Cara Juan Gervas

El mirador

Ante las limitaciones de la Medicina, gran corazón del médico

Doctor en Medicina. Médico General jubilado. Equipo CESCA (Madrid, España). [email protected]; [email protected]; www.equipocesca.org; https://t.me/gervassalud

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Juan Gérvas Nov-16 (2)
Juan Gérvas Nov-16 (2)

El Mirador

Frente a un ambiente en que, prácticamente, se da por hecho que hay solución para cualquier enfermedad, el autor llama la atención sobre la existencia de limitaciones de la Medicina que, como reitera, el profesional debe suplir con un gran corazón.
¿Qué guía a los médicos?
Lo que guía a los médicos es el sufrimiento del paciente y de sus familiares. Los médicos obtienen un refuerzo positivo, y un aumento de la autoestima cuando dan respuesta a dicho sufrimiento. Para tal respuesta necesitan ciencia y tecnología, pero sobre todo compasión, cortesía, piedad y ternura. Lograr una respuesta adecuada al sufrimiento es cada vez más difícil.
¿Por qué se ha complicado la práctica clínica?
La práctica clínica se ha complicado, porque el desarrollo científico y tecnológico permite responder antes y con más potencia a más variados problemas, y por mayor número de diferentes profesionales de salud. A esta mayor capacidad de respuesta corresponde una mayor capacidad de complicaciones, de errores y de daños. La situación se retuerce por el impacto de las insaciables demandas y expectativas sociales de bienestar sin enfermar.
Pero ¿el desarrollo científico y tecnológico no hace más fácil la práctica clínica?
Tenemos que aceptar las limitaciones científicas y tecnológicas, al tiempo que deberíamos disfrutar de sus éxitos y progresos
El desarrollo científico y tecnológico permite responder antes y con más potencia a más variados problemas; basta pensar en las vacunas, la anestesia, la asepsia, los antibióticos, la TAC (tomografía axial computarizada), las distintas formas de presentación de la morfina, la terapia psicológica breve y otros mil conocimientos y aplicaciones que hoy hacen posible intervenir con más efectividad y precisión. Esta capacidad de modificar el curso del enfermar se acompaña, como es lógico, de una mayor necesidad de "afinar", de adecuar la respuesta a las necesidades, para ofrecer lo mejor a cada paciente (y al tiempo evitar daños innecesarios) según sus expectativas y problemas. Esta capacidad de intervenir también exige el difícil uso racional de los recursos, no sólo para evitar daños innecesarios sino también para evitar el despilfarro.
La necesidad de afinar la respuesta médica
La mayor potencia médica se acompaña inevitablemente de mayor capacidad de producir daños y de mayor gasto. Al "afinar" la respuesta no hacemos más que cumplir con el viejo y básico fundamento de la Medicina, el primum non nocere (el evitar o paliar los daños causados por la actividad del sistema sanitario, la iatrogenia). Hay que ser conscientes de las limitaciones de la ciencia y la técnica y ofrecer siempre compasión, cortesía, piedad y ternura.
La Medicina tiene limitaciones
Tenemos que aceptar las limitaciones científicas y tecnológicas, al tiempo que deberíamos disfrutar de sus éxitos y progresos. A veces nos sentimos irónicamente inermes y desafortunados en un tiempo en que la salud de las poblaciones es la mejor de toda la evolución de la especie humana. Esa mejor salud se debe en su mayor parte (80%) a muy diversos condicionantes socio-económicos, pero en aspectos concretos es clave la existencia de un sistema sanitario de cobertura universal.

Por supuesto, el sistema sanitario "fracasa siempre", y todos los pacientes mueren al final. El sistema sanitario no incluye el seguro contra la muerte.
Caso clínico
La mejor salud se debe en su mayor parte (80%) a muy diversos condicionantes socio-económicos, pero en aspectos concretos es clave la existencia de un sistema sanitario de cobertura universal
Juan tiene 12 años. Un mes antes de cumplirlos empezó con hematomas, muchos más de los "normales". Al cabo, su madre lo llevó al médico porque lo veía cada día más pálido y agotado. El diagnóstico fue de leucemia linfoblástica aguda por linfocitos B. El pronóstico y la evolución clínica permiten vislumbrar un final fatal.

La familia asedia casi a diario al médico de cabecera, que es más accesible que el oncólogo. Quiere entender todo, el porqué de la enfermedad, de la afectación de su hijo, el uso y probables complicaciones de cada medicamento, la interpretación de los distintos síntomas, el pronóstico, el significado de cada decisión clínica, etc. El médico mantiene un fluido contacto con el Servicio de Oncología hospitalario y, de hecho, colabora para administrar el tratamiento a domicilio. Pero no hay posibilidades de responder a la angustia de los padres, a su ansia de saber y de intentar racionalizar todo el proceso del enfermar y de su atención. A la mayoría de sus preguntas tiene que responder "no lo sé", "no lo sabemos", "no hay conocimiento científico al respecto".

Al responder con honradez y conocimiento, el médico tiene cuidado para no hacer perder la esperanza a la familia, que ya piensa en llevar al niño "a Houston", "que allí fue el hijo de un amigo de nuestro cuñado y lo curaron". El caso de su hijo es distinto, y las posibilidades de curación son remotas. Por supuesto, a veces los padres piden medicamentos y pautas esotéricas que "hemos visto en Internet", unas prudentes y otras peligrosas.

El médico de cabecera entiende el agobio de unos padres que ven morir a un hijo, cuando "ahora todo se cura". Intenta reconducir dicho agobio de forma que el niño reciba el apoyo de sus padres, y que en el hogar haya algo de la alegría y de la esperanza que se precisa en situaciones tremendas de este estilo. No es fácil. Si lo logra, dura poco. En seguida hay un familiar o un amigo que remueve todo con una promesa leída o vista o conocida en cualquier lugar extraño. Se precisa mucho conocimiento científico y clínico para conservar la confianza del niño y de sus padres, para no perder energías (y dinero) en la búsqueda de imposibles. Las éticas de la negativa y de la ignorancia son muletas imprescindibles para poner orden en el caos sin solución.

Finalmente el niño muere. El duelo es duro, y especialmente la madre no cesa en sus preguntas sin respuestas. Con paciencia y buen saber, el médico de cabecera aprovecha el paso del tiempo para ayudar a que se recomponga la familia, donde queda un hermano menor, y dos adultos (los padres) con una vida entera por delante.
Síntesis
Los pacientes, las instituciones y la sociedad precisan de un médico juicioso, con al menos "dos cabezas" (una para el bien individual, del paciente presente, y otra para el bien general, de los pacientes no presentes y de la población en general), gran formación, capacidad para negar, competencia para reconocer su ignorancia, y un gran corazón.

La dignidad del médico como persona y profesional es la dignidad de su trabajo, la limpieza de su corazón, el compromiso con el sufrimiento de sus pacientes, el uso razonable de los recursos a su disposición, el razonamiento lógico y de sentido común, el acervo de conocimientos científicos mantenido e incrementado en lo esencial, el trabajo con cálida calidad, la empatía con el marginado, la rebelión frente a la injusticia, el conocer los límites de su ciencia y práctica y, sobre todo, el responder proporcionalmente a la necesidad del paciente, valorando sus condiciones personales, familiares, laborales, sociales y culturales. Ante las limitaciones de la Medicina, el gran corazón del médico que ofrece siempre compasión, cortesía, piedad y ternura.