Punto de vista las adicciones sociales vistas por ellas mismas

¿Por qué adicciones sociales?

Dedicado a nuestros portadores, los adictos, para que a través de nosotras encuentren el camino de su vida; y al equipo de eficientes terapeutas que nos mantienen a raya.

Permítannos presentarnos. Nuestro nombre es “adicciones” y nuestro apellido “sociales”. Comenzamos el periplo de nuestra vida como dóciles y mansas corderas, como súbditas de evasión inocente en estado de larva al servicio de nuestros usuarios, que empezaron a utilizarnos como meras fórmulas de juego psicológico o de experimentación con nuestros objetos o instrumentos de adicción para satisfacer su afán de curiosidad, placer o imitación de los mayores en edad o estatus social.

Más tarde, salimos del estado larvario para transformarnos en hábitos de vida, y ya en un estado evolutivo intermedio, de adolescencia, nos convertimos en las camareras, acomodadoras o animadoras de vida de nuestros consuetudinarios consumidores, a los que en bandeja y a la carta, y en el tiempo más breve posible, de forma exprés, casi al instante, suministrábamos caricias, ánimos, energía, relajación o estimulación para hacerles más agradable y llevadera su vida cotidiana.

Pero al final terminamos por encontrar nuestro auténtico estado de sazón, de pleno desarrollo, o nuestro tan temible sitio en la sociedad; y ya, confortablemente instaladas en él, ostentamos nuestra terrible condición devastadora desempeñando nuestro fatídico papel como lobas hambrientas o voraces insectos que, a través del aniquilamiento de la libertad, la voluntad, la salud, la dignidad y la autoestima del infeliz y devoto usuario, logramos consumar nuestro dominio sobre él provocando su sometimiento y sembrando finalmente el pánico, el  hundimiento y la destrucción en cadena, tanto del titular afectado como de su familia, entorno y estatus.

Denominación común

Por lo que respecta a nuestro nombre común, como adicciones, nos definimos como trastornos psíquicos basados en una relación (estado o situación) de necesidad pasional, patológica o enfermiza del usuario con cada uno (o con varios) objetos de consumo adictivo, al que nosotras consideramos nuestro aguijón (anzuelo, cebo, trampa), a partir, como hito de referencia, de la pérdida de la libertad de elección del sujeto consumidor hacia cada objeto de consumo, que por su naturaleza puede ser:

– Una sustancia: Alcohol, tabaco, café, fármacos legales, sustancias ilegales.

– Una conducta o relación: Jugar, comprar, comer, fumar, trabajar, dependencia emocional de la persona, etc.).

No siempre se nos ha reconocido nuestra condición de adicciones, porque, hasta la publicación del Manual Diagnóstico DSM-V,  se nos consideraba, sobre todo a las adicciones conductuales e incluso a las sustanciales, a excepción del alcohol, como simples trastornos por déficit del control de impulsos

No siempre se nos ha reconocido nuestra condición de adicciones, porque de hecho, hasta la publicación del Manual Diagnóstico DSM-V, de la Asociación Americana de Psiquiatría, en el año 2013, se nos consideraba, sobre todo a las adicciones conductuales, e incluso a las sustanciales, a excepción del alcohol, como simples trastornos por déficit del control de impulsos. Alcanzar, a partir de la referida fecha, nuestra auténtica condición de adicciones, ha sido para nosotras todo un logro, un hito histórico, que nos ha permitido conseguir el honorable título de enfermedades.

Reduccionismo diagnóstico

Es cierto que, a la hora de explicar nuestro origen o génesis, nos basamos en un déficit de control de los impulsos, como todas las adicciones clásicas; pero limitarnos en cuanto a nuestra categoría entitativa a meros trastornos de los impulsos es un reduccionismo diagnóstico que no podíamos admitir, porque nuestra presencia en la vida de un paciente y su familia constituye un auténtico cataclismo, al que no se pueden comparar otros trastornos de los impulsos, estos sí, de escasa relevancia en la vida del paciente y familia, como son la tricotilomanía, la onicofagia, la oniomanía, etc. Por ello, afirmamos que, al igual que las adicciones clásicas, nos consideramos a todos los efectos auténticas adicciones de alguno o varios ingredientes de nuestra vida de cada día.

Reconocemos que somos malas, porque a través de nuestro aguijón (el objeto de consumo del que nos valemos como puente) inoculamos nuestro veneno y dañamos al titular, como también a todos sus seres allegados. Es probable incluso que seamos el peor virus de la sociedad. De hecho, hay ocasiones en que desplegamos tal dominio sobre nuestro huésped, y le provocamos tal sentido de impotencia y culpabilidad, que le trastornamos, le volvemos loco, o tan agresivo contra sí mismo, que hasta se plantea auto-destruirse. Por eso, Karl Menninger escribió en su día (en su obra “El hombre contra sí mismo”, de ediciones Península) que las adicciones eran comparables a un suicidio lento y que, para su titular, constituían una fuente segura de siniestros planes de autoaniquilamiento, o sea, de perpetración por anticipado y por la vía rápida de su liquidación.

Estigma social

Nuestro portador no sólo tiene que luchar con nosotras, sus verdugos fundamentales, para superar la enfermedad que de nosotras se deriva, sino contra el estigma que la sociedad le adjudica

Sin embargo, también sabemos que nos representan y consideran en la sociedad como algo mucho peor aún, a través de una etiqueta con frecuencia injusta, inexacta o hasta insultante que se adjudica a nuestro titular o huésped; de tal manera que nuestro portador no sólo tiene que luchar con nosotras, sus verdugos fundamentales, para superar la enfermedad que de nosotras se deriva, sino contra el estigma que la sociedad le adjudica. En nuestro descargo diremos que, así como sabemos que perpetramos mucho daño durante nuestra existencia en el portador, nuestra principal aspiración es convertirnos en pavesas o anécdotas que jalonen positivamente su vida con su rehabilitación. Así es como nuestro huésped puede llegar paradójicamente a bendecir nuestra asociación simbiótica con él durante buen número de años. Y entonces, nosotras podemos respirar tranquilas y orgullosas de nuestra tarea que, si bien durante nuestra presencia viva es maligna y destructora, pasa por efecto del proceso de rehabilitación al extremo contrario, a ser un proceso constructivo al servicio y a mayor gloria de nuestro sufrido huésped.

Proceso histórico

Si hacemos un repaso de nuestra historia natural, deberíamos iniciar el memorando con una etapa previa, que definiríamos como prehistórica, y que sólo le concierne al sujeto en el que haremos presa: Es la fase de carencia del sujeto, cimentada sobre la base de un déficit subjetivo o real del futurible adicto en recursos de afrontamiento de la vida (inmadurez emocional, impulsividad, inseguridad, aversión al
esfuerzo o a la espera, intolerancia a la frustración, falta de asertividad, empatía, estabilidad emocional, autocontrol, capacidad de planificación, tendencia a la procrastinación, etc.). En definitiva, los candidatos a ser presas de nuestra voracidad adictiva son personas débiles, con miedo a la vida, o quizás a su propia incompetencia subjetiva, o ineptitud aprendida; con sentimientos de baja autoestima, de impotencia, de incertidumbre o de culpa, para afrontar la vida con dignidad y eficacia; y ello es lo que en su conjunto les hacen necesitar un refugio, un parapeto o un refuerzo exterior de fácil acceso para lograr sus provisionalmente fracasados propósitos de vivir la vida a capella.

La siguiente fue la fase de contacto o experimentación en la que el sujeto, bien por afán de sintonía con el entorno para refuerzo de su autoestima social, bien por mera curiosidad, o para procurarse una autogratificación, un placer o un parche a su inseguridad personal, descubre y contacta con nuestro veneno obteniendo con ese consumo experimental un efecto instantáneo de refuerzo del yo a título de recompensa.

La siguiente es la fase de hábito, en la que la persona adopta la conducta de consumo como un comportamiento de uso habitual, una costumbre que gira en torno al eje de la recompensa como reclamo continuado y perpetuador.

Fase de la adicción

El advenimiento de la adicción conlleva la anulación de las peculiaridades individuales del sujeto con creación de la “personalidad  de adicto”

La siguiente y principal es la fase de la adicción, en la que alcanzamos nuestra sazón y máximo poderío, esplendor y sometimiento sobre nuestro portador, mediante una invasión esclavizante y acaparadora de su vida, y una sucesión de efectos y repercusiones, como son la distorsión perceptiva y cognitiva (negación de la adicción con proyección y atribución al entorno de su responsabilidad en ella), consecuencias psicofísicas y sociofamiliares, intentos reiterados y vanos de controlarnos a sus dueñas, abocados al fracaso, incremento de su vulnerabilidad emocional así como de su intolerancia a la frustración y utilización de nuestra presencia en su vida como estrategias de afrontamiento y de justificación de sus fracasos.

Así pues, se nos puede diagnosticar a través de los siguientes parámetros: Una conducta del sujeto inevitable, imperiosa (por pérdida de la libertad de elección), excesiva o desmesurada, y con frecuencia descontrolada, acaparadora y desplazadora de intereses y obligaciones prioritarias en el paciente; prolongada y repetitiva en el tiempo y generadora de problemas psicofísicos, socio-laborales y económicos.

Personalidad de adicto

Asimismo, el advenimiento de la adicción conlleva la anulación de las peculiaridades individuales del sujeto con creación de la “personalidad  de adicto”.

En esta etapa de la adicción pueden distinguirse a su vez dos fases: Una primera, la luna de miel, que denominamos consonante, egosintónica, placentera, impulsiva, identificativa, de recompensa efectiva o refuerzo positivo; en la que el sujeto se siente encantado de habernos adoptado, por el rendimiento rápido aunque engañoso que le proporcionamos; por lo cual normalmente no se presta el sujeto a ninguna propuesta o presión de tratamiento proveniente del entorno familiar. Y una segunda etapa, o luna de hiel, que denominamos disonante, egodistónica, displacentera, compulsiva, dolorosa, contraidentificativa, en la que predomina el daño destructivo y sobre todo autodestructivo; y es en ella en la que el titular toma conciencia de la catastrófica vida que lleva, y de lo que le puede esperar en el futuro, y por tanto puede aceptar ya las propuestas o presiones de tratamiento procedentes de su entorno, aparte de que a veces él mismo toma esa iniciativa sin ayuda ni insistencia de nadie, en prevención de la siguiente fase.

Y aún puede hablarse de una fase crítica, en la que el paciente o portador se asoma al abismo, al caos y al riesgo de su desaparición, que o bien puede producirse si el paciente no reacciona, o bien convertir esta fase en un revulsivo tras “tocar fondo” para iniciar la fase del epílogo o terapéutica, que es la de la resolución clínica con la rehabilitación como programa de base.

Herramientas de atracción

El hecho auténticamente diferencial es que en nuestro caso la adicción, y por tanto la enfermedad, se perpetra con algún ingrediente (un aguijón) integrado en la vida social con carácter de total propiedad y legitimidad.

Está claro que jugamos un papel relevante y más propiamente trascendente en la vida de nuestros huéspedes, y para ello nos servimos de unas herramientas, instrumentos o subterfugios por medio de los cuales atraemos, sometemos y destrozamos a nuestra autoengañado portador:

– El ansia viva (apetencia, deseo, impulso), que se denomina “craving” cuando es previa al consumo (conduciéndole a él); y “priming” cuando es posterior al inicio del consumo (en reclamo de más y más consumo).

– La recompensa (efecto en forma de compensación placentera, que refuerza e incentiva el consumo por un mecanismo de feed-back).

– La búsqueda persistente y permanente de refuerzo a través de más y más sensaciones placenteras o anestesiantes.

– La pérdida de la capacidad de abstención, que tiende a producir un consumo diario y cotidiano bien sea por mecanismo físico (adicción propiamente dicha) o psíquico (dependencia). Este fenómeno es el responsable de nuestra modalidad de adicción diaria, cotidiana o habitual, así como también, cuando falta el aporte de nuestro veneno, del síndrome de abstinencia.

– La pérdida de la capacidad de detención o de control del consumo, que tiende a producir descontroles de consumo o atracones seguidos de intervalos normalmente libres de consumo, y que es característica y propia de la adicción intermitente.

– El desarrollo de la tolerancia (necesidad de más consumo para obtener el mismo efecto o resultado), que tiene lugar durante la fase de estado de la adicción, normalmente coincidente con su etapa primera o egosintónica, y que puede dar lugar en la segunda y última etapa al fenómeno inverso, de la intolerancia al objeto o al veneno de la adicción; por lo cual, en esta última etapa, con poco que consuman les provoca mucho efecto y más daño.

Identificación de adicciones

Quizás para lograr una mejor identificación como adicciones, convenga, además de especificar lo que somos, tal como ya queda dicho, detallar lo que no somos.

– En primer lugar, no somos vicios consentidos ni pasiones efímeras, porque ello conllevaría admitir una categorización o etiqueta moral peyorativa, un estigma, e implicaría que podríamos ser tributarias de un tratamiento espiritual, en cuyo caso adquiriría la principal competencia de sanación el sacerdote, y no el clínico.

– No somos simples hábitos o conductas que sólo se diferencien cuantitativamente de las conductas que nos caracterizan, sin por ello negar que esta diferencia sea cierta; aunque conforme a lo referido en el apartado de la historia natural, reconocemos que antes de llegar a ser lo que somos también pasamos por esa fase embrionaria de hábito que nos engendró. Los simples hábitos son clínicamente silentes o mudos, y por tanto irrelevantes; y desde el punto de vista jurídico son totalmente imputables para el sujeto, a diferencia de lo que puede ocurrir con nosotras, que en ocasiones, cuando es significativo y relevante el hecho de haber actuado en consonancia con la necesidad imperiosa que nosotras significamos para el portador, la propia justicia, y nosotras mismas otorgamos al sujeto una atenuación de la imputabilidad en sus actos consecuentes con la esclavitud que les vincula a nosotras. Sin embargo hay que constatar que los consumos en forma de hábito son los que nos abren a nosotras la puerta de entrada, o sea, que son la antesala de las adicciones.

– Por lo mismo, no somos simples aficiones o hobbies, que son tendencias o conductas normales, ya que en tal caso no habría síntomas clínicos y jurídicamente también sería nuestro huésped plenamente imputable. Por otro lado, nos diferenciamos de las conductas normales en función de la naturaleza, la intensidad, la frecuencia, la persistencia y la repercusión en la salud, la convivencia, la trascendencia jurídica o en la economía.

– Tampoco somos meras conductas evasivas voluntarias, ni trastornos por excesivo cumplimiento del mandato cultural de nuestra época (cultura del placer), aunque nuestra historia pudiera comenzar así, en forma de contacto experimental; pero está claro que nadie se hace adicto porque quiere, ya que una vez declarado el diagnóstico de nuestra existencia, somos nosotras las que gobernamos la conducta de nuestros portadores, como también es cierto que si así fuera, si se tratara de una conducta voluntaria, se estaría ignorando el condicionamiento genético o epigenético que le lleva al sujeto a vincularse a nosotras: y por otro lado, ello implicaría el poder elegir la propia debilidad o incluso la propia patología.

El porqué de ‘sociales’

El hecho de habernos presentado con nombre y apellido indica que, una vez nos hemos ocupado de referir todo lo más relevante relativo a nuestro nombre común, resta por responder la interrogación con que se epigrafía este trabajo, a su vez relativo al apellido.

El hecho auténticamente diferencial (de las adicciones sociales) es que en nuestro caso la adicción, y por tanto la enfermedad, se perpetra con algún ingrediente (un aguijón) integrado en la vida social con carácter de total propiedad y legitimidad

El hecho de tener un apellido, el de “sociales”, implica que hay varias clases de adicciones: Nosotras, las adicciones sociales, también llamadas legales, legítimas, permitidas, prosistema, porque en consumo moderado “hacen el sistema”, institucionalizadas y hasta fomentadas por los usos y costumbres de la sociedad. Y al otro lado las otras, las asociales, ilegales o prohibidas, que se basan en consumos tóxicos, bien en forma de derivados del opio (morfina, heroína), de cocaína o de cannabis, y otras muchas más sustancias tóxicas.

El hecho de ser adicciones sociales no implica sólo el de que nos desenvolvamos en la sociedad “como Pedro por su casa”, porque también se desarrollan en la misma sociedad, aunque sean ilegales y estén prohibidas, las otras adicciones, las asociales. El hecho auténticamente diferencial es que en nuestro caso la adicción, y por tanto la enfermedad, se perpetra con algún ingrediente (un aguijón) integrado en la vida social con carácter de total propiedad y legitimidad.

Por eso, pese a no ser patrimonio exclusivo de la sociedad, preferimos llamarnos y que nos llamen adicciones sociales, porque en este término están contenidas todas las demás características referidas con anterioridad: legales, legítimas, permitidas, prosistema, institucionalizadas, oficiales, fomentadas, alentadas y hasta publicitadas en los medios más extendidos de comunicación social. También con el apellido de sociales queremos aludir e involucrar a la sociedad no sólo como inductora de los consumos que llevan al sujeto hasta nosotras, sino como estamento que juzga, estigmatiza, condena y hasta criminaliza a quienes no han podido aprender en función de su inmadurez o debilidad el poderoso envite de la inducción del aparato oficial de la sociedad. Es decir, la sociedad bendice el consumo, e incluso proclama rituales oficiales de iniciación, para maldecir después a quienes no resisten por su inhabilidad los efectos perniciosos de tal consumo. Aunque nada más fuera por esta trágica paradoja, el término de “sociales” estaría más que justificado como prioritario frente a los demás afines o sinónimos.

Grupos diferenciados

Ahora bien, si el primer apellido es ya incuestionablemente “sociales”, podemos tener un segundo apellido para diferenciar los dos subgrupos que pueden distinguirse entre nosotras, las adicciones sociales; porque hay adicciones sociales sustanciales, de sustancia, como el alcohol, el tabaco, el café o los fármacos de abuso; y hay también adicciones sociales conductuales o relacionales, como la del juego de azar, las compras, el gasto, las personas (dependencia emocional), las tecnologías o los simples trastornos del control de impulsos (piromanía, cleptomanía, tricotilomanía).

Por si ello no fuera bastante, hay ocasiones en las que se asocian a nosotras, o nosotras nos asociamos a ellos, parientes de convivencia o cohabitación como son los desajustes psicopatológicos como la ansiedad, la depresión, las fobias o las obsesiones, y además auténticos trastornos psíquicos, emocionales o mentales, con los que formamos un binomio que se suele denominar patología dual o comorbilidad. Obvio es decir que la entidad clínica resultante agrava la situación del portador porque en esta simbiosis nos constituimos en una incómoda y a veces inexpugnable fortaleza para los profesionales o asociaciones que afrontan terapéuticamente nuestra complicada presencia en el bagaje clínico del paciente.

Destino preferido

Finalmente, a las adicciones nos gusta que nos traten con respeto, dedicación, esmero y entrega, lo que no siempre se cumple en una buena parte de la sociedad, incluidos en ocasiones algunos profesionales; y que nos ayuden a bien morir o desaparecer, porque sabemos perfectamente cuál es nuestro destino perfecto preferido: Sacrificarnos y desaparecer para que florezcan los portadores que no han podido vivir mientras nosotras copábamos y destrozábamos su vida. Nacimos como una conducta experimental que manejaba y dominaba nuestro huésped para después dominarlo en pleno éxtasis y predominio nuestro, aunque para más adelante ir disminuyendo nuestro potencial maligno hasta convertirnos en anécdotas biográficas para nuestro querido huésped. Y agradeceríamos una sinfonía adecuada interpretada a coro, como un bello y sereno réquiem, para desaparecer con la satisfacción del deber cumplido: Despertar la conciencia del adicto para que prosiga adelante su camino con un índice de crecimiento personal, desarrollo ético y felicidad individual y familiar desconocidos para él durante la adicción e incluso durante toda su vida.

Es para ello muy importante aunar fuerzas en torno a nosotras, por parte de todos los agentes posibles: El paciente, la familia, el equipo terapéutico y, por supuesto, la entidad asociativa que se haya utilizado como marco o setting para la escenificación de esta ceremonia colectiva de la transmutación.

Agentes de disuasión

No hemos pretendido ser dueñas absolutas y definitivas de la vida de nuestros portadores, sino sólo ser meros agentes de disuasión al servicio de ellos, a mayor gloria de la rehabilitación y de sus protagonistas. Nuestra mayor ilusión sería vernos convertidas en meros accidentes en la existencia de nuestros portadores, y que ellos vivieran nuestra amarga presencia en su vida más que como un problema o un proceso destructivo como una oportunidad de cambio, reconstrucción y crecimiento personal a través de su tratamiento y rehabilitación. En suma, nos gustaría ser recordadas con agrado, como un soplo de aire fresco y renovador e, incluso, como una bendición, como los trámites que pusimos en evidencia la escasa dotación en recursos de adaptación de nuestro portador frente a las adversidades, frustraciones y situaciones de estrés, y en definitiva como los conflictos que denunciamos dolorosa y traumáticamente su mala andadura en la vida, para promover su saneamiento, gestión renovada y definitiva su autocorrección. Nuestra suprema misión es autoinmolarnos para reconvertirnos, reencarnarnos o simplemente dar paso a la rehabilitación.

Para que todo este fenómeno de gloria sea posible, es necesaria una actuación terapéutica coral y coordinada, en la que primero es el médico, nuestro psiquiatra, el que libera a nuestro portador, y por tanto a nosotras, de la patología psíquica o ataduras que algunas veces se nos asocian furtivamente en nuestra existencia, en forma de ansiedad, depresión, impulsividad, etc. Es un buen comienzo, porque a través de un tratamiento farmacológico, se facilita la receptividad de nuestro portador para lo más importante, que va a venir después. Y lo que viene después, se inicia y persevera con el turno de la terapia psicológica, que comienza por la intervención individual y culmina con la grupal. Al llegar a este punto no podemos menos de emocionarnos, porque lo que viene al final, como culminación de este proceso, es una sucesión periódica de sesiones terapéuticas rituales en comunión y hermanamiento de todos, terapeuta, pacientes y en su momento familiares, que nos ofrecen el escenario ideal para nuestra inmolación; porque allí, en esas terapias de grupo, a diferencia de lo que ocurre en la calle, se nos respeta, se nos valora e incluso se nos quiere por lo que significamos de incentivo para el crecimiento personal de portadores y familiares. Y finalmente se nos brinda una ceremonia de desaparición feliz, una eutanasia serena y sin sufrimiento, e incluso con alegría, porque nuestra última misión es pasar a mejor vida, y esa mejor vida se llama rehabilitación.

Salir de la caverna

Obviamente, todo este proceso exige como requisito principal la estrecha colaboración de nuestros portadores y su familia. Y lo que necesitamos de ellos, sobre todo de nuestros “clientes”, es sólo lo que por otro lado casi siempre obtenemos: Por un lado, que salgan de la caverna en la que han estado ciegos por la oscuridad en ella reinante y que abran su mente a la luz, con el fin de tomar conciencia y adquirir el insight necesario para su identificación como enfermos y reconocimiento de su enfermedad. Y por otro lado, un compromiso de voluntad, constancia y estabilidad para lograr la desconexión absoluta y definitiva de nuestros objetos, instrumentos o aguijones de adicción; o lo que es lo mismo, para mantener la abstinencia con carácter indefinido y así abonar con la mejor semilla su territorio psíquico, su jardín mental, teniendo en cuenta que, una vez erradicadas las malas hierbas (la inseguridad, el miedo, la soberbia, el victimismo, las paranoias o  distorsiones cognitivas, el egocentrismo, los complejos, la mentira, la apariencia, y todo aquello que al adicto le hizo recurrir a nuestra presencia evasiva en su vida) le está esperando como fruto supremo la espléndida “flor de la rehabilitación”.

 

Blas Bombín Mínguez

Psiquiatra. Director técnico de Centro Específico de Tratamiento y Rehabilitación de Adicciones Sociales (CETRAS) y sus asociaciones integrantes (ATRA, AJUPAREVA Y ACLAFEBA)

Deja un comentario