Punto de vista Apuntes de un boticario

Por vía rectal

Los ataques que vienen sufriendo las farmacias por parte de algunos colectivos profesionales fuerzan al autor a preguntarse, entre otros muchos puntos, si los que abogan por la libertad de establecimiento estarían dispuestos a montarlo en una población de 250 habitantes. 

Vicente es compañero y veterano boticario de mostrador. Persona con la que da gusto compartir buenos ratos ya que es gráfico y simpático en su forma de relatar. Hablábamos del actual tema que acontece en la Comunidad de Madrid y en concreto del incidente de El Boalo, pueblecito (ahora se dice núcleo rural) donde la denuncia de una enfermera que trabaja allí (¿cuántas horas?) ha suspendido, por ahora, la Atención Farmacéutica Domiciliaria  que había instituido el citado municipio y que llevaba a cabo la farmacéutica titular Lucrecia Gutiérrez que, como mandan los cánones, reside en el pueblo.

Al hilo de ello Vicente me cuenta con muchísima gracia una anécdota vivencial que, de no conocer su carácter veraz, la consideraría inaudita. ¡Hela!.

La farmacia rural es un ejemplo de las ventajas del modelo mediterráneo como paradigma de la capilaridad, aunque la botica rural recibe muy pocos estímulos por parte de las administraciones locales y sanitarias

“Yo, como sabes, soy del refrán “zapatero a tus zapatos” y mi larga trayectoria boticaria ha girado en torno a ser, cada día más, un buen farmacólogo ya que es la razón prístina de mi profesión, algo que cada vez requiere más dedicación y reciclaje puesto que los avances en el terreno del medicamento van a velocidad estelar. Siempre he detestado e incluso denunciado corporativamente al prototipo de boticario, como el de uno que afortunadamente se fue de mi ciudad, a los que les mueve más el mercantilismo que la imagen profesional. Del que te hablo, los colindantes lo apodábamos “el bicicleta”, ya que en la puerta de su Farmacia siempre había una dispuesta para que un chavalillo acudiese rápidamente a un almacén de distribución cercano y cubrir una “falta”, cosa que hasta que descubrí el pastel no me parecía mal. Lo que si me empezó a parecer indigno es que el mismo “aprendiz”, sin pasar por la farmacia, entregase el fármaco en el domicilio del paciente.

“Era una competencia desleal cuando, además, no existían más “Glovos” que los que vendían en las ferias. Esta estrategia “domiciliaria” hoy está comenzando y de ahí que, a raíz del incidente de El Boalo, te cuente algo que me ocurrió hace muchos años.

“Verás. Justamente en el bloque de vecinos en cuyo bajo está ubicada mi botica, vivíó un  profesor jubilado, viudo precoz y que, desde que los hijos abandonaron el hogar, decidió retornar a su ciudad de origen y habitar por breve tiempo el piso que pisa la Farmacia.”

“Yo lo traté poco, pero lo suficiente para conocer sus circunstancias y comprobar cómo mantenía una forma física envidiable, bastante mejor que la psíquica, (sólo le dispensé tranquilizantes y somníferos), y nunca el medicamento objeto de este suceso por tratarse de un fármaco, “vergonzante” pues, como sabes, se utiliza para una dolorosa dolencia que, paradójicamente, impele a la risa por parte de quien no la ha sufrido nunca”.

“El día de autos, al que hago referencia, recibí una llamada que me alarmó. Era este vecino quien me pedía por favor, y haciendo énfasis en sus previas disculpas, que le subiese yo, únicamente yo, un tubo de pomada hemorroidal y que ya me explicaría”.

“Así lo hice con prontitud, comprobando la escena que te cuento. Este señor me estaba esperando en la puerta enfundado, era un día de frío, en un albornoz húmedo. Sin más me hizo pasar al cuarto de baño, aún cálido gracias a un calentador de aire objeto del incidente”.

“Al parecer, según me relató, el citado artefacto colgado de la pared habíase inclinado al ceder uno de los dos ganchos que allí lo mantenían. Ante la inminente caída este señor, en sus, aún, rápidos reflejos se había lanzado hacia él con tanto ímpetu y prontitud que, al sujetarlo, habíase quemado ambas palmas de las manos. En tan peligrosa maniobra el tubo de pomada antihemorroidal que tenía en las manos salió despedido yendo a caer dentro del inodoro”.

“Conclusión: me pedía, acharado, que ante esta situación y dado que sin la aplicación de la pomada con cánula rectal le era muy doloroso caminar y tenía una cita muy importante, venciendo su pudor y el, por supuesto, mío, tuviese la gentileza de aplicarle la medicación a través del ano. Así lo hice y las quemaduras las resolvimos momentáneamente en mi botica.”

“Esta inusual “Atención farmacéutica domiciliaria” no he tenido que repetirla, pero ha venido a mi magín por la conversación inicial de la boticaria de El Boalo”.

Papel del farmacéutico

Tras esta charla, el que suscribe ha vuelto a analizar la noticia planteándome, una vez más, cuál es el papel del farmacéutico en la sociedad actual, sin olvidar que al caso de nuestra compañera Lucrecia hay que aplicarle, una vez más, lo de “el perro del hortelano” en referencia a la enfermera denunciante.

Si usted, querido amigo, tiene la fortuna, y juego con la palabra, de tener suscrito un seguro de atención médica privado y pide consulta para cualquier especialidad hoy mismo, dé por seguro que no le darán cita antes de un mes como mínimo. Esto, siendo molesto, no tiene mayor importancia, si es sólo para que le valoren si su dolencia es banal o precisa de consulta médica especializada.

Por ello, sin pagar un euro, y recordando a mi amigo Vicente, en la Farmacia  “de abajo” pueden aclararle la duda de inmediato, sin cita, y sin necesidad de adquirir ni por compromiso unas pastillas Juanola.

Estas impresentables dilaciones para citas médicas, que además en el argot popular son “de pago”, dan mayor valor a la consulta farmacéutica cuando nos referimos al ámbito rural, el de las farmacias VEC, con menos de mil habitantes,  cuya mayoría no son potenciales enfermos sino pacientes crónicos dada su provecta edad. En estos lugares la desatención médica es algo habitual.

¿Qué pasa pues, que dicen en Lequeitio?.  Que la persona que se siente indispuesta, ya no digo enferma, en estos mínimos lugares, no puede consultar ni con el párroco, figura también extinta, pero sí, ¡milagro!, con el denostado farmacéutico siempre disponible.

Cumplir los horarios

¿Demagogia?. ¡No!. Realidad. Prueben a entrar en la Farmacia de Rosa María Castillón situada en el municipio riojano de Corera donde atiende a una población que apenas alcanza los 250 habitantes que les puede decir, como ha manifestado: “Procuro dar un buen servicio, pero hay que invertir mucho tiempo y cumplir los horarios rigurosamente. Esta circunstancia incrementa las horas de trabajo y dedicación. Debemos garantizar que cualquier persona pueda acceder al medicamento, sea en una gran ciudad o en un pueblo más pequeño. La farmacia rural es un ejemplo de las ventajas del modelo mediterráneo como paradigma de la capilaridad, aunque la botica rural recibe muy pocos estímulos por parte de las administraciones locales y sanitarias.

En cuanto al futuro piensa que está: “En los servicios remunerados, y en esto deberían colaborar las administraciones”.

Y, en conformidad con mi permanente tesis, agrega que otra de las demandas más urgentes es un mayor reconocimiento del carácter sanitario de la profesión y no el mercantil exclusivamente.    En definitiva, el objetivo final, en palabras de Rosa María, es convertir la farmacia en un espacio donde se pueda formar al paciente en temas básicos de Salud, labor que debe contar, por otra parte, con la ayuda de las instituciones públicas.

Ataque permanente

Comprobado lo escrito vuelvo al principio, visto que los enfermeros no cejan en sus ataques. Si desde el Consejo General de Enfermería, colectivo al que vuelvo a citar en nombre de mis compañeros de botica por alusiones, siguen insistiendo en que aunque no buscan enfrentarse con los farmacéuticos, que les merecen “todo su respeto y consideración”, deciden que, «Si la tramitación de la norma autonómica de la Comunidad de Madrid sigue adelante, no descartamos movilizarnos en la calle e, incluso, impugnarla, ya que contravendría la ley estatal», porque, dice tajante su Secretario General, que nueve organizaciones se han unido con su firma y manifiesto para denunciar el intrusismo y la «privatización» que favorecería esta norma y el anteproyecto que permite a los farmacéuticos abrir 24 horas y visitar a domicilio”, agregando que «¿Cómo se le puede permitir a un farmacéutico que haga el seguimiento de un diabético o de un paciente anticoagulado si no tiene la formación para ello»

Esta declaración conjunta tiene, según mi punto de vista, mucha tela que cortar y, puesto a matizar, es en el punto que atañe a lo de “abrir 24 horas” donde yo pregunto a los que también, en un frontal ataque al modelo farmacéutico actual que rige en España, sugieren la posibilidad de que un enfermero abra una Farmacia, “¿La solicitarían en El Boalo o en Corera?.

Pregúntenles a sus titulares, mis compañeras Lucrecia y Rosa María, si estarían dispuestas a un intercambio de cromos.

“Te cambio un Boalo de 24 horas 365 días al año por un ambulatorio en la Gran Avenida de 40 horas semanales”.

Vaocaciones y percepciones económicas aparte… piensen, amigos lectores, si, en este caso, jugarían a los cromos.

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

1 Comentario

  1. Isidoro Jiménez Rodríguez says:

    “LA KARABA”, O PÍCAROS Y TIMADORES EN NUESTRA SANIDAD.
    La idea obsesiva de los boticarios por hacer negocio con la salud de las personas, me llevan a preguntar si los pretendidos servicios de “farmacia comunitaria” que proyectan dar a la sociedad, estarían dispuestos a prestarlos de una forma gratis. ¿Les mueve algo más que lo estrictamente crematístico en esta ocurrencia?

    Juan Valera en sus “Cuentos y chascarrillos” (1896) nos describe una escena de la España de finales del siglo XIX, que a mi entender, viene como “anillo al dedo” para explicar la farsa con la que nuestros farmacéuticos nos intentan cautivar. La escena transcurre en la localidad andaluza de Mairena, donde a la sazón, se celebraban sus ferias. Hay que señalar para nuestros lectores más jóvenes que las ferias de ganados constituían un gran acontecimiento en aquellos núcleos rurales, siendo el origen de las actuales ferias y fiestas anuales que tienen lugar a lo largo y ancho de nuestra geografía.
    Todo empieza con el llamativo anuncio de “Se ve por cuatro cuartos”, situado fuera de un cobertizo formado por esteras viejas de esparto. Una puerta, tapada con una cortina, no más mísera y sucia que el resto del aposento, nos franqueaba el acceso para poder ver tan misterioso portento. El encargado de cobrar la entrada, no se cansaba de vociferar a la concurrencia, “Pasen a ver la Karaba”, como un fenómeno nunca visto. El que más y el que menos, pensaba que tenía la oportunidad de ver un ser fabuloso “traído del centro de África o de regiones de climas más remotos”. La curiosidad de hombres, mujeres y niños, fue tal que a la entrada del rústico local se formaban grandes colas de gentes expectantes que no dudaban en pagar la cantidad estipulada. Y hasta estos dineros les parecían poco, ante el portento que presenciarían. Es más, a medida que su turno les permitía aproximarse al establo, su pulso se aceleraba. Incluso se recuerda por los más mayores que han oído decir a sus antepasados que se dieron desmayos y lipotimias. No tenían la menor duda de que aquella experiencia sería única e irrepetible.
    Ya en el interior del recinto, eran recibidos por otro colaborador del espectáculo. Llamaba la atención la fuerte complexión de esta segunda persona, pues la naturaleza le había dotado de una corpulencia descomunal. Hay que resaltar sus ademanes de retar a la concurrencia y, sobre todo, su voz inquisitorial al decir: “Aquí tienen la que araba y ya no ara”.
    Muy pocos se atrevían, antes de salir por otra puerta, situada en sentido opuesto a la de la cortina, aunque esta sí, de madera, a mostrar sus enojos por el engaño al que acababan de ser sometidos. No es el caso de Rafaelillo, un joven jornalero, que había acudido a la exposición de ganados para alimentar sus sueños de que algún día podría ser propietario de una excelente yunta de mulas. “¿Qué diantre de Karaba es esta?” -dijo enojado el labriego. Además, se atrevió a advertir al forzudo, que solo se trataba de una mula “estropeada y muy vieja”. El gigantón le contesto, que por eso era “la que araba y ya no ara”, no dando lugar a ningún tipo de discusión.
    Señalar que, por el contrario, la totalidad de visitantes, cuando salían por el acceso trasero, lo hacían de forma natural, como si todo hubiera transcurrido con la mayor normalidad.
    En esos tiempos, donde no había radios, ni televisiones, es fácil adivinar las burlas de que fue objeto Rafaelillo, cuando le vieron salir corriendo, despavorido, de aquella cuadra portátil. Además, sus convecinos, los que habían coincidido en el pase con él, se encargaron de difundir la referida disputa con el fortachón, por los habitantes del municipio. Eso sí, aunque la mayoría de los moradores del pueblo se habían visto sometidos al engaño, todos negaban haber acudido a tan insólito espectáculo de la feria.
    Recordar que aún hoy, pasado el tiempo, “parece ser que fue tal la burla, broma y recochineo que los sevillanos se gastaron con los forasteros a costa de la mula del gitano, que hasta el término caraba entró en el diccionario con el significado de reunión festiva”.
    Y hasta aquí la ficción. Pido perdón por añadir detalles que no figuran en el relato original del genial Juan Valera y certifico que el término “caraba” si se encuentra en nuestro Diccionario de la Real Academia de la Lengua.

    PAPELES Y “PAPEL TIMBRADO”.
    No resulta difícil ver la relación que guarda el anterior relato con las actuales pretensiones de los boticarios. Bajo mi punto de vista, pretenden engañar a la sociedad y también a nuestras autoridades públicas, sobre supuestas actuaciones que ya vienen realizando de forma altruista. Lo que nos presentan, bajo el nombre de “farmacia comunitaria”, no es sino una nueva picaresca, parecida a la del cuento de la “Karaba”. Pido perdón anticipado por comparar a nuestra desfasada y maltrecha farmacia con un viejo jumento, pero a veces la realidad supera la ficción.
    Dado el nivel intelectual de nuestros políticos y representantes públicos, es fácil constatar como puedan ser engañados y manipulados. Solo hay que recordar a este respecto el acto, o mejor dicho sainete, que tuvo lugar hace algunos meses en las Cortes, la indignante intercesión de la “Marca España”, o las no menos vergonzosas intervenciones de representantes de organismos internacionales relacionados con la salud en los saraos organizados por los órganos de la farmacia española. Creo que todos sabemos de dónde salen los fondos para tan (tristes) espectáculos. Podríamos incluso hacer cuentas, a groso modo, sobre el dinero, que a la larga, no deja de ser un “papel timbrado”, utilizado en estas esperpénticas actuaciones.
    Que les parezca bien a nuestros políticos y representantes públicos que los boticarios cobren a los ciudadanos por prestarles un servicio que cubre nuestro sistema sanitario, da mucho que pensar. Sobre todo en el ámbito de la moralidad y la ética. Si pretenden implantar una sanidad “no pública”, que lo digan a la sociedad con total claridad.
    No repetiré aquí opiniones expresadas anteriormente en Acta Sanitaria sobre el tema de la mal llamada “farmacia comunitaria”, pues se puede acceder fácilmente a las mismas. Si reiteraré, las veces que haga falta, que con la salud de los ciudadanos no se comercia. Que sobre esta, nadie puede poner sus ojos para verla como un negocio más.
    Si una enfermera de nuestro sistema sanitario público, hubiera cobrado, tan solo un euro, por prestar sus servicios, la noticia hubiera aparecido en todos los periódicos, radios y televisiones de inmediato. Sin embargo que haya un desfase de decenas de miles de enfermeras, con respecto a la dotación de médicos, con el consiguiente riesgo para la atención a los enfermos, no es tema de interés para tales medios de comunicación. Por ello, debe entender el comentarista anterior, que se recurra a la justicia para denunciar aquello que se estima ilegal y que está fuera de toda lógica, en El Boalo, en la Gran Vía o en la Conchinchina.

    CASOS Y COSAS.
    Al hilo de lo que plantea nuestro comentarista sobre el caso del municipio riojano de Corera, yo doy a conocer la labor que lleva a cabo desde hace muchísimos años una curandera en un pueblecito de la periferia de la capital de Toledo. Yo nunca he estado en su consulta, pero me aseguran personas que si acuden, que está siempre abarrotada. Esta persona “sanadora” parece ser que tiene una habilidad especial para colocar huesos dislocados, tendones y otras estructuras. Se sorprenderían de conocer nombres de deportistas de élite y personajes conocidos de nuestra sociedad que acuden a ella. Nuestra “sanitaria” no tiene el menor inconveniente en señalar a sus pacientes, si es el caso, que vayan a las urgencias hospitalarias, cuando la dolencia se excede de sus conocimientos.
    A mí, que repito, nunca he acudido a ella, me merece el mayor respeto y consideración. Y me explico, ella nunca cobra por sus servicios. Pienso además que dado el número de buitres que pretender carroñear en nuestro sistema público de salud, incluso la consejería de sanidad debería dotarla de un sueldo. Tal salario, opino que debería ser similar al que pueda estar recibiendo el mejor médico, o hasta incluso, el máximo responsable de la sanidad de la comunidad. Su actuación, sí que hace que cientos de personas no acudan a nuestros hospitales a saturar, aún más, sus servicios de urgencias.

    OBSESIÓN PERMANENTE
    Habla el comentario anterior de “ataque permanente”. Resulta difícil señalar donde está el límite entre el comportamiento normal de una persona y la forma de actuación patológica, enfermiza. Con el mayor respeto y mesura, señalo que un farmacéutico no tiene ninguna formación para hacer un seguimiento de patologías de pacientes, sean diabéticos, hipertensos, obesos, anticoagulados, o lo que se les pueda ocurrir. Y ello resulta de pura lógica: existen otras carreras sanitarias cuya formación prepara a quienes las cursan para tratar tales aspectos. Además de ser estas ramas sanitarias quienes han llevado hasta aquí tales cometidos.
    Si la titulación de Grado en Farmacia faculta para ejercer las actuaciones que proponen como “farmacia comunitaria”, ¿por qué se están promoviendo cambios legislativos para enmarcarla en su campo profesional?, ¿Por qué exigen ahora una remuneración por tal labor?, ¿Qué intereses mueven a algunos políticos a fomentar tal cambio? Con respecto a estos últimos, nuestros representantes ciudadanos, tengo que señalar que hay que ser corto de mollera para promover cambios que van en su contra. Pretenden obrar dando la espalada, no sólo a los intereses de la sociedad, sino de sus aspiraciones en el ámbito de la política. Y es que el número de enfermeras en nuestro país representa un número de votos potenciales infinitamente mayor que el que pueda provenir de los farmacéuticos.
    También desearía incidir, ya para ir concluyendo, en el grado de ceguera, obcecación, alucinación o testarudez que demuestran nuestros boticarios al decir, ante la opinión pública, que los enfermeros pretendemos ser propietarios de oficinas de farmacia. Desearía que alguien me dijera de donde se puede deducir esta apreciación. Otra cosa, totalmente diferente es proponer, como al parecer se ha hecho, que cualquier ciudadano (arquitecto, abogado, agricultor, informático, etc…) pueda optar a poseer una farmacia. ¿Acaso les está prohibido a estos poseer un taller mecánico, una cafetería, o un una zapatería? ¿Alguien pone en duda que las farmacias se han convertido en una actividad crematística de primer orden?
    Quiero pensar que todo el revuelo levantado por esta extralimitación de funciones, sea meramente una muestra más de la obsesión de los farmacéuticos, de su pérdida de papeles, pues de lo contrario, tendría que pensar en posturas sustentadas en mezquinas y ruines mentiras.
    Creo que queda demostrado en las líneas antecedentes la antigüedad y la vigencia de la picaresca española.

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