El mirador

¿Por qué callan los médicos? Porque no es fácil cuestionar el ‘statu quo’

Después de haber puesto en evidencia que no hay verdades científicas eternas y, en consecuencia, tampoco prácticas clínicas que lo sean, el comentarista trata de responder a la pregunta que encabeza su comentario, pues existen evidencias (como sucedió recientemente con los efectos adversos de la vacuna de la gripe A) en que no se dice todo lo que se sabe.

No hay verdades sino mejores interpretaciones de la realidad. Tales interpretaciones intentan explicar de forma lógica los hechos pasados, presentes y/o futuros. Es decir, la ciencia se basa en lo transitorio, en teorías, hipótesis, interpretaciones y razonamientos que se enfrentan con cierto éxito a los hechos. Conforme pasa el tiempo, unas teorías sustituyen a otras, y con cada paso logramos entender mejor el entorno y hasta a nosotros mismos. El destino de las ideas científicas es perecer en el fuego de la propia ciencia, para renacer en otras mejores ideas que terminarán ardiendo en dicho fuego, y así en un proceso aparentemente infinito en el que se «abren puertas» para descubrir habitaciones con más puertas para las que no sirven las hipótesis que nos permitieron abrir las primeras.

 

Lo cierto es que en su aplicación la ciencia tiende al inmovilismo, pese a la transitoriedad de las ideas científicas. Los científicos que logran difundir un modelo, una interpretación, terminan aferrándose a sus ideas y pretenden que se conviertan en la norma, y hasta en dogma. Pero, por definición, en ciencia no puede haber dogmas en el sentido de verdades inmutables que no admiten réplica, ni duda. En este sentido la ciencia deviene religión, por más que incluso en el sentido religioso el dogma también implica intolerancia puesto que tampoco en el campo humano debería admitirse que haya algo inmutable en el sentimiento y conocimiento espiritual. Las religiones son interpretaciones de la realidad, productos sociales, aunque algunas se pretendan de origen directo divino, más allá «del bien y del mal».

 

El desarrollo científico es una larga historia de puesta en cuestión de dogmas. Es decir, de separación entre religión y ciencia, aceptando como mal menor que los creyentes de cada religión crean en dogmas incluso contra la razón. A veces, todavía en el siglo XXI, los dogmas religiosos colisionan con el conocimiento científico, y el resultado es lamentable. Por ejemplo, en todo lo que se refiere al origen de la vida, tanto del individuo como de la especie. Esto es más cierto, evidentemente, en los estados teocráticos como muchos de Estados Unidos. Cuesta cambiar.

 

La teoría de la evolución

 

Es muy antigua la idea del cambio progresivo que ha permitido a la materia viva llegar a su forma actual. Los griegos y diversos autores (sobre todo del siglo XVIII y XIX) aceptaron una evolución y diversificación constante de las especies para llegar a las que hoy existen en la Tierra. Sin embargo, la interpretación religiosa dogmática pretendía fijar con fecha y hora el origen del mundo, creado tal cual por un ser divino. Es, por ejemplo, la visión judía, del Oriente Medio, que llegó al cristianismo a través del Génesis (el primer libro del Antiguo Testamento de los cristianos, y del Tanaj de los judíos).

 

Cuando en 1858 Charles Darwin formuló la teoría de la evolución, al tiempo que Alfred Russell Wallace, lo clave fue determinar la selección de las especies como mecanismo que explicaba los cambios que llevan a la diversidad. Ninguno de los dos fue capaz de explicar el «cómo» de tal selección.

 

Antes que ellos, Jean Baptiste Lamark propuso una teoría de la evolución en la que pasan a la descendencia las «mejoras», los cambios que permiten adaptarse. Así, por ejemplo, las ideas de que «el órgano que no usa se atrofia» y «se hereda el órgano que se hipertrofia». O la idea de «escalera», tópica y falsa, en la que la evolución se representa con ideas aristotélicas en una cadena que va desde un mono muy primitivo al hombre, como si hubiera una estructura jerárquica, una «escala de la vida», cuyo producto final fuera el ser humano. Tales interpretaciones no tienen nada que ver con la selección natural de Darwin-Wallace, en la que las condiciones ambientales «seleccionan» la supervivencia de los que mejor se adaptan al entorno (y todas las especies están a su nivel igualmente «evolucionadas»).

 

Posteriormente, la genética permitió comprender el «cómo», pues la evolución se basaba en el cambio de la frecuencia de genes (alelos) y que se podía dar tanto por la selección de las especies como por otros mecanismos tipo mutaciones y/o deriva y flujo genético.

 

Naturalmente, la publicación del «Origen de las especies» de Charles Darwin provocó una revolución social, religiosa y científica. En general la teoría se ha ido afinando y mejorando, y cuenta con el reconocimiento universal por más que siempre presente lagunas y requiera continuos ajustes. No la admiten algunos grupos radicales religiosos «creacionistas» en Estados Unidos (muy fuertes, por ejemplo, en Kansas), donde se enseña la interpretación literal del Génesis como alternativa científica a la teoría de la evolución. No es extraño que allí en muchos estados se considere todavía el adulterio como crimen legal. Sin ir más lejos, la bigamia, la poliandria y la poligamia están prohibidas incluso en España por más que sean cuestiones en último término personales; también está prohibida la eutanasia y se discute de continuo el derecho al aborto. Todavía se mantiene el peso de la religión y su interpretación social y científica, mucho más allá de lo que parece. Cuesta cambiar.

 

Úlcera péptica

 

Las úlceras de estómago y duodeno son muy frecuentes pues se calcula que pueden afectar al 10% de la Humanidad (en algún momento de su vida). Su mortalidad ha disminuido mucho en los adultos, por el tratamiento eficaz del «Helicobacter pylori», germen ligado a las úlceras. Infecta a casi la mitad de los adultos, pero produce úlcera sólo en el 10-20% de los infectados.

 

Muchas de las úlceras pépticas que llevan a muerte por hematemesis en ancianos se deben al abuso de los anti-inflamatorios no esteroideos. Por ejemplo, la mortalidad en la intervención quirúrgica ante una úlcera sangrante es del 15%. El recurso al «protector del estómago» (con su inmenso y dañino sobreuso) no puede impedir tal causa médica de morbilidad y mortalidad; la prevención no es sumar un protector del estómago sino más bien el uso juicioso de los anti-inflamatorios no esteroideos.

 

El tabaquismo y el consumo de otras drogas contribuyen a la generación de úlceras pépticas; también el estrés extremo. En algunos casos se producen úlceras por gastrinomas (Zollinger-Ellison), por virus, por quimio y radioterapia.

 

Juan GérvasAntiguamente casi todas las úlceras se atribuían a la «personalidad» y a las comidas picantes. Sobre todo personalidad de tipo D, de quien tiene escasas habilidades sociales, inhibe los sentimientos negativos y está siempre tenso e inseguro. El tratamiento clásico se basaba en anti-ácidos. En 1979 fue «redescubierto» el «Helicobacter pylori», ya descrito en el siglo XIX. Los trabajos pioneros de Robin Warren y Barry Marshall les llevaron a proponer el tratamiento de la úlcera péptica con antibióticos. En 2005 ambos recibieron el Premio Nobel.

 

Costó cambiar el «concepto» de las úlceras pépticas, de enfermedad psicológica y por acidez a enfermedad infecciosa.

 

Saben y callan

 

A veces es irritante desde el punto científico y de salud pública «el silencio de los médicos». El mejor ejemplo es el sub-registro de efectos adversos de medicamentos. Por ejemplo, respecto a la vacuna contra la pandemia de gripe A, se demostró en Castilla y León que la tasa de comunicaciones de probables efectos adversos fue 322 veces menor de lo identificado, y 37 veces menor cuando dichos efectos eran graves

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/21112311

 

¿Por qué callan los médicos? Sobre todo ¿por qué callan los que saben? El problema se plantea con pautas absurdas, con vacunas innecesarias, con prevención sin límites, con prótesis que fallan, con medicamentos inútiles y/o peligrosos, con efectos adversos, con el trabajo de algunas enfermeras, con colegas incapaces, con jefes inútiles, etc. Hay toda una batería de actividades y problemas médicos que se perpetúan sencillamente porque no es fácil cuestionar el «statu quo» en Medicina

http://www.nytimes.com/2013/02/17/sunday-review/the-hip-replacement-case-shows-why-doctors-often-remain-silent.html?r=0

 

Quien rompe el «statu quo» pasa a ser considerado «nihilista», «extremista», «radical», «ignorante», «bruto», «anti-sistema», «hipercrítico», «molesto», «exagerado» y cualquier otro calificativo que marque claramente su posición fuera del rebaño. No es extraño que muchos estudiantes y residentes aprendan a callar como mejor opción vital profesional. Es una castración ideológica con graves repercusiones personales, profesionales y sociales. Es decir, el silencio se paga con daños que afectan al individuo y al conjunto. Hay que animar a los médicos a hablar, hay que enseñar a los estudiantes y residentes que callar puede ser criminal.

 

Conviene discrepar y contribuir a mejorar la ciencia y el fundamento clínico y humano del trabajo médico. ¿No?http://www.nytimes.com/2013/02/17/sunday-review/the-hip-replacement-case-shows-why-doctors-often-remain-silent.html?r=0

 

 

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org) mpf1945@gmail.com @JuanGrvas

Acta Sanitaria

Deja un comentario