Juan Pablo Núñez

Punto de vista

Y, a usted, ¿le atienden?

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Apuntes de un boticario

Acostumbrados a las listas de espera, o simplemente a la espera en muchos establecimientos, al autor llama la atención sobre el servicio de la oficina de farmacia a la que, para recibir atención, ni se precisa solicitar ni cita ni esperar a ser atendido.

Ayer fui a la sucursal bancaria donde tengo domiciliados mis ingresos y mis gastos. Curiosamente, cuando entré no había ningún cliente en espera ni tampoco ningún empleado atendiendo la caja; sólo una chica sentada en una de las tres mesas del “despacho al público” a la que, lógicamente, al ser el único ser humano que atendía la entidad me dirigí para que me ayudase. Cuando le dije qué tipo de operación deseaba realizar, levantó la vista de la pantalla del ordenador y me contestó con cierta displicencia que mi gestión solamente la podía realizar el cajero, por lo que le contesté a lo vascuence: “¿Y dónde se encuentra pues?” Sin que se le moviese un músculo de su faz me contestó: “Ha salido a desayunar”. Me imaginé, constatando la soledad de la entidad, que sería un desayuno multitudinario con los demás compañeros.
Son inaceptables las actuales listas de espera no imputables a la clase médica pero que, en definitiva, las sufre el enfermo que es un sufridor que requiere todo tiempo de rapidez y atención.
Agravio comparativo
No me place hacer una “tesina” sobre mis consideraciones mentales, compartidas casi seguro por muchos, ante esta situación, pues serían incendiarias. Sólo hago la matización de que esta abstención temporal no es cualidad exclusiva de los funcionarios públicos, sino que en todos sitios cuecen habas.

Sí quiero hacer un importante hincapié sobre lo que significa, y espero que sirva para que los jóvenes que estén en fase de elección de su futuro laboral, el tema de la vocación.
Encontrar la vocación
Tuve como profesor de religión, en mi adolescencia, a un sacerdote al que sigo recordando por lo que cuento. Me decía insistentemente: “Pídele siempre a Dios en tus oraciones que te ayude a encontrar la vocación”. Por mi edad y circunstancias de la época, hasta que no me hice un profesional pensé que este santo varón, pues lo era, intentaba inducirme a entrar en un seminario. Craso error que entiendo ahora. Este cura, en su bondad, lo que intentaba es que buscásemos (y encontrásemos) una profesión que nos satisficiera y en la que nos sintiéramos realizados. Que no viésemos, y esto es de mi coleto, los lunes como terribles pródromos de un plácido domingo, magnífico tenor, dicho sea de paso.

Por desgracia, lo de la vocación profesional temprana es algo excepcional y como en las enfermedades raras sólo se da un pequeño porcentaje entre un millón y al ser lo común que a los 18 años el futuro profesional no haya recibido el rayo divino de la vocación, lo lógico es que se dejen llevar por los brazos mágicos de sus mayores que habitualmente, al no haber realizado su vocación, hacen llegar a sus hijos un mensaje negativo de su vida profesional.
Lugares comunes
Es muy usual que los niños, al ser requeridos sobre sus apetencias futuras, contesten lugares comunes, como el querer ser de mayores policías, futbolistas o bomberos. Y es a este último oficio al que utilizo como metáfora y a la que hago referencia como objetivo de esta colaboración.

Hay profesiones, como esta de bombero, en las que la vocación prima por encima de todo; tan es así, que de ellas se dice que ejercerlas es como un sacerdocio (la vocación por antonomasia para los creyentes, pues no necesita adjetivo calificativo) en el que se muere con las botas puestas. Son frecuentes las escenas cinematográficas en las que la mujer del policía o el bombero recriminan injustamente a su marido el que tenga que dejar la cena o la reunión por una llamada intempestiva requiriendo su servicio.

Y es que hay, valga la simpleza, profesiones y profesiones. Las antes referidas de funcionario o bancario, sueño actual de la juventud no vocacional, son eventualmente prescindibles pues rara es la ocasión en que su ausencia repercuta en algo irremediable o “cuestión de vida o muerte”. Precisamente y a colación de esto último es cuando me vienen a los dedos sobre el ordenador las profesiones sanitarias.
Profesiones sanitarias
Un enfermero o un médico, por reseñar las primigenias de la salud, no “debe” tomarse un café cuando le pete sino cuando la ocasión lo requiera; ni tampoco “debe” dejarse los problemas en el hospital. No digo con esto que siempre ha de ser así, pero mantengo que tras un grave accidente de tráfico en el que el galeno ha salvado “in extremis” a un dado por muerto, el cirujano, con la satisfacción del deber cumplido, ha de estar en contacto, aún mentalmente, con los compañeros que lo están vigilando en la UCI.

Comprendo que estoy hablando de la excelencia en el desarrollo de una profesión, en este caso la médica, que a nivel humano se defiende con el lógico argumento de que no son máquinas, algo que comprendo pero no asumo por la tesis que quiero defender desde que empecé a escribir estas líneas.

Decía, creo, el Profesor Marañón que el principal instrumento de un médico es una silla, la que debe ocupar su paciente; frase que explica cómo la empatía es fundamental en el ejercicio de la medicina, porque este acercamiento hacia el enfermo hace que el médico, vocación aparte, por poco humano que sea, trabe unos vínculos afectivos con el paciente que deben ir más allá de la simple praxis patológica..

Y esto que, por razones largas de explicar y de casi todos sabida, en la actualidad se ha perdido; sólo aparece en situaciones excepcionales. Decía el genial Jardiel Poncela: “Que si un pobre come jamón o bien éste está muy malo o el que está muy malo es el pobre”.

Son inaceptables las actuales listas de espera no imputables a la clase médica pero que, en definitiva, las sufre el enfermo, al que no hay que olvidar que, aunque los haya imaginarios por la falta de educación sanitaria y potenciada por el Doctor Google, el realmente enfermo es un sufridor que requiere todo tiempo de rapidez y atención.
Agravio comparativo
Me contaba hace unos meses un gran amigo, circunstancialmente enfermo grave, pero que espera sanar pronto, cómo al estar sometido a unas sesiones terapéuticas largas y tediosas, veía mucho fútbol en televisión. Decía, al hilo de lo de Jardiel, que era de todo punto insoportable, por agravio comparativo como simple usuario de la Seguridad Social, que a un futbolista lesionado a las siete de la tarde lo estuviesen operando a las once de la mañana del día siguiente lo que supone la celeridad que incluyen las pruebas preanestésicas y demás familiares y afectos. “Comprendo, me dice, que puede sonar a demagogia, pero a mí el cabreo no me lo quita nadie, porque haciendo balance sobre una simple cirugía menor la tardanza para la realización de éstas, incluidas pruebas, pueden tardar meses”.

Por todo lo escrito y descrito hago hilo para llegar al meollo de este artículo que intenta, una vez más, hacer hincapié en algo valorado por los ciudadanos, pero a los que hay que recordar, como hago con mi amigo, lo que significa el modelo mediterráneo de la farmacia española.

Una atención sanitaria casi al pie de casa siempre a disposición del paciente que, si antes era sólo para la dispensación del medicamento, fuese éste o no de urgencia, hoy presta otros servicios que van más allá del medicamento. Un paciente que sin citas previas ni largas esperas nada más traspasar el umbral de la botica sólo oye, por muy atestada que esté de público, una frase: “¿Y a usted le atienden?”.