Punto de vista Apuntes de un boticario

Oposiciones a buena gente

De todos los directores de banco a los que les he debido dinero, que han sido todos, el que mejor me trató, y por ende me comprendió, fue uno que había llegado a la dirección desde el puesto de botones.

Yo iniciaba mi vida laboral con el lógico sueño de ser titular de una oficina de Farmacia necesitando, en mi caso, una ayuda económica importante pues, en general, nunca son fáciles los principios, y lo digo al hilo de que siempre, no sólo hoy, los jóvenes se refieren a sus mayores como personas que han vivido en permanente bonanza económica y social mientras a ellos les ha tocado una “época de crisis”. Los quejosos siempre están viviendo en permanente aprieto.

Pero volviendo a mi rollo recuerdo que mis padres, que me dieron todo lo que estuvo en sus manos, fundamentalmente cariño, que no es poco, no pudieron darme el empuje material que mi profesión farmacéutica necesitaba, por lo que mis “patriarcas económicos” han sido siempre las entidades bancarias y, como tales “padres adoptivos”, no han sido muy bondadosos.

Carrera empresarial

Iniciar una carrera “empresarial”, y esto me lo dijo un político de alto rango que fue Ministro, sin una base económica propia e iniciarla, por el contrario, dependiendo al cien por cien de un crédito bancario, es algo abocado a la ruina. Esto, y lo dice un veterano de guerra, es un axioma.

En esta trayectoria hacia el fracaso, y tras mis primeros y amargos contactos bancarios, tuve la fortuna de conocer al máximo responsable de una entidad bancaria que había surgido de la nada hasta llegar a director de la misma. ¿Mi motivo?: Pedir, una vez más, un crédito.

“¿Para qué lo solicita?”, fue la lógica e inicial pregunta que todos los directores le hacen al peticionario desconocido como era mi caso. Podría haberle contestado con mentiras grandilocuentes, recomendadas por los listos que te dicen que ante la banca, aunque estés tieso, has de mostrarte prepotente y pedir para grandes proyectos. Yo contesté la verdad: “Para pagar otras deudas”.

El citado director podría haber hecho lo habitual y más con mi joven persona. Tirar de cajón y sacar la “última” carta recibida de la Dirección General en la que se indica que “tras la última Asamblea de Accionistas se le comunica para sus efectos oportunos que hasta nueva fecha todos los créditos han de ser denegados mientras no reciba una nueva orden”.

No fue así. El bendito Director me incitó a explayarme lo cual me relajó y yo, aún con una trayectoria profesional corta pero dura, le conté a lo Groucho Marx cómo “partiendo de la nada estaba alcanzando las más altas cotas de la miseria”.

Desde la compasión

No sé si esta frase, intercalada en mi monólogo, le hizo especial gracia (se rió mucho), o bien por mi juventud nerviosa y llena de empuje o por lo que fuese, el caso es que comenzó a hablarme en un tono muy afectuoso.

“Mire joven. Le diré, para empezar, que le compadezco y no tome esta palabra como ofensa pues compasión no es sinónimo de condescendencia ni significa, sólo, sentir pena o lástima. En realidad consiste en un sentimiento de tristeza compartida que se siente al ver padecer a otra persona y que impulsa a aliviar su dolor o sufrimiento, a remediarlo o a evitarlo en la medida de lo posible.

La compasión es un sentimiento, no un conocimiento. Los sanadores son compasivos y usted como farmacéutico, según veo, también lo es.”

Ante mi cara de sorpresa por esta lección de culta humanidad tan alejada del mundo pecuniario me dijo que, durante una etapa de su vida, y ya de conserje, hubo de simultanear este trabajo, fijo pero escaso pues estaba casado y con un hijo al igual que yo, con la de vendedor de libros, puerta a puerta, del “Círculo de Lectores”. “Esto, obviamente, me obligó a leer mucho, algo que me gustaba desde pequeño aunque mis padres no tuviesen apenas cultura”.

Tras ello continuó: “Así que salvo alguna incidencia, que espero no se dé, le doy mi palabra, que le será aprobado el crédito que solicita. Le pondré el interés más bajo que la ley bancaria me permita, por supuesto, menor que el que está pagando con sus otras muchas y pequeñas deudas. De esta forma puede aliviar su agenda memorial bancaria y sólo pagar un recibo mensual y así podrá centrarse sólo en su trabajo y en sacar adelante a su joven esposa y su pequeño hijo. Le espero el lunes próximo”

Cuando, tras estrechar su mano, salí a la calle confieso que me brotaron unas furtivas lágrimas.

El factor humano

El que me lea se dirá: “¿A qué vendrá este prologuillo tan personal?”. Pues verá usted. Viene por mi pertinaz y casi obsesiva opinión de que el factor humano está por encima de la cualificación profesional de cualquier persona. Si alguien me recomienda, no se rían, un albañil siempre pregunto: “¿Es buena gente?”. Suelen contestarme: “Es un gran profesional”. Yo le aclaro que, salvo que sea un inepto total, yo prefiero a alguien medianito y que sea buena persona.

Por ello he leído, con fruición, una entrevista que se les hace a unos opositores a Registro de la Propiedad. Los jóvenes, entre otras cosas, dicen: “La oposición al Registro de la Propiedad, Mercantil y de Bienes Muebles es una carrera de fondo que exige 12 horas de estudio al día, seis días de la semana durante una media de entre 5 y 11 años.

“Lo peor: las diez o doce horas diarias “en modo avión”,  sin WhatsApp ni redes sociales. Nunca menos de diez horas al día de “estudio productivo”. Y además los amigos no te entienden, y te dicen que no pasa nada porque un día no estudies”.

“Muchas veces, el día de descanso no te apetece salir. Solo tirarte en la cama, ver una peli o sacar a pasear al perro. Hay, también, un tercer examen que es el más duro: seis horas de exposición de un tema práctico que abarca todo el temario: Derecho Civil, Mercantil, Procesal, Administrativo, Hipotecario, Fiscal, Notarial…”

Cuando los futuros opositores acuden al Centro de Estudios Registrales, y esto lo dice un preparador, “Las tres primeras sesiones se dedican a determinar si tienen cualidades. Y la misión más dolorosa es decirles que no.”

Esta es, grosso modo, la síntesis de la entrevista.

Determinar las cualidades

Por ello no sé, y esto ya es mío, a qué se refieren estos preparadores cuando hablan de “determinar si tienen cualidades”. Y que no se me cabree nadie porque, con todos mis respetos, aparte de especiales cualidades para un cruel estudio, no creo que ejercer como Registrador de la Propiedad exija unas habilidades más allá de las que ellos mismos citan, como conocer al dedillo Derechos Civiles, Mercantiles, Hipotecarios etc…

Pero este caso no me preocupa, sí, por el contrario, las Oposiciones a Judicatura que tienen un nivel de esfuerzo similar a las reseñadas y cuyo fin es acceder al ejercicio de juez y esto es harina de otro costal ya que, en mis cortas luces y hablo como “usuario”, no veo igual la tarea de un Registrador de la Propiedad que la un Juez. No es lo mismo, oposiciones aparte, ejercer como médico, por ejemplo, que como ingeniero de minas.

Si una persona que se pasa 10 horas diarias o más, durante ¡cinco u once años! estudiando sin salir de casa, cuando salga a la calle con su “oposición” bajo el sobaco, para, de tacada, (aquí no hay MIR que valga) impartir justicia, no quisiera ser yo quien me “tocase” en un juicio pues, brillantes conocimientos jurídicos aparte, no tendrá ni puta idea de lo que es el mundo ni los seres que lo componen.

Porque si todas las actividades del ser humano son importantes, hay dos que destacan sobre las demás por su transcendencia vital: la sanidad y la justicia. Y si el hombre actúa, aunque no quiera, muchas veces impelido por su estado de ánimo, (fuera el tópico de: “aparcar los problemas en casa”), hacerlo en tareas de tanta responsabilidad sin la flexibilidad que implica conocer al semejante y hacerlo sin fallos irreparables es una utopía.

No es igual que un albañil te construya mal un tabique, que un médico te deje en muerte clínica o que un juez prevarique sin querer.

Para hacer uso del factor humano hay que convivir con el prójimo (que viene de próximo) y esto no se puede realizar sumido en la penumbra de una habitación. Otra cosa es ayudarse de los viejos. Un veterano oficial de notaría es el punto de apoyo del joven notario llegado a un pueblo, salvo que éste siga subido en la autoestima de sus recién ganadas oposiciones y lo margine. Sería el fiel reflejo de la sociedad que jubila a los viejos y de la que los jóvenes demandan sólo ayuda económica o funciones de nodriza.

La sociedad ha de saber que sus mayores, no todos, pueden dar algo tan aparentemente trivial como valioso: un buen consejo. Y sin haber hecho más “oposiciones” que las de llegar a viejo y a veces … sin querer.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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