'Orgullo de raza' y decepción

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Al hilo de los resultados del último Barómetro del CIS, el correspondiente a febrero, el comentarista enhebra una serie de consideraciones sobre las dos profesiones, médicos y profesores, que están protagonizando la gran protesta social de los últimos meses y que son vistos por la sociedad como los valedores de un modelo social que nada tiene que ver con el que están tratando de sacar adelante los políticos de turno.

Alberto Berguer¿Recuerdan "Orgullo de raza"?, aquella mítica película de 1955 dirigida por Douglas Sirk; a mí fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando leí la reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). El hecho de que los médicos sean los profesionales mejor valorados socialmente es algo digno de orgullo para los que llevamos toda nuestra vida dedicados al arte de curar. Curiosamente nos siguen los profesores, lo que sin duda representa la segunda contradicción en la actualidad; precisamente los dos colectivos que más se están resintiendo con las medidas adoptadas y en las que quieren seguir profundizando negativamente los responsables autonómicos, resulta que la sociedad es a quienes mejor considera, a pesar de las muchas penalidades que les hemos hecho pasar con nuestra huelga y movilizaciones.

 

Casi un cincuenta por ciento de ciudadanos aconsejaría a un amigo o familiar que fuera médico; además, en todos los grupos de edad es la profesión mejor valorada y sobre todo por los jóvenes, a los que no les han roto aún la ilusión, y por los mayores que tanto precisan de ese servicio público. Tal vez esos ciudadanos tendrían que saber también cuánto les cuesta en las Universidades Públicas formar un médico para que, al final, los que se quedan tengan unos sueldos ridículos y ya no digamos los que se marchan, que suponen una falta de inversión de lo que costó formarlos. Pero este país es así: de una parte, llenamos las Facultades de Medicina y, de otra, tenemos que decirles después que se marchen, que aquí no tienen futuro.

 

Que esto sea así, después de las huelgas y las manifestaciones por parte de los colectivos de médicos y profesores, quiere decir que la ciudadanía también ha comprendido que en dichas actitudes no se plantearon únicamente intereses corporativos, sino mucho más trascendentes y profundos sobre esos dos pilares básicos de un Estado moderno y desarrollado. Grandes movilizaciones en las que no se pidió más dinero, ni prebendas, sino conservar un sector que ha costado tantos años construir y consolidar y que, por la mala gestión de los políticos y sus intereses, se está destruyendo como bien público generalizado. En las medidas adoptadas que seguirán fluyendo, se ve claramente que cada día se le quiere dar más protagonismo a los actores económicos privados y de ese modo los poderes públicos irán mermando sus responsabilidades ante la sociedad, en cuestiones tan esenciales. La realidad final será que los ciudadanos no dejarán de tener esos servicios, pero el acceso a los mismos cada día dependerá más de sus posibilidades económicas, aunque se empeñen en seguir repitiendo que la financiación pública seguirá siendo igual y que solo la gestión será la que se privatice. Algo que extraña en estos tiempos en que estamos ansiosos de noticias e informaciones, es el hecho de que los periodistas estén en horas bajas, en cuanto a consideración social; tal vez porque además de escribir y aparecer en los medios de comunicación audiovisuales, tertulias, debates y cumpliendo con las obligaciones del llamado Cuarto Poder, no acaban de convencer de que estén haciendo bien su función social. Posiblemente la oposición frenética de unos y el amarillismo descarado de otros, ya lo sabe discernir cada día mejor la sociedad española y es menos proclive a ser manipulada.

 

En la encuesta del mes de enero, la Sanidad también era una de las principales preocupaciones sociales, pero ahora nos han desbordado lógicamente el paro y, cómo no, la corrupción, el fraude, los problemas económicos y los políticos. Aunque esta es la percepción social, me temo que poco de ello hace mella en los que tendrían la obligación de rectificar sus políticas y comportamientos, pero que por encima de todo les preocupa mantener su estatus, justificar lo que nadie se cree y que los sacrificios los hagan los representados.