El mirador en la formación de los médicos se habla poco de la muerte

¿Qué hacemos cuando se nos muere un paciente?

Este ‘mirador’ recopila una serie de experiencias personales y la visión de la muerte desde el punto de vista de médicos de Atención Primaria, donde la relación con las personas suele tener un mucho de vivencia común.

La conmoción

¿Cuáles son nuestras conductas cuando un paciente se «nos» muere?

Decimos se «nos» muere pues es una relación tan intensa que finalmente es parte de nuestra vida de forma que su muerte nos afecta profundamente.

En mi caso (Mercedes)

“En mi caso esa conmoción la he traducido en el encender una mariposa (lamparilla de aceite) en un recipiente a propósito.

El pábilo encerado del círculo de corcho flota sobre el aceite que sobrenada en el agua y permite una combustión de muchas horas, en general toda la noche.

Pasaba ratos hipnotizada por el fuego pequeñito y mirando la llama me serenaba.

Pensaba en las circunstancias de la muerte, en la dignidad del morir, en el papel del propio paciente, en el de la familia, en mi proceso de atención, en la participación de otros profesionales, en los fallos y aciertos del sistema y cómo mejorar, en el cementerio que forman mis pacientes que se han ido sumando a lo largo de décadas por el simple transcurrir de la vida o por errores nuestros,…en mi propia muerte algún día, en los muertos de la familia….no sé, en un ir y venir de imágenes y sentimientos que estaban vivos y a flor de piel y que iban embotándose con el paso de los días.

Tras tener unas seis muertes al año con un cupo de unos dos mil habitantes en un barrio de Madrid capital, el choque lo tuve el año que atendí pacientes en una residencia de ancianos en un pueblecito de montaña, para grandes dependientes, donde la muerte era casi diaria y la conmoción lo mismo”.

En el caso de Amaya, médica de atención continuada urgente rural

“El otro día mi compañera dijo: «hemos salvado una vida» tras unos cuantos chispazos. Yo le dije que prefería no decirlo así… porque luego en otras ocasiones tendemos a decir «se nos ha muerto…».

Lo que últimamente digo a mis pacientes «todo va ir bien…», incluso en la agonía.

Cuando oyes algo así tiendes a relajarte y dar el salto al otro barrio… creo. Aunque a veces, pocas, me invento (lo confieso) y les digo al oído que le están esperando sus seres queridos (sin evidencia científica, me quemarán en la hoguera…).

No podemos hacer otra cosa que intentar que estén cómodos, sin dolor y acompañados. Tenemos la gran suerte los sanitarios de estar en primera línea de la fuerza de la vida pero, generalmente, ni salvamos ni matamos.

Somos herramientas de la vida. Practicamos el verbo «estar». Eso creo. Y mi sensación es de gratitud”.

En el caso de Isidro, médico rural en un lugar de la Mancha

Los pacientes se “nos” mueren cuando hemos sido sus médicos durante periodos de tiempo lo suficientemente largos como para haber compartido y entremezclado gran parte de nuestras vidas

“En primer lugar, los pacientes se “nos” mueren cuando hemos sido sus médicos durante periodos de tiempo lo suficientemente largos como para haber compartido y entremezclado gran parte de nuestras vidas. Es la “longitudinalidad” en su versión más pura y, si me apuras, hasta más dura.

Si no se da esta circunstancias, los pacientes simplemente se mueren. Y no es lo mismo. Al menos para mí.

Por otro lado, la Muerte de cada uno de nuestros pacientes nos despoja de una hoja de esa gran “alcachofa” de vanidad en que nos convierten a los médicos calificaciones académicas, estudios, especializaciones y estatus sociales. Nos va humanizando y ya es paradójico que nos vuelva más humano la desaparición de otro ser humano. Para ser un médico verdaderamente humano es imprescindible firmar las paces con la Muerte.

Pero es que, además, cuando ésta se hace acompañar de su hermana fea, la agonía, ahí es donde se nos ven las costuras, donde nos convertimos en héroes o en cobardes; en aquella amalgama de sentimientos que entremezclan los más nobles, la pena y el cariño, con los más míseros, pero también humanos, como el alivio, o la impaciencia. Ahí los médicos de cabecera, siendo humanos, casi nos convertimos en divinos y personalmente esos momentos tan duros son las auténticas raíces gruesas, enormes, profundas, que alimentan el árbol de mil ramas de nuestra Medicina de Familia.

En mi caso tengo un obituario. Lo guardo en mi teléfono, tan solo en nombre o el apodo, alguna breve frase sobre la persona o sobre su Muerte. Lo leo de vez en cuando y he aprendido a apreciar la tranquilidad interior que me proporciona el leerlo. Algo así a como cuando traigo a la memoria el recuerdo de mi abuela”.

En el caso de Laura, médica de familia en un centro de salud urbano

“La muerte de «nuestros» pacientes es un hecho relativamente frecuente, sobre todo cuando se tiene un cupo con un 30% de población anciana; es un hecho frecuente pero no trivial.

La relación establecida a lo largo del tiempo facilita, o debería facilitar, una buena muerte. Creo que en la formación de los médicos se habla poco de la muerte, la propia, la ajena, la que está a nuestro cuidado, su sentido…Es una tarea personal e institucional obligada.

Cuando «mi» paciente muere, suelo dedicar un tiempo y un espacio a repasar lo vivido, me gusta agradecer lo que ha aportado a mi vida, lo que he aprendido con él y con su familia y le deseo paz, allá donde se encuentre.

Considero que elaborar los duelos de nuestros pacientes mejora nuestra práctica y evita que nos «quememos».

En el caso de Cristina, residente de medicina de familia

Creo que en la formación de los médicos se habla poco de la muerte, la propia, la ajena, la que está a nuestro cuidado, su sentido…Es una tarea personal e institucional obligada

“Como es obvio, por el hecho de ser residente tengo poca experiencia en esto de “¿qué hacer cuando se nos muere un paciente?”; pero de lo que estoy segura es de que yo quiero estar ahí cuando eso pase. No soy de los que evade enfrentarse a esas situaciones, aunque todos tenemos claro que son duras, durísimas, y que nosotros también sufrimos mucho, muchísimo; lloramos e incluso soñamos con alguno de nuestros pacientes y durante mucho tiempo los recordamos, da igual que los acabes de conocer o lleves toda la vida siendo su médico. Hay personas, casos que te atrapan de tal manera, por el caso en sí, por el momento intenso que has vivido con el paciente o por la personalidad del mismo, que te cautiva su forma de comportarse en ese momento final de su vida. En fin…

Algo que me ocurre a mí, ya desde R1, y que creo que le pasa a poca gente, es que tengo cierta facilidad y naturalidad al hablar sobre la muerte; la palabra muerte y muerto la utilizo sin “pudor”, sin pensar mucho en lo que puede significar desde el punto de vista de la cultura de cada persona, y eso no me parece que sea muy bueno. Suelo ser muy directa: llamar al muerto, muerto, y a la muerte, muerte, sin ser del todo consciente (aunque cada vez lo soy más) que puedo herir ciertas sensibilidades, y me explico.

Antes de ser médico, trabajé en una funeraria y podréis entender que he visto muchos muertos y mucha muerte; he visto muertos de todo tipo y en todo tipo de situaciones y condiciones, os lo aseguro. Este trabajo es así. Cuando estaba tomando algo con las amigas o en una comida familiar todo el mundo sabía que mi teléfono debía estar en un lugar en el que hubiera cobertura, por si me llamaban por un muerto; nadie se escandalizaba cuando me tenía que ir a “un muerto”. Todo era así de natural.

Sin embargo, ahora todo es distinto y yo también, porque sí: he visto muchos muertos, pero nunca me olvidaré de la primera vez que vi morir a una persona, en una cama de un hospital, en tercer año de carrera. Fue la primera vez que me sentí fuera de lugar en esto de la muerte. A partir de ese día, he reflexionado mucho sobre ese momento, lo que sentí, cómo me comporté, qué dije, qué hice y qué no hice y cada vez que me enfrento a este tipo de situaciones, pienso lo mismo: yo tengo que ser esa persona que ayude, calme y dé tranquilidad, seguridad y serenidad al que sufre; tengo que dejar hablar. Más que hablar yo, tengo que acompañar a morir al que muere. Es decir, todo lo contrario a lo que hice aquel primer día en el que de verdad supe lo que era la muerte”.

En el caso de Pedro, médico que trabaja en el pueblo en que nació

El duelo por la muerte de nuestros pacientes es parte de la vida profesional y convendría analizar y estudiar tal duelo

“Es difícil el momento de la muerte de un paciente y nuestra actuación posterior. Yo, aparte de mi archivo de fallecidos y sus fotos, no tengo pauta establecida, actúo de diversas maneras.

Hay tantos argumentos y condicionantes que dejo a mi inconsciente decidir por mí: lo que me haga sentir mejor. A veces asisto a duelos (más veces) y entierros (menos veces), aunque suelo retrasar el contacto algunos días. Aparte de los condicionantes esperados, ayer asistí a la llegada de un paciente al velatorio por acompañar a la mujer y al hijo que estaban solos (no tenían familiares en el pueblo). Sin pautas ni protocolos, lo que sale en cada momento, sin engaños ni apariencias. Son momentos importantes para los pacientes, pero también son importantes para mí.

Quizás sea de los momentos en que me permito mayor prioridad de mi opinión personal sobre las normas sociales convenientes. Llevo años así y no encuentro otra manera. Creo que en esas fechas en que se afronta la muerte, se produce una auténtica epidemia de consultas sagradas de las más exquisitas”.

En el caso de Julia, estudiante de 5º de medicina

“La muerte es un tema que me atrae especialmente, o más bien la buena muerte. He vivido dos cercanas: una por sorpresa y especialmente dura y otra en la que dio tiempo a prepararse. En ambos casos descubrí belleza.

Una buena muerte da sentido a toda una vida, hace que valga la pena, y trae grandes enseñanzas. En mis últimas conversaciones con un amigo, me decía que se sentía muy feliz: había descubierto que lo único importante en la vida es el amor.

Como estudiante, se me plantean problemas. Veo pacientes que quieren morir, otros que están cerca, familiares angustiados, médicos esquivos… Me gustaría acercarme a ellos, charlar de su vida, de sus ilusiones, sus amores. Pero, ¿cómo acercarme a ellos? ¿me corresponde a mí ese «trabajo»? ¿cómo demostrar apoyo, o simplemente humanidad?”

 

Síntesis

Como profesionales tenemos “trato” frecuente con la muerte y eso nos hace sensibles a su profundo impacto en la vida de familiares y comunidades, y también en nuestras propias vidas. El duelo por la muerte de nuestros pacientes es parte de la vida profesional y convendría analizar y estudiar tal duelo, para facilitar una enseñanza al respecto, tanto en lo científico como en lo humano.

Nota

Los textos son copia literal de parte de la participación de distintos profesionales en el Seminario de Innovación en Atención Primaria sobre “Pacientes como personas: más allá de diagnósticos y de tratamientos”, celebrado en su encuentro presencial en Zaragoza, los días 16 y 17 de noviembre de 2018. Se publican con autorización de dichos profesionales y con los cambios precisos para evitar la identificación de pacientes y proceden de debate virtual sobre “¿Qué hacemos cuando se nos muere un paciente?”, cuestión suscitada por Mercedes que generó 35 intervenciones.

Se puede leer el informe resumen del conjunto del #siapZaragoza en https://www.actasanitaria.com/pacientes-mas-alla-de-diagnosticos-y-de-tratamientos-como-personas-de-las-que-sabemos-poco/

Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gérvas

Mercedes Pérez-Fernández, médico general rural jubilada, Equipo CESCA, Madrid, España. Juan Gérvas, médico general rural jubilado, Equipo CESCA, Madrid, España.

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