Guardar

Apuntes de un boticario

Escribía en este diario mi admirado Juan Gérvas sobre los asilos llamados en la actualidad, eufemísticamente, Residencias de mayores. El Colegio de Farmacéuticos de Barcelona ha puesto en marcha la llamada operación Radar, inicio de una gestión encomiable, pero que referente a lo que cuento llega oportuna y quizás tardía, aunque ojalá el drama que quiere paliar con esta feliz iniciativa atenúe la sangre de una herida incurable de la sociedad actual, cual es el abandono familiar de sus mayores.

Ha ocurrido hace unos días en mi ciudad y en una calle céntrica de la misma y el descubridor del doloroso suceso ha sido un paciente de la Farmacia de mi amigo y compañero Olegario.

La Farmacia de este boticario resiste los embates de la modernidad y ocupa un lugar en el casco histórico de su ciudad. Muchos han sido los cantos de sirena para su venta o, al menos, para su traslado a los emergentes barrios populosos de la periferia. Olegario ha resistido, porque quizás sus necesidades, o lo que otros llamarían falta de ambición, lo ha impulsado a seguir incólume en el lugar donde comenzó a ejercer hace muchos años.

La botica cuenta desde su inicio con una amplia recepción al público y, desde su inauguración, en ella sobreviven dos amplios bancos de madera cuya dureza la amortiguan unos cojines de asiento y espaldares que, obviamente, se han sido renovando periódicamente, no así los bancos primitivos y su ubicación. Esta decoración tenía la primigenia intención de ser lugar de descanso para los pies cansados de algún paciente para irse convirtiendo en sitio de espera donde los usuarios aguardaban a que Paquito, el aprendiz de la Farmacia, se acercase a un almacén de distribución cercano, ya desaparecido, y con su Vespino traer la “falta” que se hubiese producido ante la baraja de recetas del enfermo.

Evidentemente, este hecho, con el aumento potencial del vademecum, se hizo costumbre diaria que acumulaba a más de una persona en la referida bancada. Allí se establecían conversaciones y contactos que hicieron de la botica de Olegario una especie de tertulia habitual. Cuenta éste que a veces la celeridad en la entrega del medicamento requerido hacía exclamar a algún paciente: “¡Qué pronto has llegado Paquito!”.

Carmela, Victoriano, Modesta, Ambrosio, amas de casa y prejubilados o de baja por una enfermedad pasajera, comenzaron una convivencia que, con el tiempo, cristalizó en una estrecha amistad. Personas que rondaban la cincuentena fueron aumentando, en cantidad y trato, y este contacto diario sería el prólogo de una gran amistad. Estas personas han llegado en la actualidad a una senectud con las consecuencias de esta terrible “enfermedad” que termina ineludiblemente en muerte. Por esta inevitable circunstancia el grupo ha ido dejando caídos en la batalla de la vida.

Todos se han ido contando sus vivencias que en Olegario, como “moderador de la mesa” que se diría hoy, ha dejado una estela emocional y afectiva con estos pacientes que forman ya parte del decorado de su Farmacia. Orfandades, crueles muertes tempranas de hijos y viudedades, han ido dejando muescas de dolor en las ya brillantes maderas de los bancos de la Farmacia. Desde el: “¿sacó por fin las oposiciones tu Juanito”” al “¿hace mucho tiempo que tu hijo no viene de Valencia?”, han sido muchas las íntimas y usuales frases que se han cruzado entre los tertulianos de la botica.

La noticia, a la que hago alusión al principio, ha caído como un rayo. Andrés, el viudo y entrañable tahonero, ha sido encontrado por la policía, alertada por su amigo Victoriano, en su solitaria vivienda, muerto y putrefacto . Ninguno de sus amigos de la Farmacia se siente culpable, pero sí dolidos ya que su ausencia había sido detectada diariamente en la tertulia.

A instancias de sus amigos, el boticario logró ponerse en contacto con su único hijo que, ausente de su domicilio, le hizo hablar con la nuera que con acentuado desinterés alegó la rareza de su suegro y una cierta molestia porque, con esta llamada, se la hiciera parecer como despreocupada. Esta circunstancia dilató que se pudiese acceder a lo que sería el solitario túmulo mortuorio de Andrés.

Ayer celebraron una misa en su memoria promovida por sus amigos de botica y cuando el sacerdote amigo del interfecto, al igual que de los “parroquianos” de la Farmacia, dijo: “El infierno está todo en esta palabra: soledad”, lágrimas imparables surcaron los pliegues rugosos de los rostros presentes.

Al salir Victoriano, en un aparte, le dijo al boticario: “la mejor medicina de su botica está en los bancos de la entrada y no en los dineros de los que ejercen la usura”.