El mirador

Sordos: aislados e ignorados

En esa mirada continua sobre la realidad, el comentarista se adentra en un mundo poco explorado, incluso médicamente, como es la vida social de los sordos, aislados personalmente y, las más de las veces, también socialmente. Y, desde el punto de vista asistencial, existe una característica propia, el rechazo del profesional porque no colaboran. Una tragedia.

El láudano es una tintura alcohólica de opio. Paracelso preparó por primera vez láudano, y añadió azafrán, clavo y canela. El láudano más popular fue el formulado por Sydenham, con vino de Málaga. Se empleaba el láudano para mil situaciones, sobre todo relacionadas con el dolor.

 

Después de alumbrar un niño muerto, con láudano se suicidó la mujer de Dante Gabriel Rosetti, pintor inglés del grupo de los pre-rafaelistas. Además de pintor, Dante escribió poesía, pero gran parte de su producción la enterró con su esposa. Cuando se recuperaron esos poemas, el escándalo fue mayúsculo, dada su sensualidad y erotismo descarado.

 

Entre 1876 y 1881, Dante Gabriel Rosetti pintó “Mnemosina”, la diosa de la memoria.

 

El cuadro se titula también The lamp of memory, en alusión a una de las lámparas consideradas por John Ruskin en su tratado The seven lamps of architecture. Fue John Ruskin un agitador social en la línea cristiana, fundador del grupo de los pre-rafaelistas.

 

En el cuadro de Dante Gabrile Rosetti, Mnemosina aparece con una lámpara y otros motivos alusivos a la memoria, pues fue la diosa de la misma.

 

En el Hades, los muertos bebían en el río Lete, para olvidar su vida anterior y empezar de nuevo en una re-encarnación. Los iniciados en el culto de la diosa bebían en el río Mnemosine, y conservaban sus recuerdos.

 

Cuenta la mitología que Mnemosina se acostó nueve noches seguidas con Zeus, y que tuvo un embarazo múltiple que le permitió parir a las nueve musas.

 

A Mnemosina estaba consagrado el pabellón auricular, que se le ofrecía en plata, y que llevaban colgando los fieles en señal de respeto.

 

La huella de la oreja

 

Aunque no solemos “imaginar” la oreja como característica de una persona, el pabellón auricular facilita la identificación unívoca personal. Es curioso no tener esa imagen mental de las orejas de las personas que conocemos, incluso a veces de nuestras propias orejas. Las orejas permanecen ocultas no tanto por causas físicas sino por el escaso interés que despiertan.

 

Por contraste, “imaginamos” con facilidad los ojos de las personas, los nuestros propios, y nos hacemos idea de un personaje y sus facciones si se describe de ojos “rasgados, pequeños, de un azul profundo”, o “enormes, brillantes, de un verde aterciopelado”.

 

El policía francés Bertillon desarrolló la antropometría, con la idea de identificar a los criminales a través de distintos rasgos corporales. En esta tarea se le unió Galton, el inglés de la eugenesia. Los métodos antropométricos han derivado en la determinación del ADN, pero también en programas automáticos de identificación del rostro, de las huellas digitales y del iris. No son métodos perfectos, pero se le acercan.

 

Ante la dificultad de obtener huellas dactilares, muchas veces se recurre a la huella de oreja, que los criminales dejan descuidamente al intentar escuchar lo que sucede al otro lado de una puerta, por ejemplo. La huella se produce por la descamación de la piel, y el sudor y la grasa, que deja una marca no visible pero fácilmente identificable

http://www.elsevier.es/sites/default/files/elsevier/pdf/102/102v57n7a13096796pdf001.pdf

 

Así pues, los delincuentes también suelen ignorar sus orejas, y ello facilita su identificación.

 

Oír

 

La percepción de las ondas sonoras depende de la vibración de los cilios del órgano de Corti, en el oído interno.

 

Las ondas sonoras pueden llegar por vía ósea, pero en general lo hacen por el aire, a través de los pabellones auriculares, que las conducen al conducto auditivo externo hasta hacer vibrar el tímpano. Los huesecillos del oído medio son característicos de los mamíferos, y transmiten las vibraciones desde el tímpano hasta la perilinfa de la cóclea.

 

En el órgano de Corti se transforma el movimiento de los cilios en descargas eléctricas que caminan por el nervio auditivo hasta las áreas cerebrales temporales de la audición.

 

El cerebro interpreta las descargas eléctricas, mediante un proceso que conocemos en poco. Desde luego, no hay un “altavoz” cerebral que emita sonidos dentro del cráneo, sino pura electricidad; mejor dicho, despolarización de la membrana de la célula nerviosa con entrada brusca de sodio. Con esa información el cerebro reconstruye sonidos y los interpreta para actuar en consecuencia. Por ejemplo, para dar un salto ante el ruido de un árbol que cae. O para llorar, ante las duras palabras de un mal amigo. O para vibrar con la multitud, en un concierto.

 

La función auditiva es especialmente importante en la especie humana por el desarrollo del lenguaje. Otros mamíferos pueden intercambiar información a través de sonidos, pero ninguna especie lo ha logrado hasta el grado del Homo sapiens (en general más homo que sapiens, todo sea dicho).

 

Oír es clave, especialmente donde no se ve bien. Por ejemplo, en la sabana con hierba alta, o en las zonas boscosas. La vista es importante; la audición también.

 

Existe una memoria auditiva que nos permite, por ejemplo, reconocer la voz del ser amado, o de familiares y amigos. Esa memoria se une a la “imaginación” auditiva por ejemplo, recordar o elaborar nuevas melodías.

 

Como en todo lo humano, somos capaces de apreciar belleza y horror en los sonidos. Un sonido horroroso para muchas personas es el de la tiza que chirría en la pizarra. Un sonido generalmente agradable es el rumoroso de un arroyo en la montaña.

 

Hay memoria auditiva generacional. Por ejemplo, sólo los más viejos recuerdan el sonido en vivo de una locomotora de vapor; o el de una máquina de escribir; o el de los cascos de los caballos por las calles. Los jóvenes tienen otro mundo sonoro, otra memoria auditiva generacional, que pronto cambiará. Por ejemplo, el sonido del motor de combustión de los automóviles lleva camino de desaparición, por la difusión del silencioso motor eléctrico.

 

Nuestro mundo es un mundo sonoro, también.

 

Sordera

 

Los sordos no oyen. Son cientos de miles los españoles que no oyen, que están sordos. Hay sordos de nacimiento, sordos por enfermedades, sordos por tóxicos (medicamentos incluidos), sordos por exceso de ruido, sordos sin causa conocida. Todos ellos se sumergen en un mundo de silencio.

 

El silencio es a veces una bendición. Pero cuando no se busca se puede transformar en una maldición.

 

La sordera es maldición, sobre todo, por el aislamiento social que conlleva. Y, peor, por la escasa relevancia del problema. Mientras los ciegos suelen contar con la tolerancia social, los sordos parecen tan solo molestar. Esto es más cierto para los ancianos que han desarrollado la sordera tardíamente, y a los que se les considera más tontos que sordos. Incluso en el sistema sanitario es raro que una historia clínica haga constar que el paciente es sordo, como si ser sordo no fuera importante.

 

Imagínese, amable lector/a, que fuera sordo. Imagínese el silencio abrumador y constante a su alrededor. Imagínese en la calle, sin oír nada. Imagínese en un jardín, en el bosque, a orilla del mar, sin oír nada. Piense en no poder disfrutar de la voz de amigos y familiares. Sea consciente de que le sobra la radio, o que no tiene sentido ir a un concierto. Imagínese en la cena de Nochevieja, en la celebración de su jubilación, en una fiesta.

 

No se trata de suscitar piedad para con los sordos. Se trata de ponerse en su lugar, de ser conscientes de que a veces es peor ser sordo que ciego.

 

No es lo malo ser sordo y estar aislado.

 

Lo malo es ser ignorados.

 

Sordos e ignorados, también por los profesionales sanitarios. Sordos, frecuentemente confundidos con lentos, tontos, torpes y, veces, maliciosos.

 

¡Qué crueldad con los sordos!

 

Juan Gérvas ([email protected]) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Juan Gérvas

Acta Sanitaria