Punto de vista Apuntes de un boticario

-Pero, usted es médico… ¿verdad?

Cuando he leído  que: “España tiene el sistema sanitario con más número de especialidades del mundo”  he recordado algo que me dijo hace tiempo el traumatólogo de mi familia. “¿Tú sabes que ya existen compañeros míos especializados en manos derechas o manos izquierdas?”. Me quedé anonadado y pensativo porque este médico, muy viajado y muy leído, es persona, como buen cirujano, poco dada a la expresividad verbal y mucho menos a decir cosas inciertas.

Si esta noticia la hubiese leído en una aplicación “guasapera”, fuente de gilipolleces buscadoras de “originalidades” (sean verdad o no), hubiera replicado a su “autor” lo siguiente: “No me sorprende su genial noticia amigo “guasapero” porque lo que me envía lleva pasando desde hace tiempo en España, entre el gremio periodístico. Son, valga el ejemplo concreto, los que yo llamo opinadores/columnistas infumables que no paran de dar la tabarra desde distintos frentes con el tema político aunque, “of course”, cobran, precisamente, por ello. Para los que no tenemos afición por este tema constituye un suplicio sólo ver su firma.

Periodistas de ‘amplio espectro’

Menos mal que, por el contrario, aún quedan periodistas de ‘amplio espectro’ que, al leer su nombre en un artículo o reportaje, no tengo que prejuzgar que van a hablar siempre de lo mismo y de los mismos. Muchos periodistas de este tipo pasaron por forzosa serendipia a especialistas de temas concretos de más o menos gusto para el que suscribe. A colación de lo que es la casualidad no me sustraigo en concretar dos casos que he conocido de primera mano.

Ana Rosa Quintana fue Directora de una Revista Farmacéutica que aún se edita y que actualmente es la decana de las dedicadas al mundo de la botica y lo sé de buena “tinta” porque llevo colaborando en ella un montón de años.

El otro caso se lo oí de viva voz, y en el transcurso de una tertulia, a Isabel San Sebastián. Contaba que sus primeros escarceos profesionales, tras terminar la carrera, fueron como reportera de una publicación sanitaria. Me hizo especial gracia una anécdota que vivió y que demostraba su inexperiencia en el tema. Un día le encargaron escribir sobre vitaminas, se documentó, (no existía Google) y en las conclusiones de su artículo vino a decir que los complejos vitamínicos farmacológicos no servían para nada. Bastaba con una dieta equilibrada porque la mayoría de los alimentos naturales llevan el largo abecedario (A, B, C etc …) vitamínico de los fármacos dispensados en Farmacias.

Satisfecha con su trabajo, cuál no fue su sorpresa al recibir una llamada del airado director para decirle corrigiera casi todo el trabajo y, por supuesto, alabase todos los medicamentos que la industria farmacéutica elaboraba y que contenían vitaminas. Ante su desencanto, el director benévolo él, le dijo que su reportaje iba delante y en página par, de un anuncio de un complejo polivitamínico y que aprendiese, como primera lección, que las publicaciones se deben a sus lectores y también… a sus anunciantes.

Pues bien, ambas periodistas triunfan actualmente en sus respectivas especialidades: el magazine y la política, a las que han llegado. ¡lo que es la vida!, por pura casualidad.

Maestros de referencia

Por ello no puedo ni quiero dejar atrás a un auténtico maestro como Don Manuel Alcántara, recientemente fallecido, que era, por el contrario, un generalista de la prensa, un eximio poeta que escribía como los ángeles, con los que ahora estará hablando, y que igual te hablaba de boxeo, de coctelería (sus grandes aficiones) como de salud, sexo y hasta a veces de política.

Son, y aún quedan algunos, nuestros médicos espirituales de la prensa escrita que nos alegran el inicio del día mientras tomamos el tempranero café bebido antes de fichar.

Hace un año, y lo recuerdo porque mi anciana paciente, ya nonagenaria, falleció hace unos días, Eloísa, así se llamaba, me pidió el favor de llevarla a un especialista de la piel pues estaba preocupada por una verruga en el cuello. Se trataba de una viejecita superoptimista  que pensaba en el futuro como si tuviera 30 años. Siempre cuando me preguntaba, ya con más de ochenta años, si debía seguir tomando “las pastillas pal sueño” y yo le contestaba que sí, ella replicaba: “¿Y así toa mi vía?. ¿No me acostumbraré Don Pedro?”.

Con esta visión de su futuro vivencial no me extrañó que me llamase por lo de llevarla al dermatólogo.  Le dije varias veces que no tenía mayor importancia, sin mencionarle ni por asomo su provecta edad y que, como además aún no le picaba la dichosa verruga, se olvidase de preocupaciones mayores. No obstante una vez que fui a verla, cierto era que en los últimos meses la queratosis había aumentado de tamaño y más que maligna, dada su edad, yo la valoré como molesta por el lugar donde se hallaba, pues un movimiento involuntario durante el sueño que la hiciese tropezar con la cadena donde colgaba su eterna medalla de la Macarena, podía acarrearle problemas.

Aunque le dije a la cuidadora que, en caso de desgarro, le pusiese un antiséptico y le quitase la cadena, cosa a lo que en principio se negó, me quedé con el encargo de llevarla a un dermatólogo de los de “pago” como me venía pidiendo desde hace tiempo. Un amigo me recomendó a un prestigioso especialista en esta materia y aunque me advirtió que su “agenda” médica estaba plena, daba citas a 90 días como en las antiguas letras de cambio, me llamó pronto para decirme nos había hecho un hueco en fechas próximas.

Mi viejecita se puso como loca cuando se lo dije. Para ella ir al médico, sin la cuidadora y acompañada por mí, era como si le tocase la lotería pues sabía, no era la primera vez, que la recogía en coche, la subía a la consulta y terminada ésta y, dependiendo de la hora, siempre “caía” un desayuno o un aperitivo y la correspondiente charla sobre ella, su familia, su soledad, su historia y…un poquito de política que yo siempre, aunque la detesto, se la aceptaba por tratarse de ella.

Llegada a la consulta, el afamado dermatólogo nos atendió con afabilidad y reconoció con detenimiento a Eloísa. Primero valoró en mi presencia la queratosis del cuello y sin más comentarios la hizo entrar en otra habitación donde la tuvo un rato largo. Tras ello me indicó que entrase, a petición de la paciente, para ayudarla en la tarea de, como Eloísa siempre decía sobre el vestir: “aparejarme los avíos y no salir hecha un adefesio”

Diálogo final

Ya todos en la mesa oficial de la consulta y con ese espacio de tiempo que los especialistas se dan para contestar  y que al paciente se le hace eterno, el nuestro rompió a hablar: – “Tiene usted varias queratosis dispersas por el tronco y en una extremidad inferior. Todas carecen, en principio, de importancia. Sólo dos: la que me ha planteado, aquí su acompañante, en la parte posterior del cuello, y otra en el pliegue submamario izquierdo, de la que usted se queja de picor. Ambas pueden ser susceptibles de virar a queratomas que tampoco necesariamente hayan de ser peligrosas. Así que, dadas sus circunstancias y su edad, no aconsejo ningún tipo de cirugía local, pero no obstante le voy a prescribir dos pomadas para que durante tres meses se las aplique en las zonas que considero afectadas. En el prospecto de cada una viene perfectamente indicada su forma de aplicación aunque usted, como me ha dicho varias veces durante el reconocimiento, viene bien acompañada por un farmacéutico que le merece toda confianza”.

Tras esta exposición, Eloísa tomó la palabra y se deshizo en elogios hacia el especialista y, mientras este iba escribiendo en una receta las dos prescripciones, mi viejecita me dijo al oído:  “Qué hombre más agradable al que me has traio. Se le ve mu preparao, así que aprovechando que…”.

En este momento me eché a temblar porque conozco al dedillo las salidas de mi vieja Eloísa. Aún así no me dio tiempo.

“Verá usted doctor cuando yo como potaje de habas secas, que me salen mú ricas, al día siguiente me se plantea una diarrea mú grande…¡vamo que me cago por las pata abajo…¿Usté me podría mandá argo pá eso?”

La cara del especialista fue todo un poema. Dejó de escribir y con gesto hierático y a la par adusto replicó: “Señora yo soy especialista en dermatología y no me ocupo en otros asuntos más o menos banales”

“Güeno, ¡hombre de Dió, no se enfade!…pero…usté es médico, ¿verdá?.

Mi acharo en ese momento me ha dado pie, pasado el tiempo, a escribir estos “Apuntes” y reconocer, con la ponderación que da la veteranía, que mi vieja Eloísa llevaba razón. Si los galenos, en ocasiones como estas, se bajasen del pedestal de su especialidad, quizás no hubiese que recurrir a tantas pruebas complementarias ni a tantas y sucesivas citas con otros especialistas.

-“¿Usted es doctor?”

-“Sí, pero en arqueología”

-“Entonces me voy a vestir de nuevo”

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos [email protected] Twitter: @caballeroinf