Punto de vista

Pequeñas y grandes tiranías de los poderes públicos

El director médico de la Revista Madrileña de Medicina, que edita el sindicato AMYTS, ofrece una reflexión sobre acontecimientos cotidianos que ponen de manifiesto cómo se está perdiendo lo que todos esperamos de los políticos, que trabajen por resolver los problemas y no por incrementarlos.
Hoy quiero acercarme a una situación que yo creo universal en nuestra sociedad, aunque lo acompañe de ejemplos concretos. Se trata de las situaciones, cada vez más frecuentes, en que los ciudadanos, y hasta el conjunto de la sociedad, podemos acabar siendo víctimas de algunas inercias administrativas muy extendidas, hasta donde sé, en nuestras Administraciones Públicas. Inercias que se imponen por ley, o por la vía de los hechos, y que dificultan, en ocasiones enormemente, la vida de los administrados. Pequeñas y grandes inercias frente a las que el ciudadano no puede defenderse. O lo tiene muy difícil. De ahí que haya hablado de “tiranías”.

Utilizas bicicletas del sistema municipal de transporte. En una de esas ocasiones, el sistema no funciona bien y una bicicleta no se engancha adecuadamente a la base en la que se aparcan; puede que por esa razón se te atribuya un tiempo de uso mucho mayor del que realmente has realizado, por lo que decides llamar para comunicarlo. Pero como el ayuntamiento de turno canaliza dichas llamadas a través de su sistema de información general, que puede tener enormes demoras tan sólo para saludarte y decirte que pasa la llamada a la unidad competente, allí estás, junto a la base de las bicicletas, perdiendo el tiempo en un desplazamiento que, a lo mejor, haces con tiempo limitado (para ir al trabajo, a una cita médica, a). Y no hay alternativa: o esperas, o esperas.

Buzón de notificaciones

Pagas tus impuestos regularmente, y hasta te atreves a hacerlo por vía telemática, porque no se te da mal esto del ordenador y te parece más cómodo (aunque más de una vez te arrepientes de la decisión tomada por la complejidad de algunos procesos o la necesidad de estar continuamente actualizando y adaptando el software). Y de repente quieres participar en un proceso público de licitación o subvención, y te aparece como causa de exclusión el que tienes alguna deuda con Hacienda de la que ni siquiera eres consciente. Acabas enterándote de que recibiste una notificación (¿yo????) en tu buzón de notificaciones (¡ni sabía que existía!) por una reclamación de un pago a terceros que, a lo que se ve, tienen deudas con el erario público (¿ellos? ¡¿Y yo qué tengo que ver?!). Así que a pagar con retrasos e intereses, incluso con sanción por la demora, y a “emparaionarte” un poco más con la informática para estar consultando, de vez en cuando, ese nuevo buzón que había aparecido en tu vida sin que nadie te pidiese permiso ni te diese explicaciones.

Oposición sin elección

Te presentas a una oposición. Aquí ya no tienes elección: o lo haces por vía telemática, o lo haces por vía telemática. Te armas de paciencia, ves si lo puedes sacar tú solo adelante, buscas ayuda si no puedes, y consigues hacerte una hoja de ruta (aunque sea mental) para triunfar en el proceso. “Es que el procedimiento administrativo lo exige así”. Bueno, pues a ello. Eso sí, fotocopia / escanea cantidad de documentos que ya has entregado en ocasiones previas para otros procedimientos ante la misma Administración para adjuntarlos a la inscripción en el proceso ¡porque la Administración no ha sido capaz de poner en funcionamiento un sistema que permita recordar la documentación que ya has entregado previamente! ¡¡¡Aunque se lo obliga la ley, ese mismo procedimiento administrativo al que ellos hacían referencia!!!

Desmentir la realidad

Acabas trabajando para la Administración tras haber superado ese proceso de oposición. Pongamos, por ejemplo, que lo haces en el sistema sanitario (pero podría ser en el educativo, en servicios ambientales). La elevada demanda de la población, a la que la Administración no hace sino garantizar y prometer actuaciones, y los recortados presupuestos para ello, te hacen “vivir en un sinvivir” para tratar de realizar tu trabajo lo mejor posible y satisfacer, al menos dentro de tus posibilidades, las demandas que recibes. La situación económica empeora, la necesidad de servicios aumenta, y los presupuestos no sólo no aumentan, sino que pueden llegar a disminuir. Y tus quejas no van a ninguna parte. No sólo eso, sino que si haces públicas esas quejas, con ayuda de grupos y organizaciones, al poco aparece el político de turno a tratar de desmentir la realidad (aunque la realidad no miente nunca) y a lanzar cortinas de humo que oculten su incapacidad para mantener el nivel de servicios o reducir el de la demanda, haciendo por ejemplo partícipe a la población de la situación. El servicio público que tanto quieres y cuidas, al que pretendes dedicarte con arte y corazón, se convierte para ti en una trampa personal. ¡Sálvese quien pueda!

Y, para rematar la faena, la Administración de turno, en base a su visión ideológica, diseña una serie de acciones que, de verte implicado en ellas, supondrían una grave amenaza para tu conciencia que protege la legislación fundamental de tu país. Gracias a ella, existe la posibilidad de objeción de conciencia, pero como esto parece obstaculizar las acciones que tan sabia Administración ha planteado, esta comienza a maquinar contra ese derecho fundamental, sin buscar soluciones alternativas.

Como pueden ver, hay para todos. La sociedad ha ido evolucionando en una dirección de impersonalización en la que las personas acaban siendo meros números o, aún peor, meros instrumentos en manos de la Administración. A veces por inercia, cierto, pero otras veces por mero interés de quienes ocupan sus cargos, o por una obcecada visión ideológica. El caso es que la persona acaba estando bajo el poder de la Administación, y no bajo su servicio. El temido Leviatán.

¿Es esta la sociedad que queremos?

Por cierto, que nadie se confunda. No hago esta reflexión desde una óptica antisocial ni anti-Administración en absoluto. Creo que las Administraciones están para servir a los ciudadanos, y para hacerlo desde la perspectiva del bien común, de aquel conjunto de condiciones que hacen posible la mejor vida para cada uno de sus ciudadanos. Y creo que las personas somos seres en relación, que no podemos entender nuestra vida al margen del resto de personas que conviven con nosotros, de sus vidas y de sus intereses. Pero eso no significa que tengamos que acabar siendo víctimas de las inercias de las Administraciones, o de los intereses y las ideologías de sus ocupantes. Hay que buscar mejores equilibrios, y ahí está el arte -tan perdido- de la buena política. Un arte por recuperar.

Miguel Ángel García Pérez

Médico de familia, doctor en Medicina Director médico de la Revista Madrileña de Medicina.