Punto de vista Apuntes de un boticario

Un trabajo muy duro

Ustedes perdonen por ser reiterativo con mi tendencia a magnificar personas más por sus dotes humanas que por las académicas, tal y como escribía en mi última colaboración. Espero que no se acuerden porque, ya instalados en el odioso Septiembre, sus “estados de ánimo”  no estarán ni para hacer memoria ni para “filosofías” propias del que suscribe.

De todas formas, bienvenidos a la rutina, más o menos cruel y habitual de esta existencia vital que nos ha tocado en una tómbola en la que no hemos pedido jugar.

“¡Bien empezamos!”.  Y lleva usted toda la razón querido amigo.

Este recién pasado Agosto he tenido la suerte de hacer vecindad con un viejo y grato amigo algo inusual pues los que veraneamos de alquiler, al cambiar asiduamente de lugar, corremos el peligro de encontrarnos de sopetón con el típico tipo al que se puede calificar como el “disfrutón” que es un espécimen que por desgracia no está en peligro de extinción, sino, al contrario, en vías de expansión.

Al “disfrutón” hay que reconocerlo para tener preparada la huida, porque es un individuo necesitado de obligada compañía, sean amigos, desconocidos o, incluso, para su monólogo un buzón de correos. Esta persona contempla la vida a golpe de risa bajo un prisma de mil colores. Es el optimismo en su exagerada y peor versión: ¡el júbilo permanente!. El que lleva grabado a fuego en su mente el egoísta lema de: “no me cuentes penas, cuéntame alegrías”. Es, en definitiva, el poseedor de la fortuna más preciada por el ser humano: el buen ánimo. Si además, como dijo el otro, tiene buena salud y mala memoria ha conseguido la cuadratura del círculo feliz.

Grata impresión

Servidor, como he escrito más arriba, lo ha pasado pipa con su amigo Juan del que llevaba alejado físicamente bastantes años. Sólo alguna llamada ocasional, felicitaciones concretas, algún que otro e-mail y pare usted de contar.

Lo conocí muy joven tras haber empezado a buscarse la vida “colocando” de bar en bar vinos de una marca que no conocía (en términos suyos) ni la madre que los parió. Aún así, y dada su innata habilidad para meterse a la gente en el bolsillo, fue introduciendo este producto y popularizando tan ignota bodega.

Tras ello, y sin sentarse en mi despachito, me dijo que no me entretenía más y que volvería, según lo pactado, pasado algo más de un mes.

Un veterano administrativo de la empresa, encariñado con él, le propuso prosperar poniéndolo en contacto con una importante empresa dedicada a vender productos de los llamados “parafarmacia”. De esta forma Juan, que aceptó el envite, se hizo con un catálogo en el que aparecían desde jabones de afeitar hasta alimentos infantiles, pasando por otros productos inclasificables.

Cuando contactó conmigo, yo que también era joven y tenía una modestísima botica, me causó una inmediata y grata impresión. Recuerdo que, al hilo de los productos para el afeitado que llevaba en cartera, le comenté que nunca utilizaba maquinilla de afeitar eléctrica, aun siendo más cómoda, porque mi problema es tener una barba dura y un cutis fino por lo que necesito enjabonarme con fruición y con una brocha muy especial. Me dijo que no la “llevaba en catálogo” pero que conocía el tema pues su padre era barbero.

No pasó ni una semana de este encuentro cuando el “representante”, (él entonces se presentaba siempre así y aún lo sigue empleando con cierta ironía), me giró una nueva visita. Lo recibí con un gesto adusto, ya que en la primera visita le dije que estudiaría su catálogo pero que no podría contestarle antes de un mes. Mi actitud cambió de inmediato cuando, tras el saludo y sin dejarme hablar, sacó de su maletín una brocha de afeitar hecha a mano por su padre y me la regaló.

Tras ello, y sin sentarse en mi despachito, me dijo que no me entretenía más y que volvería, según lo pactado, pasado algo más de un mes.

Relación humana

Obvio es decir que desde ese momento Juan se ganó mi aprecio. Así que, en síntesis, podrán mis lectores comprender que mi relación humana con Juan fue ganando enteros cuando además este gran ser humano pasó de su segunda y modesta empresa a “comercial” de un importante laboratorio farmacéutico del que llegó a ser Delegado Regional y más tarde Consejero Delegado y Director Ejecutivo. Como él dice con repalojera gracia: “Menos mal que me jubilé a tiempo y no llegué a que me dijeran CEO que, mal pronunciado, en nuestra tierra puede confundirse con poco agraciado físicamente”

Así esta relación transcendió hasta hacerse muy amistosa; amistad que se fue consolidando  con frecuentes reuniones a las que asistían, fuera del mero ámbito profesional, nuestras respectivas mujeres.

Durante el veraneo hemos hablado de lo divino y de lo humano, pues hacía tiempo que no “bebíamos” juntos. Amén de incidencias familiares, y otros asuntos íntimos, un día durante una cena y al hilo de una noticia ya pasada salieron tiempos pasados que nuestras respectivas parejas lo resumieron, entre risas, con una afortunada frase: “Ya están estos otra vez…y es que la cabra siempre tira al monte”.

Noticia comentada

Se trataba de una noticia que ambos habíamos leído. Decía así:

SENTENCIA DEL SUPREMO

“Los visitadores y/o comerciales de empresas reivindican sus derechos laborales”

“Las horas dedicadas por un comercial a participar en eventos deportivos con clientes deben ser compensadas debidamente, según el Supremo. Asistir a eventos comerciales con clientes fuera de la oficina se considera tiempo de trabajo. Por tanto, la empresa tiene que compensar esta dedicación debidamente a sus empleados.  Éste es el fallo que dicta el Tribunal Supremo (TS) sobre un litigio que viene de lejos, y que enfrentaba a las compañías tabaqueras Altadis y Tabacalera con la Federación de Industria, Construcción y Agro de UGT.”

Juan que no necesita contarme pormenores de sus innumerables vivencias “sociales” fuera del estricto trabajo profesional pues me las sé casi todas, en este caso y a petición mía, le insistí a que relatase la anécdota de cuando invitó a un alto mandatario de una empresa a un partido del Real Madrid.

Invitación al Bernabeu

… en este caso y a petición mía, le insistí a que relatase la anécdota de cuando invitó a un alto mandatario de una empresa a un partido del Real Madrid

Este ejecutivo era un cateto de una emergente provincia española venido a más y, como tal, “forofo” del Madrid aunque viviese en una capital con un equipo de fútbol puntero. El individuo, poderoso en su actividad pero que aún no había perdido el pelo de la dehesa, saltó de júbilo ante esta propuesta de Juan. Se trataba de ver en vivo un partido de “su equipo del alma” en la misma capital. Mi amigo lo recibió en Barajas el día de autos y de allí se lo llevó al “Asador Donostiarra”, ¡faltaba más!, donde el citado se puso de comer y beber hasta la corcha y de ahí en coche con chófer (de puerta a puerta) a un palco privado del Bernabeu.

Hasta aquí todo perfecto salvo que el partido se trataba de un Madrid-Betis cosa que Juan, bético hasta decir basta, no había previsto. El “anfitrión” fue tragando quina durante el transcurso del encuentro con las exaltaciones ya etílicas (en los palcos privados, por si faltara algo, sirven frecuentes y buenas bebidas) a favor de los blancos y con permanentes expresiones ofensivas en contra del Betis y sus seguidores.

Aquí Juan se viene arriba y dice:

“Después de ir todo el partido ganando el Madrid, gracias a un penalty discutible, y a falta de tres minutos del final, mete mi Betis bueno un gol de campeonato. En ese preciso momento se me olvidó mi empresa, el cateto y la madre que parió al cateto, así que le hice un corte de mangas que lo vieron hasta los guardacoches de la calle. Perdí el cliente y menos mal que mi empresa me respetó”

“Excuso deciros, continúa mi amigo, que estos gastos materiales me los pagaba la compañía, pero nunca el manejar  influencias personales que me permitieran, en este caso, conseguir llevar al cateto a un palco del Bernabeu y, por supuesto, el esfuerzo psíquico, algo que entra en lo espiritual y por ello es difícil de cuantificar”

La Universidad de la Vida

Terminado su relato recordé a los comensales la frase que acuñó un sindicalista sevillano en tiempos de la Transición. Este hombre, obrero de la construcción que llegó a Consejero de la Junta de Andalucía, decía: “Usted no sabe la de langostinos que he tenido que comerme para llevar los garbanzos a casa”.

Mi amigo apostilló a los postres: “Ya estoy jubilado y retirado de esto pero cuando alguien, desconocedor absoluto de lo que significa este duro trabajo de comercial y “envidia esta dolce vita”, me pongo a modo Raphael y le canto “¡Que sabe nadie!”.

Conclusión: Si hay una profesión en la que sin estudios universitarios (esto me acarreará cabreos, y no es mi intención, de los visitadores y/o comerciales sanitarios actuales) se aprende más que en las Facultades es la que yo llamo “Universidad de la Vida”. Pero es una carrera muy dura. No se la recomienden a sus hijos y, si dudan, pregúntenle a mi amigo Juan.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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