprende muy bien que se tenga criterio científico propio, y que se cumplan horarios con decencia; parece casi una anormalidad, una variedad patológica.

 

El zoo recoge animales raros e infrecuentes, anormales para los que los exhiben

 

No se suele ir al zoo a ver gorriones, ni gatos, ni perros, ni canarios, ni urracas, ni cuervos, ni moscas, ni mosquitos, ni sardinas, ni carpas, ni barbos, ni palometas, ni ningún animal de la fauna que «convive» con nosotros (por las buenas o por las malas).

 

Uno va al zoo a ver, sobre todo, elefantes, tigres, delfines, avestruces, cacatúas, monos, cebras, jirafas, osos y otros animales muchas veces cruelmente enjaulados. En el zoo hay animales raros e infrecuentes, anormales para los que los exhiben, y para los que están dispuestos a pagar por verlos.

 

Antiguamente, en los circos y ferias se exhibían estos animales raros e infrecuentes, y a veces anormales (el cordero con dos cabezas, por ejemplo). También exhibían, tristemente, humanos raros y anormales, como la mujer barbuda, o el hombre elefante.

 

Ahora nos parece todo ello una barbaridad.

 

Pero nos parece normal que los estudiantes de medicina se pasen sus años en los hospitales, donde cabe toda anormalidad y rareza. No faltan, claro, ni la mujer barbuda ni el hombre elefante, ni casi ningún síndrome raro, desde alteraciones genéticas con nombres impronunciables a cánceres insólitos. De hecho, para horror de algunos, cuanto más raro sea el diagnóstico, «más interesante» es el caso clínico en el hospital. Ahí, en ese mundo de rarezas, se cuece el aprendizaje del médico del futuro.

 

Hay facultades normales que intentan sacar al estudiante del hospital, para que conozca la vida normal, el devenir de sus pacientes en la comunidad. Por ejemplo, en Holanda, en la Universidad de Mastrique (Maastricht), o en Canadá, en la Universidad de McMaster, o en Australia, en la Universidad de Queesnland.

 

En Valencia (España) se pretende lo contrario, más enseñanza y estancia en el hospital, la carrera entera. Los pobres estudiantes se convertirán en rehenes de una rara anormalidad, como si vivieran en el zoo y creyeran que los animales de allí constituyeran la fauna normal.

 

No es extraño que el joven médico se sienta frustrado y agobiado si no logra trabajar en un hospital. Si trabaja en el hospital, malo (seguirá incrementando su visión zoológica ad nausea) y si trabaja fuera del hospital se sentirá en un mundo anormal, en que no hay «casos bonitos».

 

Habría que cambiar radicalmente este mundo anormal. Los chicos, un bachillerato corto y a los 16 en la facultad de medicina, y elegidos a sorteo entre los que quisieran estudiar (para no seleccionar a los anormales que obtienen media de 9). La carrera, tres años en la comunidad, con un tutor que fuera médico de cabecera, y acompañara al estudiante al hospital para mostrarle los casos raros e infrecuentes. La residencia, dos años para cualquier especialidad. Y el cambio de especialidad, posible a lo largo de toda la vida, con un año de prácticas y tutela.

 

Juan GérvasHay que sacar al médico de la piscina, estrecha y sin profundidad donde vive incestuosamente ligado a la técnica en un ambiente raro, superespecializado, endogámico en amistades y en «casos interesantes», convertido en falso científico temeroso de la incertidumbre. Hay que llevarlo al ancho mar para que nade en libertad, sin corsés

http://www.equipocesca.org/uso-apropiado-de-recursos/la-necesaria-transformacion-de-los-medicos-de-nadadores-en-piscina-a-nadadores-en-el-ancho-mar/

 

¿Es una propuesta anormal, rara, inusual e insólita?

 

¿Qué es lo normal ?… ¿seguir como estamos?

 

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

 

Acta Sanitaria

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