El mirador

Las creencias de los pacientes y de los médicos

Las creencias, normalmente como parte de una cultura determina, influye a la hora de enfrentar los problemas, entre ellos los relacionados con la salud, por lo que conviene tenerlas en cuenta a fin de que no fracase la atención biológica.

La vida está llena de alternativas. Sin embargo, creemos y tendemos a pensar lo contrario, a sentirnos encerrados con un solo muñeco, a percibir caminos sin salidas, a ignorar las salidas y a pensar que la rutina invade nuestras vidas y que hay un sino del que no podemos escapar. Es un poco la tragedia vital de aspirar a una vida que no llevamos, siempre pendientes de un cambio: «a ver si me toca la lotería», «a ver si llega el fin de semana y me drogo, emborracho y follo sin tino», «a ver si se va este maldito jefe», «a ver si se muere mi tía y me deja de heredero», «a ver si llega un príncipe azul, una princesa rosa», «a ver si me jubilo y puedo hacer lo que me dé la gana», «a ver si los niños crecen y se independizan», «a ver si llegan las vacaciones», «a ver si a través del partido logro una poltrona», etc.

 

Las vidas se convierten así en trágicas por previsibles. Es decir, terminan como la tragedia griega al cabo de los siglos, como una rígida representación de final inevitable. Sin embargo, la misma tragedia griega fue en sus comienzos justo improvisación. Comenzó con el canto del coro en las fiestas dionisíacas del triunfo de la luz sobre la oscuridad, del solsticio de invierno y del equinoccio de primavera. Comenzó con el canto en el sacrificio ritual del macho cabrío, con los sátiros en el coro, y con la progresiva independencia del corifeo (el portavoz del coro). Los sátiros con su priapismo y su alegría, con su pene sinuoso y puntiagudo de macho cabrío, su pene incansable y juguetón, su pene de penetración profunda y gustosa, su pene de semen abundante y caliente. Por ello la tragedia comenzó como un canto breve y satírico, alegre e inesperado, burlón y vibrante, atrevido e irreverente, y su propio nombre (tragedia) alude al macho (y al canto) cabrío. Sólo el paso de los siglos llevó a la estructura dramática de la tragedia griega. De la misma forma en nuestras vidas el paso del tiempo transforma el desenfado infantil en el pesimismo del adulto y la improvisación vital diaria del niño en la condena a la rutina vital del anciano.

 

En realidad la vida está llena de alternativas, de caminos por explorar y disfrutar. Son las creencias las que nos limitan, las que bloquean las salidas, las que nos uniforman y provocan vidas rutinarias y días previsibles y monótonos. Lo peor es que casi siempre ignoramos que son las creencias las que nos bloquean. Les pasa a los pacientes, les pasa a los médicos.

 

Frank Plumpton Ramsey

 

 

Los verdaderos científicos tienen siempre un punto importante de filósofos y en ese sentido Frank P. Ramsey (1903-1930) fue un verdadero científico. Se le recuerda como matemático, su formación básica, pero también por sus trabajos estadísticos y por sus aplicaciones a la economía. En el terreno filosófico, su verdadera pasión, publicó acerca de la verdad, la causalidad, los hechos y otros muchos temas. En este campo tradujo del alemán el «Tractatus logico-philosophicus» de Ludwig Wittgenstein, obra muy influyente en los positivistas lógicos del Círculo de Viena.

 

Frank P. Ramsey murió muy joven, por las complicaciones de una operación, y su condición de enfermo crónico. Aunque inglés de Cambridge, aprendió alemán y se sometió a psicoanálisis por un discípulo de Freud, en Viena. Quiso conocer su impulsos más primitivos, que consideraba importantes en su propio trabajo de matemático.

 

Frank P. Ramsey propuso que las creencias son como mapas con los que se toman caminos y se eligen alternativas que llevan a la satisfacción de las necesidades. Son mapas muchas veces inconscientes que ayudan a estar orientados en el mundo, en el tiempo, el momento y la sociedad en que nos ha «tocado» vivir.

 

Las creencias de los pacientes

 

 

Cada paciente tiene un mundo interior que ni él mismo conoce en profundidad. Cada paciente es un mundo aparte. Cada paciente tiene sus creencias, su ideología y su cultura. Bien se dice que no hay enfermedades sino enfermos, pues las creencias llevan a vivir de forma peculiar y única la enfermedad.

 

Algunas creencias son «internas», en el sentido de que proceden del propio pensamiento, experiencia y reflexión, de las convicciones individuales. La mayoría de las creencias son «externas».

 

Son creencias externas las que conforman culturas e ideologías, las de la política y la religión, las del grupo y los líderes con los que convivimos y las de la tradición. Son creencias profundas que llevan a la aceptación de «la normalidad», sin justificación ni fundamento racional, pero que ayudan a dar sentido a la vida y a entender el mundo. En muchos casos conllevan prejuicios como los casi universales contra las personas con graves deformaciones faciales.

 

Los pacientes expresan sus creencias como casi todos lo hacemos, según el «creo que…» y el «creo en…». Por ejemplo, «creo que esta tos me empezó con el humo de la barbacoa que hizo mi cuñado; por cierto, un inútil en todo, no sé cómo lo aguanta mi hermana…». En otro ejemplo, «creo que esas pastillas que me dio son poco efectivas; en general las pastillas verdes que flotan en el agua son poco efectivas…».

 

En muchos casos los pacientes no expresan verbalmente sus creencias, pero sí con su conducta. Es el rechazo de la adolescente católica al aborto voluntario, arrepentida de su veleidad pero dispuesta a llevar hasta el final el embarazo. Es la búsqueda de «la inyección» del paciente con dolor de espalda que sólo cura con tal forma de administración. Es el grito salvaje de la mujer marroquí en el parto, como forma de demostrar su amor por su marido a través del sufrimiento. Es la confianza en los «remedios naturales» del joven antisistema. Es el rezo del judío que confía en el Talmud para su curación. Es la expectativa de antibióticos para el dolor de oídos de su hijo, de la madre ejecutiva exigente.

 

Nuestros pacientes tienen creencias, profundas creencias que conviene siquiera considerar, si es posible explorar y en todo caso respetar. Esas creencias guían su conducta más que nuestras recomendaciones y recetas. Dichas creencias explican su forma de «vivir», su respuesta a la enfermedad y al tratamiento. Si ignoramos las creencias de los pacientes ofrecemos una atención biológica que fracasa, lo que es frecuentemente el caso en la «medicina oficial».

 

Las creencias de los médicos

 

 

Los médicos tienen las creencias de sus pacientes, pues aunque sean de diferente clase social comparten una sociedad y unos valores, un tiempo y una geografía. Al viajar y al convivir en el trabajo con médicos de otros países uno descubre cuántas creencias «gobiernan» la relación con los pacientes. Por ejemplo, es la simple disposición de la mesa en el despacho del médico general, generalmente adosada a la pared en los países anglosajones, de forma que el médico y el paciente comparten sillas «esquinadas» que llevan a casi rozar las rodillas. Es la importancia del individuo frente a la de la familia, que bien se expresa con la presencia de «una» única silla para el paciente (casi nadie asiste con acompañante), o de la escasez de la consulta a través de un tercero (de un 20% en España a un 1% en Australia). Es el uso sistemático de la «unidosis» en la farmacia, donde la prescripción se transforma en un envase personalizado, lo que parece natural al paciente (y por ello lo espera).

 

Además, los médicos tienen creencias científicas y profesionales, que como buenas creencias ni se perciben. Por ejemplo, los médicos creen en la historia natural de la enfermedad, como si la enfermedad fuera como la tragedia griega con un inicio, un nudo y un final (y en justa correspondencia se desarrollaron los conceptos de prevención primaria, secundaria y terciaria). Es la idea de que la enfermedad existe como ente distinto de la experiencia del enfermar. Es la concepción de la enfermedad como alteración de un substrato bioquímico o genético cuyo «arreglo» resolvería el problema (y en justa correspondencia la medicalización de la vida y la respuesta biológica a muchas enfermedades y problemas de salud que tienen origen social). Es la idea de la medicina como ciencia y de los médicos como científicos, que lleva a transformar la misión sagrada de ayuda frente al sufrimiento en una especie de tarea laica, neutral, universal y fría de reparación «mecánica, psicológica y/o química» con medicamentos, técnicas psicológicas, cirugía y otros remedios (en justa correspondencia el médico se convierte en mago que promete «juventud y bienestar permanente» y en comerciante que vende remedios para lograrlo).

 

Las creencias bloquean a pacientes y a médicos y ambos se pierden con mapas equivocados que ofrecen espejismos milagrosos que hacen perder la posibilidad de vivir en su esplendor (con/sin enfermedad).

 

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org) @JuanGrvas

Juan Gérvas 

Acta Sanitaria

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