Juan Pablo Núñez

Punto de vista

... ¿y si ahora no queremos?

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Apuntes de un boticario

La formulación magistral pasó a mejor vida y este fallecimiento fomentó una bajada en el aprecio social del farmacéutico como agente activo de la sanidad. Todavía es frecuente oír a los detractores, que nos acusan de comerciantes, basar su argumento en que, desde que dejamos de elaborar el medicamento, nos convertimos en simple “vendedores” de productos que nos vienen ya preparados.

Desde la revolución industrial, el farmacéutico, no por culpa suya, se ha remitido a bailar al son que le han tocado. Hace años aún había médicos que recetaban preparados magistrales que remataban con las tres letras, misteriosas para profanos, que nos remitían a tiempos postreros. Los mágicos caracteres: h. s. a. (“hágase según arte”), que no pasaban de ser prescripciones de vaselinas salicílicas, papelillos de ácido bórico o sulfato de cobre y algún jarabe mucolítico, nos daban, además, la autoridad profesional de trabajar lo prescrito según nuestra personal habilidad y saber.
Puedo afirmar que ningún compañero, que yo conozca, se ha negado nunca a preparar, a demanda, una fórmula magistral llamémosla “sencillita”
De un tiempo a esta parte el círculo diabólico de nuestra teórica pasividad se cerró por dos causas: la primera, que el galeno no salía preparado para tener conocimientos sobre esta docencia arcaica, y la segunda, que el farmacéutico, aburrido de no tener demanda de esta especialidad, dejó de tener probetas, matraces, pildoreros, morteros y pistilos, para dejar sitio a la cada vez mayor necesidad de espacio para los crecientes stocks de medicamentos industriales. No obstante, nunca se dio por vencido y puedo afirmar que ningún compañero, que yo conozca, se ha negado nunca a preparar, a demanda, una fórmula magistral llamémosla “sencillita” e incluso ha vuelto a adquirir, por el requerimiento citado, los utensilios necesarios para prepararla y si no ha tenido un agitador industrial se las ha maravilleado (Lola Flores dixit) para inflar una bolsa de plástico estéril y en ella introducir principio activo y excipiente y, a mano tras largo tiempo de agitación, lograr una mezcla homogénea y perfecta de ambos para luego proceder a su elaboración como píldoras o cápsulas.
Instalaciones prohibitivas
Para hacer que el círculo vicioso no pudiera romperse nunca, llegó la Administración y, como siempre, dictó unas normas que obligaban a las Farmacias convencionales a tener unas instalaciones prohibitivas similares a las excepcionales boticas que, ya por su cuenta, habían adaptado sus instalaciones al dedicarse heroicamente a no renunciar a nuestra primigenia razón de ser de formulistas y seguir en el tajo preparando, no ya las habituales y “sencillitas” citadas, sino productos necesitados de aparatos de flujo laminar, campanas de extracción de gases y otros elementos no necesarios para una Farmacia corriente y moliente.

Hace unos años, por razones que ahora de nuevo han tomado vigencia, las farmacias empezaron a sentirse desabastecidas de determinados medicamentos de toda la vida. Como ejemplo podemos poner las famosas varillitas de nitrato de plata recomendadas y recetadas por los dermatólogos para eliminar nevus y granulomas. Antes de desistir, estos especialistas insistían en que, en el caso de no encontrarlas, buscasen una Farmacia que se las preparase como fórmula magistral. Esto vino en llamarse “lagunas terapéuticas”, con lo que la farmacia volvió de una forma muy tenue a sus raíces merced a la desaparición de estos obsoletos fármacos por razones exclusivamente comerciales de los laboratorios que los preparaban sin la respuesta económica presupuestada.
La impagable labor de FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras) ha potenciado el incremento de la formulación magistral
También, y esto es muy reciente, la impagable labor de FEDER (Federación Española de Enfermedades Raras) ha potenciado el incremento de la formulación magistral ya que, justo es decirlo, la toma de conciencia de la industria farmacéutica en tanto a la investigación y posterior comercialización de fármacos destinados, si no a curar, al menos paliar o ralentizar estas extrañas patologías, que al ser procesos costosos y lentos hacen que productos como pomadas, emulsiones y otros preparados, que pueden atenuar efectos secundarios en estos pacientes, sean atendidos por los modestos laboratorios ubicados en las Farmacias del territorio nacional.

No olvidemos que, en la terrible guerra civil española, las boticas jugaron un papel muy importante ante la escasez de los más primarios medicamentos que fueron la génesis de las farmacias militares y de otros laboratorios humildes que, en la posguerra, gracias a su trabajo e imaginación, se convirtieron en empresas farmacéuticas de rango industrial y nacional.

Pero el objeto de estos “Apuntes” va en la dirección de lo propuesto recientemente por el Gobierno de Aragón que, lejos de enfrentarse al problema del desabastecimiento periódico de más de treinta medicamentos vitales, entre ellos un conocido antiinflamatorio para casos de tumores cerebrales, ha pedido que sean las Farmacias las que se ocupen y preocupen en prepararlos como fórmula magistral. Lo peor es cómo determina la solución que propone, diciendo que “autoriza” a las Farmacias para preparar “circunstancialmente” estos medicamentos “caseros” (sic) que ya los está haciendo una determinada Farmacia que cita con nombre y apellidos, lo que podría ser publicidad desleal pero que, aparte este inciso, no deja de ser una forma displicente de tratar el buen hacer artesanal del farmacéutico formulista.

Amén del tratamiento paternalista, el mensaje no deja de ser, subliminalmente tratado, como un recurso necesario e imprescindible ante una situación incapaz de ser resuelta a nivel político. Si los boticarios no estuviesen entregados a su razón de ser que son sus enfermos podrían decir: “¿Y si ahora no queremos, qué pasa?”.