Juan Pablo Núñez

Punto de vista

La soledad del distinto

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Apuntes de un boticario

El autor ha aprovechado las fiestas navideñas para recordar a quienes se encuentran solos, entre quienes incluye al farmacéutico de guardia en las noches señaladas de estos días, y, sobre todo, a quienes se condieran distintos y suelen ser dejados de lado.

Quiero, con estas letras, rendir homenaje a los que hoy se denominarían como viejos rockeros de las gacetas; los actualmente llamados columnistas que siguen, algunos con mucha brillantez, la estela de los Camba, Fernández Flórez, o González-Ruano. Estos últimos eran, según contaban, los que, impelidos por el director de su publicación, tenían obligatoriamente que escribir el inevitable artículo navideño.

Sobre tan machacado tema hicieron, cada uno en su estilo, auténticas maravillas literarias encerradas en los cortos caracteres que el diario les daba. Desde el pavo dipsómano a la castañera renca, sus artículos contaban con el denominador común del humor no desprovisto de humanidad y tristeza, condimentos muy habituales para las llamadas entrañables fiestas navideñas.

Servidor, Dios me perdone, quiere aportar su granito de arena para que la costumbre, parece ser perdida, del artículo navideño no se extinga. Ocurre igual que con las tradicionales felicitaciones navideñas.
Transformación de la felicitación
Facebook, Linkedin, Twitter y otros son utilizados habitualmente como mensajeros, lo que les quita humanidad, para enviar correos incluso en días especiales
Hubo un tiempo en que se felicitaban las Pascuas por correo, fundamentalmente con el tradicional christma, la carta o la tarjeta de visita. Esta última era la más utilizada por los personajes importantes que sin conocernos manejaban nuestras vidas. La felicitación del “dueño” de “El Corte Inglés”, del Director General de la compañía automovilística fabricante de nuestro modesto vehículo y las ineludibles tarjetas de visita de los directores de las diversas sucursales bancarias de las que éramos clientes, comenzaron a despersonalizar el sincero contacto sentimental que los christmas personales llevaban implícitos.

Es digno de recordar cómo Correos iniciaba desde Noviembre una campaña para concienciar a la gente para que mandase sus cartas de felicitación lo más anticipadamente que pudiera para que la recepción y distribución de tal cantidad de envíos no colapsasen sus oficinas a pesar de que en ellas se emplease a personal transitorio como refuerzo navideño. Hoy las redes sociales han acabado con tales agobios y, por ejemplo, desde el whatssap se escribe un mensaje críptico que los no iniciados, evidentemente, no reciben y se lanza al grupo. Facebook, Linkedin, Twitter y otros son utilizados habitualmente como mensajeros, lo que les quita humanidad, para enviar correos incluso en días especiales, como onomásticas y aniversarios, ya que la red facilita las fechas para ayudar la memoria del usuario.
Sentirse acompañado
 El viejo sólo tiene una enfermedad, que es la “amorinemia”, patología sentimental que no es otra que la carencia de amor
Quiero, no obstante, dejar constancia de que recibir al menos un mensaje por muy mecanizado que este sea significa, para el que lo recibe, una muestra de que sigue existiendo para el mundo y que no está, o se siente, solo. Porque la soledad es la más actual y penosa de las enfermedades. El viejo, al que culpan, aunque debían de hacerlo con el prescriptor, de “consumir” analgésicos, antidepresivos y ansiolíticos por un tubo, sólo tiene una enfermedad que es la “amorinemia”, patología sentimental que no es otra que la carencia de amor, droga (y la denomino así porque produce una bendita adicción) que no se vende en farmacias, pero que a veces el boticario “presta” en forma de píldoras de diálogo y comprensión.

Y, como compañero, hago hincapié en otro tipo de soledad cada vez, afortunadamente, más atenuada, cual es la del farmacéutico al que le “tocaba” guardia nocturna el día de Nochebuena. Hubo un tiempo en que determinados colegios farmacéuticos instituyeron unas comisiones en forma de grupos que visitaban a los boticarios de guardia nocturna tanto en Nochebuena como en Fin de Año para invitarlos a una copa y hacerles sentir que no estaban solos. Eran otros tiempos. No existía la libertad de horarios ni las farmacias de 24 horas. El farmacéutico se lo guisaba y se lo comía a lo Juan Palomo o sea solo.

Desgraciadamente no hemos sido capaces de darle el suficiente aire social a esta entrañable figura profesional porque, desde la noche de los tiempos, los medios de comunicación, comenzando por los gacetilleros, hoy reporteros, siempre en estos entrañables días, en que la soledad se acentúa, han hecho referencia, para su toque sentimental de la Nochebuena, a los médicos, enfermeros, policía, bomberos y otros profesionales imprescindibles para que la sociedad disfrute tranquila de sus merecidas fiestas.
Sentirse solo
Casi nunca ha aparecido la figura del boticario cuando éste, para mayor conmiseración, nunca tuvo en esas horas hombro sobre el que llorar. Las profesiones antes aludidas van implícitas a la compañía, puesto que en estas fechas, aún alejado de la familia, siempre se tiene al lado a un compañero bien en un hospital o en un parque de bomberos. Está siempre el grupo. Pero el boticario de guardia, al que homenajeo, está solo y lo peor es lo solo que se siente.

Y aprovecho mi artículo navideño para hacer mención a otro tipo de soledad aún más importante por su dolor no sólo psíquico sino físico. La del enfermo perenne, no sólo navideño, que padece una enfermedad distinta. Esa persona que, si su rara enfermedad no es muy manifiesta, como es el caso de la fatiga crónica, sufre la incomprensión no ya de sus jefes sino, hasta que se le diagnostica y lo puede demostrar, de sus seres más cercanos.

Y los olvidados viejos, recién enviudados, a los que se les llama eufemísticamente “vivientes monoparentales” que, aún pudiéndose valer por ellos mismos, padecen la “amorinemia” mucho más acentuada en estas fechas. Si viven en estas circunstancias es posible que algún hijo lo recoja pocas horas antes de las uvas para volverlo a “depositar” en su domicilio, ya que éste no se puede llamar hogar puesto que los “depositarios” por razones lógicas de vida han huido de lo que fue nido familiar.

Como por razones editoriales estas letras verán la luz tras la Navidad y el Año Nuevo, muy cerca de los Reyes Magos, espero que estos hayan traido a mis lectores el mayor número de ilusiones ya que, en definitiva, la ilusión es la hermana menor de la esperanza, motor espiritual de nuestras vidas.