Cara Juan Gervas

El mirador

Orgullo, superioridad moral, prejuicio y discriminación

Doctor en Medicina. Médico General jubilado. Equipo CESCA (Madrid, España). [email protected]; [email protected]; www.equipocesca.org; https://t.me/gervassalud

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En esta ocasión el autor nos hace partícipes de una entrevista a publicar en un inmediato futuro que le ha hecho Federico García Jimeno (periodista de NNAInformation) y en la que se abordan aspectos muy personales, casi íntimos, de nuestro colaborador.

¿Usted ha sufrido discriminación a lo largo de su vida, especialmente en infancia y juventud?

¡Por supuesto, como casi todo el mundo! Por mi pelo rubio, por ser muy guapo (“parece una niña”), por mearme en la cama hasta los once años (no tuve problema alguno en casa, donde fui siempre un hijo y hermano querido), por la forma de mi cabeza (cráneo braquicéfalo), por no llevar abrigo en invierno, o llevarlo de hechura materna, por ser nueve hermanos, por no tener papel en el que tomar apuntes (o utilizar el de desecho, de la Papelería Meseta), por no tener para comprar libros, por echarme novia a a los diecisiete años y no cambiar jamás, por casarnos en quinto de carrera (sin embarazo de por medio), por tener el primer hijo en sexto de carrera y el segundo al terminarla, por no poner a dormir boca abajo a nuestros bebés, por mis cortes de pelo, gorros y sombreros, por hablar del sexo como se habla de la comida, por rechazar pertenecer al Opus Dei y al Partido Comunista, por levantar la voz y discrepar en las asambleas estudiantiles y profesionales, muchas veces en contra del “pensamiento único”, por ver siempre el problema de la equidad en el sufrimiento humano, por estudiar desde el primer día al último en cada curso de la carrera, por debatir enseñanzas obsoletas a profesores arrogantes, por estar demasiado tiempo con los pacientes, por respetar a los Testigos de Jehová y su rechazo a las trasfusiones de sangre, por defender siempre el derecho al aborto voluntario y a la eutanasia, por sacar siempre matrícula de honor, por ser un empollón, por tener tiempo para ir al cine y a conciertos, por pillarme una tuberculosis al terminar la carrera, por aprender francés, inglés y, sobre todo, ruso, por estar al tanto y difundir los Informes FOESSA, por tener un hermano con esquizofrenia, por...

Vale, vale... ¿Y de adulto-anciano, también ha tenido prejuicios en su contra?

Sí, claro, sin ninguna duda. Por todo, pero fundamentalmente por hablar libremente, durante la dictadura franquista y hasta hoy, por criticar a la ciencia, especialmente a la medicina, por creer y demostrar que la mayoría de las publicaciones científicas son basura, por exigir ética y vida a la ciencia, por valorar en su justa medida la prevención (no siempre es mejor prevenir que curar), por insistir en que las vacunas no salvan vidas (propiamente dicho, algunas evitan muertes y mejoran la calidad de vida, pero ninguna, ni nadie, “salva vidas”), por publicar en revistas internacionales con personas de prestigio internacional, por publicar en revistas nacionales con personas "inconvenientes", por escribir en forma que todo el mundo me entiende, por publicar sin tener miedo a “significarme”, por criticar a la “izquierda” siendo de izquierda, por criticar a los políticos, por hacer propuestas “utópicas” (dicen), por tener vicios visibles, por tener vicios invisibles, por no jugar a la Lotería Nacional (ni a ningún juego de azar), por no gustarme ningún deporte profesional, ni las Olimpiadas, por “no ser” de ningún equipo de fútbol, por no estar a la moda ni en literatura, ni en cine, ni en vestir, ni en nada, por sospechar que “¿de dónde sacará para cómo vive?”, por bañarme desnudo en cualquier charco (no digamos río, embalse o mar), por ser independiente de las industrias médicas (farmacológicas, tecnológicas, de alimentación, de gestión y otras), por tener el primer nieto a los 46 años, por viajar con los nietos (ocho, el último lo tuve a los 61 años) por el mundo entero, por renunciar a la vida y pompa académica, por no recibir ni a los representantes farmacéuticos ni sus regalos, por estar al día en lo último publicado y poder debatir con criterio y datos, por fundar y coordinar el Equipo CESCA, por haber ayudado a fundar la REAP (Red Española de Atención Primaria), por haber ayudado a fundar NoGracias, por incombustible, por tener compasión y ternura creciente con quienes la sociedad más invisibiliza (los “nadie”), por tener cuatro hijos, por criarlos sin atontarlos con la televisión y dedicándoles horas diarias, por llevarlos a la escuela pública, por no dejar que asistieran a clases de religión por cambiar con los hijos las rutinas para adaptarnos a la vida (comida principal en el desayuno, dormitorios tipo japonés sin camas, etc), por desear para ellos la felicidad, sin más, por creer que el amor y la amistad son fundamentales en la vida, por ejercer una Medicina Armónica, simbolizada con las flores naturales que siempre han estado en la mesa de mi consulta, por llevar una barba larga, por llevar una barba cana, por ir con pajarita a pasar consulta y en toda ocasión profesional, por llevar mono overol en toda ocasión no profesional, por utilizar gorros varios, txapela incluida, por vivir como si fuera rico, sin tener miedo a la situación económica, por ejercer con ciencia, conciencia y coraje, por no doblegarme ni con los directivos ni con los políticos, por tener ideas fuera de las corrientes bienpensantes, por ser viejo, sin más, por no parar mi actividad científica al jubilarme, por ser feliz, por seguir con la misma mujer tras casi 52 años de matrimonio, por...

Vale, vale,...¿Cree usted haber sido discriminado más que la media?

No, no. Soy un afortunado en la vida. Cuento con familiares y amigos entrañables que me comprenden y respetan; también con compañeros y legos que entienden perfectamente lo que difundo, y me apoyan. Nunca he pasado hambre. He podido viajar. He tenido y ejercido una profesión preciosa. Soy capaz de medio-entender el devenir de la política y la economía. Tengo la capacidad de disfrutar de las cosas que parecen pequeñas, como la salida del sol a diario, el ruido de los niños al jugar, la charla con alguien juicioso, Etc. He tenido todos los reconocimientos posibles (que poco he merecido, según las reglas al uso), como sintetiza el haber sido profesor visitante durante catorce años en la Escuela de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins (Estados Unidos).

En general, la discriminación y los prejuicios existen en el día a día con una brutalidad que sorprende. Es el machismo universal e hispánico, incluyendo los micromachismos en los que todos caemos. Es la asunción de heterosexualidad, constante pero más dura en la consulta. Es el edadismo, contra los viejos, como si fueran de verdad “tercera edad”, o no-ciudadanos, bien demostrado con la impunidad de la mortandad covid19 evitable en los asilos (ancianos recluidos, hacinados y drogados con múltiples medicamentos, para manejarlos como ganado). Es el clasismo, en todo lugar, también en las consultas médicas. Usted recibe un trato “adecuado” a su apariencia. Si apariencia de pobre, atención de pobre. Si apariencia de universitario, atención de universitario. La mejor apariencia implica, además, que el médico considere más inteligente a quienes tienen mejor “arreglo”.

Por consecuencia de tal orgullo, superioridad moral, prejuicio y discriminación por parte de profesionales se producen peores resultados de salud. Así, los problemas de salud de los ricos se resuelven con mucha mayor frecuencia y celeridad que los de los pobres (en estos muchos terminan siendo “pegajosos”, persistentes, y cronificándose). Es el racismo, esa discriminación que “en España no tenemos”, pero explotamos salvajemente a los emigrantes, por ejemplo. O con la covid19, se les atribuye el traer nuevas variantes del virus SARS-CoV-2. Siempre, se dice que traen tuberculosis. O que vienen de turismo sanitario, a consumir recursos. O que son violentos y violadores. Tal racismo, “que no tenemos en España”, es viejo compañero, explotado por los políticos alimentando las peores pasiones, antes contra los judíos hasta expulsarlos, como luego contra los moriscos, y siempre contra los gitanos, hasta hoy en día. Intolerancia y prejuicio religiosos fue el establecimiento de la Inquisición en 1478 y su mantenimiento hasta 1834, con castigos ejemplares y populares como quemar en la hoguera a los que habían sido denunciados (muchas veces anónimamente) y después torturados. La discriminación religiosa se demostraba bien con el afán de lucirse como “cristiano viejo”. ¿Qué decir de la gordofobia, ese creer con las “normas de salud pública” que los gordos son personas sin capacidad de auto-control y que “se merecen” tener diabetes y otras complicaciones? ¿Qué decir del rechazo a los pacientes con problemas de salud mental, atribuyendo peligrosidad (y dañando) a quienes ya de por sí sufren intensamente cuando el problema es grave, como psicosis y demás? ¿Y ese desprecio a quienes “no hablan en cristiano”, o hablan mal el idioma local, sobre todo si son pobres?

De acuerdo. El orgullo, la superioridad moral, los prejuicios y la discriminación llenan esta sociedad. ¿Algo que añadir, para finalizar?

No querría ser categórico, pero es cierto, el orgullo, la superioridad moral, los prejuicios y la discriminación llenan y enferman esta sociedad. Los humanos nacemos inocentes, pero se nos mal-forma desde el primer momento tras el parto. La anatomía de la discriminación demuestra lo fácil que es manipularnos. Lo mejor, lo de “ojos azules, ojos marrones”, un experimento de una maestra blanca con niños blancos de una clase unitaria (ambos sexos) de ocho-nueve años. El mismo día del asesinato de Martín Luther King, el 4 de abril de 1968, y para explicar a sus niños lo que significaba el racismo, les convenció de que los niños de ojos azules eran mejores, más inteligentes y más sociables que los de ojos marrones (a los que les puso una banda en el brazo, para identificarlos). Al cabo de una semana, la discriminación llenó de orgullo y superioridad moral a los niños de ojos azules, que despreciaban y maltrataban a los de ojos marrones, en clase y en el patio. Peor, los alumnos de ojos marrones se sintieron inferiores y empezaron a fallar incluso en las tareas académicas donde algunos de ellos eran previamente excelentes.

Horrible. ¿Dónde puedo encontrar información sobre este experimento?

Es muy fácil tener acceso a esta demostración de cómo se crean los prejuicios, hay textos y vídeos. Entre en Internet y busque por el nombre de la maestra y del experimento (Jane Elliott, "Blue eyes/Brown eyes" “Ojos azules/ojos marrones”).

En todo caso, gracias por responder a mis preguntas. Me servirá para escribir sobre la discriminación de las personas no vacunadas contra covid19.

Gracias por su interés. Lo de la discriminación de las personas no vacunadas contra covid19 lo trataré en un futuro “Mirador”.