Cara Juan Gervas

El mirador

Los que van a morir piden piedad

Doctor en Medicina. Médico General jubilado. Equipo CESCA (Madrid, España). [email protected]; [email protected]; www.equipocesca.org; https://t.me/gervassalud

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Al analizar el envejecimiento, el comentarista pone la atención sobre una especie de envejecer forzado, a base de una prevención sanitaria carente de sentido pues, según señala, evita morir de un infarto pero condena a la demencia progresiva. Una situación agravada por el creciente aislamiento/asilamiento de los mayores, a quienes ignora.

Somos productos "locales", hijos de una cultura, de una geografía y de un tiempo determinado. La sociedad determina mediante leyes, normas y prácticas el desarrollo de sus miembros. Lo hace a través de un "calendario" relativamente rígido que establece criterios que gobiernan nuestras vidas. El calendario de nuestra propia sociedad nos parece lo normal, y, de hecho, en muchos casos ni siquiera lo percibimos como tal "calendario".

Se nos marca gran parte de nuestro diario vivir, y de los límites en los que nos podemos mover. Por ejemplo, el calendario de fiestas laborales (y la consideración del domingo como no laborable), la edad y duración de la escolarización (y la obligatoriedad de la misma y el calendario escolar, con sus vacaciones), el calendario vacunal, el salario mínimo (y las condiciones del contrato y de las condiciones de trabajo), el apoyo a la mujer embarazada y a la crianza de la prole, la edad para el matrimonio (y para las relaciones sexuales), la edad para trabajar y para dejar de trabajar, la edad para votar (y las condiciones para hacerlo, y el sistema electoral con que nos gobernamos), la edad para conducir (y las normas para conseguir y renovar el permiso), la edad para tener armas (y los controles para su uso apropiado, así como las condiciones para cazar), el sistema de pensiones (con sus normas sobre cómo acceder y conservar las mismas, incluyendo la "fe de vida" anual, por ejemplo), las ayudas a la dependencia, la organización fiscal con sus obligaciones (los impuestos), las horas de apertura de los comercios (y qué se puede vender y en qué condiciones), los lugares en que se puede beber alcohol en público (y las normas para fiestas públicas), las condiciones y lugares para construir viviendas, la existencia de un servicio militar-social, los reglamentos y señales para el tráfico de vehículos (rodado, aéreo, ferroviario, peatonal), el acceso y existencia de un sistema sanitario de cobertura pública, etc.

Con tantas leyes, normas y prácticas se nos pasa la vida sin sentir, y quizá de ello se trata. Cumplimos los distintos papeles que se nos atribuyen y cuando queremos darnos cuenta tenemos el último, el de viejos y abuelos (si hay suerte y tienes nietos). Somos niños, adolescentes, jóvenes, maduros y finalmente viejos. También hemos cumplido y cumplimos con otros muchos papeles, como hijo, hermano, primo, sobrino, nieto, amigo, estudiante, compañero, novio, trabajador, esposo, tío, padre, ciudadano, votante, arquero, conductor, ciclista etc. En cada papel caben múltiples interpretaciones, y también es habitual el desempeño simultáneo de varios papeles. Así, como trabajadores podemos ser sanitarios, del metal o de la construcción, por ejemplo. Es posible ser trabajador del metal siendo médico, dedicado a la medicina laboral. Es posible hacerlo bien, regular o mal. A veces eliges el papel, como el de esposa; en muchos casos te lo imponen, como el de tía; y en otros casos se toca, como el de "graciosa" en las reuniones. Pero sea cual sea el papel que te toque, escojas o te impongan al final envejeces, si no te mueres antes.

Los san

 Los humanos procedemos de África. Y en África ha habido humanos por más tiempo. Entre los humanos con largo linaje, los san de África. Los san han sido estudiados intensamente, especialmente en lo que se refiere a su idioma con presencia sobreabundante de consonantes, de chasquidos como en todas las lenguas joisanas.

Los san son los bosquimanos ("hombres de los bosques"), los habitantes del desierto del Kalahari, en Botsuana y Namibia. Allí se refugiaron sobre todo por la presión de otras tribus que se expandían, como los bantúes. La colonización europea terminó de arrinconarlos, y hasta el disfrute del desierto se les negó. Han tenido que recurrir a la justicia para poder conservar su derecho a la caza y a vivir como recolectores-cazadores sin tener que asentarse en aldeas que más parecen prisiones. 

El problema de los san ha sido el choque entre sus normas y prácticas con las de los occidentales. Se han impuesto estas y se ha (casi) destruido aquellas (y la cultura san). Por ejemplo, entre los san es clave la inter-dependencia, que se está perdiendo. Entre los occidentales, lo clave es la independencia.

La independencia se mama en la cultura occidental desde la primera infancia, y se expresa a todo lo largo de la vida. Lo mismo sucede con la inter-dependencia entre los san. Se expresa por un sentido de responsabilidad en los demás de lo que uno hace, por compartir los recursos (también el tiempo) con los demás y por esperar y exigir que los demás compartan sus recursos contigo. Entre los san los cumpleaños no existen y se envejece en comunidad. La inter-dependencia es familiar y grupal y suelen ser los adolescentes los que se preocupan de los ancianos. Colaborar con los ancianos no es una pérdida de tiempo sino algo tan esencial como lograr sustento. Incluso siendo muy ancianos, la demencia es rarísima entre los san. Los san envejecen en comunidad y la organización social reconoce a los ancianos como miembros muy valiosos del grupo.

Para valorar las distintas formas de envejecer y la influencia de la sociedad en el proceso nada como leer de Jay Sokolovsky "The cultural context of aging: worldwide perspectives". Con una visión más sobre Occidente, de Stephen Katz "Cultural aging: life course, lifestyle and senior worlds". Más cercano, de Josep María Fericgla "Envejecer. Una antropología de la ancianidad". En Occidente envejecemos en soledad, orgullosos de nuestra independencia. Finalmente acabamos en un asilo ("residencia de ancianos") si no nos morimos antes.

El sistema sanitario, los ancianos y la muerte

Con el paso de los años se pierde fortaleza (resiliencia). Pero si bien es cierto que el envejecimiento es pérdida de facultades físicas y psíquicas, los ancianos pueden tener muchísima más fortaleza de la que se les atribuye, hasta el punto de tener que considerar "la paradoja de la fortaleza de la ancianidad". Con fortaleza o sin ella, los viejos en Occidente se ven condenados a seguir pautas sociales que los debilitan.

El sistema sanitario tiende a debilitar a los viejos con sus intervenciones, incluso preventivas. En este aspecto, la prevención cambia muchas veces la causa de muerte, sin alargar ni mejorar la vida, y sin el permiso ni el conocimiento de los viejos. La prevención se impone sin debate ético ni moral, y las consecuencias son fatales, pues por ejemplo se evita morir por infarto y se condena a morir con demencia. No es teoría, sino práctica, como bien demostraron con datos tres médicos generales en el British Medical Journal

http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1941858/

Así pues, los médicos "eligen" la forma de muerte de sus pacientes ancianos a través de pautas preventivas que aplican con denuedo y la colaboración necesaria de enfermeras y de otro personal. Además, los ancianos tampoco eligen los efectos adversos de muchos de los medicamentos innecesarios con los que se pretende combatir síntomas sin importancia, síntomas provocados por otros medicamentos innecesarios y/o enfermedades sin curación

http://www.uptodate.com/contents/drug-prescribing-for-older-adults

Tampoco suelen elegir los ancianos el asilo, sino que los llevan allí por activa o por pasiva, por las buenas o por las malas. Allí los encierran de por vida pues sólo salen muertos. Allí cabe toda tortura física y psíquica, desde el abuso del uso indiscriminado de los cinturones y otros medios de retención a la prescripción de psicofármacos que les atontan y embrutecen pasando por dietas estrictas sin sal y sin gusto. Los familiares se consuelan, "está bien atendido", "tiene de todo", "es imposible tenerla en casa, no hay sitio". Pero en los asilos no hay cariño, no hay inter-dependencia y ni siquiera hay independencia. Hasta la menor complicación lleva a urgencias hospitalarias "por si acaso", donde el anciano enloquece literalmente.

Juan GérvasEl momento de morir pierde privacidad y dignidad, generalmente en el hospital donde se ignora la voluntad, el deseo y los miedos del viejo. Incluso es frecuente aplicar la sedación terminal y que todo el mundo lo sepa menos el viejo

http://equipocesca.org/pacientes-y-familiares-ante-la-muerte-consultas-sagradas-con-el-medico-de-cabecera/

Es mucha la crueldad con los viejos de una sociedad organizada para el enriquecimiento de los ricos. Una sociedad que pretende ignorar la ancianidad como pretende olvidar la muerte. Se deja a los ancianos al albur de una medicina que se encarniza en su "cuidado", los medica y embrutece, los adormece e inmoviliza. Nada como la "sala común" de un asilo, los ancianos en sus sillas de ruedas, en círculo, no oyendo ni viendo una televisión a todo volumen, inmovilizados con cinturones. 

¿Eso es el pre-final? ¿No habrá piedad para los que van a morir?

Juan Gérvas ([email protected]) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org) @JuanGrvas