Punto de vista Apuntes de un boticario

Por la mierda a la gloria

Sigo comprobando con agrado cómo hay lectores que me siguen y que fueraparte los “me gusta” y “comparto” o en el caso del pajarito me “retwitean”, sistemas escuetos pero dignos de agradecer, tienen la gentileza de escribir unas breves palabras en la que manifiestan su conformidad o disconformidad con lo que he escrito. Y quienes, ¡juro que los sigue habiendo!, me llaman por teléfono o bien por correo electrónico se permiten derrochar su tiempo, bien tan escaso hoy en día, y se explayan dando una opinión, no ya concreta, sobre lo que escribo en cada artículo sino de lo que en ellos rezuma.

En este último caso constato que, entre ellos, hay lectores a los que no conozco y que aun sin convivir con ellos ni compartir ciudad ni profesión me “acusan”, cariñosamente, y de un tiempo a esta parte, por los contenidos tristes de mis colaboraciones. Por ello hoy voy a cambiar de traste la cejilla de mi guitarra y escribir sobre la publicidad y la fama, basándome en un hecho que atañe a la actividad sanitaria y que además de verídico es jocoso.

Búsqueda de publicidad

Hay lectores a los que no conozco y que aun sin convivir con ellos ni compartir ciudad ni profesión me “acusan”, cariñosamente, y de un tiempo a esta parte, por los contenidos tristes de mis colaboraciones

Allá por el pleistoceno del periodismo escrito, la publicidad era, y lo sigue siendo, la base de la subsistencia de cualquier diario. Los “publicitarios” profesionales, hoy comerciales en todos los ámbitos, se pateaban las grandes empresas para conseguir algún cliente. Como la mayoría iba a comisión si alguno llegaba al periódico con la contraportada del dominical contratada para un año ya se podía ir considerando “incluido en plantilla”.

De esta forma, y así funcionan los diarios de siempre, se cerraba el circuito que el lector de a pie no conoce y que el pobre (¡bendito inocente!) cree que paga con el importe que recoge en mano su quiosquero, sin saber que este círculo diabólico se completa (ayudas “externas” aparte, si hablamos de publicaciones “exentas”) de la siguiente forma: si un anunciante paga una importante cifra por la inserción de su producto a un determinado diario es porque le garantizan que éste tiene una gran tirada y si éste tiene una gran tirada es gracias a que tiene muchos anunciantes que pagan bien porque saben que salen en un diario de gran tirada. Suena a retruécano, pero es así.

Escritores y sanitarios

En el ámbito de los escritores el tema es aún más espinoso. Que un novel, aún con muchos años escribiendo hasta en el papel higiénico de su casa, logre que le editen un libro, tras haber mandado decenas de originales a múltiples editoriales, grandes o pequeñas, es un milagro. Y que le premien una obra es un prodigio aún mayor. Que yo recuerde sólo Eslava Galán ha ganado un Planeta sin concierto/encargo previo.

Pero como en la profesión sanitaria, y hablo también de la noche de los tiempos, la publicidad estaba, si no prohibida, mal vista, había de utilizarse la amistad de algún paciente, periodista agradecido, que le hiciese una entrevista al galeno con cualquier motivo o bien un publireportaje que además de tener que pagar por él, para los que conocen el paño, y precisamente por ser venal, tampoco estaba bien considerado.

Por ello ahí va el simpático suceso que hizo de un médico con poca clientela uno de los galenos más solicitados de su ciudad  en la que ambos, él por desgracia murió, vivimos y ejercimos.

Experiencia personal

En mis inicios como especialista en Análisis Clínicos compartí consulta con el citado médico cuya especialidad era la endocrinología

En mis inicios como especialista en Análisis Clínicos compartí consulta con el citado médico cuya especialidad era la endocrinología. Se trataba de un piso primero ubicado justamente encima de la Farmacia de un querido compañero que fue el que nos puso en contacto.

Como es lógico, la relación entre este galeno y mía se fue acrecentando día a día y en una proporción no geométrica sino sideral. Fueron muchos días compartiendo en ratos libres, y muchas veces con cafés y boticario de abajo incluidos, jornadas en que, aparte vivencias personales y comidas en pareja, el denominador común era el tema sanitario que compartíamos los tres: el endocrino, el boticario y un servidor.

Nunca ejercimos el trabajo “a comisión”, algo que no creerá nadie, aunque lógico es que si un paciente necesitase, según el endocrino, de un análisis clínico y el paciente requiriese por un laboratorio a recomendar, mi amigo le sugiriese el mío por la cercanía, rapidez en toma de muestra y resultados.

Lo mismo, y en el caso de tratarse de una medicación, nunca este galeno derivaba su prescripción a la farmacia de abajo. Y lo digo, aquí viene la sustancia del relato, porque la “ultraespecialidad” de este endocrinólogo y que lo disparó económicamente, no era tratar a diabéticos, que también, sino a los que padecían obesidad.

Bombardeo publicitario

Eran tiempos muy anteriores al boom de las Clínicas de adelgazamiento y el bombardeo publicitario, incluidas las “fake news” actuales, con regímenes no sólo falsos sino peligrosos. Por el contrario este médico amigo era un riguroso y estudioso especialista en regímenes de adelgazamiento con planes dietéticos personalizados,  pero aún así su consulta no era precisamente la sala de espera de un ambulatorio.

Así que mi amigo casi pionero en esta especialidad y a pesar de tratarse de una ciudad relativamente manejable donde el conocimiento social es importante, y el boca/oído entre las señoras bien era en un medio muy eficaz, no lograba despegar y que su consulta subiese con la rapidez y rentabilidad que él necesitaba.

En las listas que entregaba, no sólo a los auténticos obesos rayanos con la morbilidad sino también a señoras de buen ver pero rellenitas, iban las listas de los alimentos prohibidos entre los que constaba el aceite de oliva y explicaba que, mientras que una cucharada sopera de aceite de oliva aporta 135 calorías, otra igual de aceite acalórico aporta apenas 13,5 calorías y que este también es bueno para los estreñimientos, que pueden causar algunas dietas, ya que actúa como laxante al lubricar los intestinos para facilitar la salida de las heces.

Regímenes varios

Una conocida y bella dama de la alta sociedad visitaba a mi amigo no regularmente, pues sin ser obesa gustaba de mantener su figura ya que siempre se veía pasada de peso. Por ello en fechas previas a actos sociales, por supuesto al verano, (las bikineras me dan muy buen juego, decía mi amigo) y las puntuales como ferias y romerías eran motivo de la visita de tan atractiva y aun joven señora.

Esta salsa fue preparada con su correspondiente aceite pero, ¡ojo!, en este caso acalórico y sin que ella se acordase de su efecto laxante puesto que su uso personal era escaso y sólo para ensaladas

En una ocasión, y ante la inminencia de un acontecimiento de gran boato, esta mujer comenzó uno de los múltiples regímenes que el endocrino le había prescrito, pero como dado el caso que a su marido, prestigioso arquitecto de la ciudad (Dios los cría y ellos se juntan), le habían regalado dos merluzas de pincho inigualables, la señora ordenó se las cociesen para servirlas en blanco acompañadas de mayonesa que ella se encargaría de preparar pues era su especialidad. Ni fluida ni espesa. En su punto, como le gustaba a su marido.

El susodicho era un hombretón de buen comer, y aunque ella en este caso sólo acompañase la merluza hervida con una ensalada, para él preparó cerca de un litro de mayonesa para que acompañase con pan tan frugal almuerzo. Esta salsa fue preparada con su correspondiente aceite pero, ¡ojo!, en este caso acalórico y sin que ella se acordase de su efecto laxante puesto que su uso personal era escaso y sólo para ensaladas.

Una publicidad eficaz

El arquitecto, el día de autos, se comió fácilmente una de las dos merluzas enteras acompañada de un bol completo de mayonesa acalórica. Tras el copioso almuerzo el hombre hizo su Morfeo a la media caña en el sillón para, tras ello, marchar al despacho. Terminada su jornada de trabajo en el estudio y a punto de volver a casa, recibió la llamada de Antonio el capataz, que le pedía acudiese, aunque ya fuesen cerca de las nueve de la noche, a una obra a punto de remate en las que unas inoportunas lluvias de ese mismo día habían recalado unas juntas.

Ya camino de la finca Don Rafael, así se llamaba el arquitecto, había ido notando unos retortijones gástricos que, aparcando el coche, rompieron en unos estruendosos peos.

A la entrada de la obra le esperaba el preocupado Antonio que, sin más, proveyó a su jefe del correspondiente casco y le indicó el camino de unas escalerillas de mano hacia las que inició el ascenso el arquitecto seguido del capataz. No habían escalado más de dos tramos cuando Don Rafael se paró al tiempo que oyó una queja sumisa, pero desgarrada, de su capataz. Este hombre sacudiendo su casco decía:

-“Perdone usté Don Rafaé pero se está usté cagando ensima de un servidó”.

Este suceso, extendido como la pólvora por tan especial ciudad, “puso en valor” la consulta de mi amigo. Una publicidad escatológica, pero eficaz.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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