Punto de vista Apuntes de un Boticario

Remover cielos y tierra (Al niño Julen “in memoriam”)

Frente a la calificada como ‘Memoria Histórica’, el autor defiende la ‘Desmemoria Voluntaria’ vivida por quienes hicieron la Transición política. Y lo hace recordando sucesos muy personales.

Dicen, y estoy de acuerdo con ello, que la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Pongamos de ejemplo al amigo que se hace el desmemoriado feliz. Nos vemos y hablamos:

-“¿Qué tal estas Navidades con tu cuñado?”

-“¡Magníficas!. ¿Por qué me lo preguntas?”.

-“Porque este verano recuerdo que me abundaste en vuestras no muy buenas relaciones y me contaste un incidente ocurrido las Navidades del año pasado”

-“No me acuerdo. ¿Qué pasó”

-“Que le llevaste a su casa por Nochevieja, como regalo, un jamón con la intención de que como experto cortador trinchase lo suficiente para que todos disfrutarais de tan exquisito manjar…”

-“No te cojo la idea…¿pasó algo?”

-“Que, según me contaste bastante cabreado, se lo llevaste incluso con cuchillo y soporte jamonero, con la idea compartida, según dijiste, que una vez cortadas las lonchas que fuesen necesarias, el resto del jamón y el soporte volverían a tu propiedad…”

-“No recuerdo…pero sigue…”

-Que, como es lógico, tras la fiesta no ibas a arramplar con el voluminoso regalo y esperaste un tiempo prudencial para que te llamase y recogieses los restos del naufragio…”

-“¿Y que pasó….”

-“¿Aún no lo recuerdas?. Que pasado más de un mes lo llamaste, te dijo que pasases por su casa y lo que te entregó sólo fue el jamonero y el cuchillo. El muy mamón, palabras tuyas, se había liquidado con toda su parentela el jamón entero”

-“Pues no sería para tanto, porque yo no lo recuerdo”.

Desmemoria positiva

Este diálogo real no se me debe tornar contradictorio en base al “mensaje” de estos “Apuntes” que quiere enaltecer la desmemoria positiva, porque con el propio antagonista se puede inventar otro diálogo en el que el desmemoriado recupera de inmediato la retentiva, aunque lo que le cuentes sea mentira o esté magnificado. Puede ser tal que así:

-“El otro día me encontré con Merche que sigue, a pesar de los años, tan atractiva como siempre y saliste tú a colación…”

-¿Merche?…¡qué Merche!

-¡Sí hombre…aquella compañera de trabajo que te echaba los tejos, ante la envidia de los demás, y que se fue, hace años, de la empresa…!

-¡Ah hombre, Merche!. ¿Cómo no voy yo a recordar a Merche…?

-Faltaba más. Si era la comidilla del servicio. Todos estaban convencidos de que terminasteis siendo más que amigos…

-Lo recuerdo como si fuera ayer pero ya sabes que en estas cosas soy muy discreto…,pero algo de eso hubo

Si esta conversación, provocada por mí, tuviese testigos comunes, la memoria de mi amigo la hubiese forzado hasta límites extremos.

Recordar y vivir

Estas a modo de entradillas dialogantes son el fiel reflejo de, como decía el bolero: “recordar es volver a vivir”; pero que sea una vivencia rememorativa de nostalgia gustosa. Una melancolía en technicolor. Todo menos remembranzas que, sin ninguna razón, fomenten odio.

Yo nací en una ciudad lo suficientemente numerosa para que los rescoldos de la guerra civil, aún pasados pocos años de su finalización, estuviesen, dictadura aparte, un tanto atenuados. Mi padre era natural de esta misma ciudad, pero mi madre lo era de un pueblo donde la crueldad de la guerra civil, (odio entre hermanos que además no se odiaban…, ¡Señor!) hizo, como en tantos otros, estragos.

Como es lógico acudía a este pueblo con mis padres periódicamente, pues aún vivía en él mi abuela materna a cuyo su marido, mi abuelo Pedro, lo habían matado, recién iniciado el conflicto los que, en el momento del que hablo, formaban parte del bando que resultó perdedor.

Todos los 23 de Diciembre, fecha en la que al parecer (nunca se supo exactamente) ocurrió la tragedia, íbamos, acompañando a la abuela, toda la familia materna hacia un lugar en pleno campo donde hay (todavía milagrosamente subsiste) colocada una cruz de piedra y ante ella nos arrodillábamos. Con un tiempo gélido y manteniendo un silencio sepulcral mi tío, el mayor de los hermanos, que curiosamente no tenía, como él decía, “vicios de iglesias”, rezaba un padrenuestro tras engarzar una corona de flores en el eje de la cruz.

Recordando al abuelo

Cuando tuve conciencia de esta “ceremonia” anual, le pregunté a mi padre el por qué de la cruz, tan lejana, si en el pueblo existía un cementerio.

Dije: -“¿Es porque aquí está enterrado el abuelo?… ¿Y por qué lo enterraron aquí?”.

-“Mira hijo, nunca se supo, ni se sabrá, qué fue de sus restos. Sólo te puedo decir que tras la guerra y según declaraciones de los que se suponen fueron testigos de su “muerte” (mi padre atenuaba con esta palabra la de tortura, crimen, asesinato u otras más crueles) la familia llegó a la conclusión de que fue aproximadamente aquí y en su memoria todos los años venimos a recordarlo.”

Siempre en vacaciones, como he dicho, he vivido en el pueblo de mi madre y desde pequeño con mis primos y amigotes, muchos hijos o nietos de perdedores, he potreado por sus calles sin que nuestras porfías fueran más allá de si había sido gol un fuerte disparo a puerta en un partido de fútbol que, al jugarse en una era donde las porterías las delimitaban dos grandes piedras, el citado gol se prestaba a dudas. En aquellos tiempos no había más VAR que la taberna de Baldomero.

Recuerdo que cuando paseaba de la mano de mi madre o iba con ella al mercado, se nos acercaba un individuo vestido muy humildemente que, canasto al brazo, me ofrecía, como vendedor, una torta casera que mi madre, mujer rumbosa y cariñosa, rechazaba con fría educación. Yo ya sabía que a este pobre hombre le llamaban Aurelio “el bizco” y que se dedicaba a vender las tortas referidas para que con el escaso beneficio que obtenía poder dar de comer a su prole. Este sistema de subsistencia me daba mucha pena, acrecentada al comprobar que mi madre no le comprase nunca, y no sólo por satisfacerme a mí, que nunca fui goloso, sino por no ayudar al pobre estrábico.

Recurrir al padre

Una vez más, y ya adolescente, recurrí a mi padre, pues mi madre, ¡qué bien lo hizo!, nunca me habló de lo que mi progenitor me contó:

“Este pobre hombre del que me hablas fue uno de los que señalaron el lugar donde está la cruz porque había sido testigo presencial de la muerte (de nuevo el eufemismo bondadoso de mi padre) de tu abuelo. Y esto es tan cierto como que tu madre vio en vivo y en directo cómo Aurelio formaba parte del piquete que sacó de la cama a tu abuelo para llevárselo violentamente”.

Desde entonces comprendí, (¡qué importante es la palabra y el relato y cómo detesto esa estúpida e insolidaria frase de: “si yo te contara!”. Cuenta…¡coño!). la actitud de mi madre para con el “pobre tortero”.

Mis hijos, que siguieron yendo al pueblo de pequeños, contaban, aún lo recuerdan, que le compraban las chucherías con dinerillo que les daban sus abuelos a Paco “el comunista” conocido así en todo el pueblo que, con sus rencores hibernados, se ganaba la vida regentando un quiosco con tebeos, caramelos y otras fruslerías.

Templanza recordatoria

Escrita esta remembranza y con el debido perdón por la automención familiar, comprenderán que el haber vivido, no sólo en mis padres, sino en amigos que fueron también zaheridos por los “otros” (¡qué horror hablar de otros en lugar de unos!), esta espontánea actitud de templanza recordatoria, por ambas partes, otorgándose perdón sin más pactos escritos que el sentido común de la convivencia y guardando cada uno sus rencores para no transmitirlos a sus descendientes, me hace saltar a la palestra periodística, fuera de cacho sanitario, ante la estúpida e irresponsable llamada “Memoria Histórica”.

La “Desmemoria Voluntaria” fue ya pactada de forma oficial durante la Transición con tolerancias impensables como reunir a Dolores Ibarruri y a Manuel Fraga. Pues conseguida esta quimera, desde hace algún tiempo un estúpido irresponsable Presidente de Gobierno que, sin haber siquiera rozado el conflicto, se empeñó en abrir la herida que parecía cicatrizada y despertar en un resto de estólidos recientes el demonio del odio.

Esta panda de desalmados, algunos con el cascarón en el culo, que utilizando, valga el ejemplo, la figura irrepetible de uno de los mejores poetas que ha dado la Historia (mi padre me lo leyó por primera vez), llamado Federico García Lorca, sigan reavivando el odio con la persistente tarea de remover tierra y rencor para encontrar sus restos

Don Federico escribió en su Romance de la Pena Negra: “las piquetas de los gallos cavan buscando la aurora” y la aurora buscada es la luz sonrosada que aparece antes de que salga el sol y éste es luz y alegría, no la penumbra que es odio y zozobra términos que buscan estos mal nacidos de la memoria histórica y de los que se avergonzaría el propio poeta que, como tal, sólo buscó y consiguió hacer feliz a la gente.

No hay que remover malos recuerdos y sí remover la tierra tan sólo para buscar el cuerpo de un niño inocente.

¡Qué poema te hubiera escrito, infortunado Julen, el prodigioso Federico!. Aunque quizás, ahora mismo, te lo esté leyendo allá en la bendita Gloria.

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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