Punto de vista Apuntes de un boticario

“¡No quiero dormirme, quiero morirme!”

La noticia del reciente fallecimiento, mediante suicidio asistido, de una persona lleva a nuestro boticario a reflexionar sobre uno de los aspectos que apenas se ha tratado en las informaciones difundidas en relación con el caso, como es la dignidad del paciente.

Dice el genial Woody Allen que la frase más bonita del mundo no es “Te amo”, sino “Es benigno”. Quien no haya sufrido una sintomatología extraña que le haya hecho pensar en un diagnóstico nefasto no entenderá esta inteligente y mordaz expresión del cineasta.

Hasta que esta frase sale de la boca del especialista, el paciente es un ser aterrorizado que sólo espera, en mal caso, consuelo y comprensión. Porque el enfermo, ya diagnosticado como tal, es un ser indefenso pleno de miedos y dudas. Para demostrarlo hagamos un breve recorrido imaginario, tan solo, de una enfermedad, más o menos grave, pero eventual.

Tiempo de espera

Don José García ha sido diagnosticado de una dolencia que requiere de una importante operación quirúrgica. Lo han citado un determinado día a las ocho de la mañana con la advertencia de que esté en ayunas. El enfermo, como un clavo y normalmente acompañado por un familiar, se acerca al mostrador de recepción, espera su turno, responde y presenta todo lo requerido. Le indican que un celador  lo acompañará a su habitación.

Tras otra usual espera aparece este empleado que lo traslada a lo que será durante unos días el habitáculo donde purgará sus cuitas. Una vez dentro, le indica dónde ha de dejar sus pertenencias pues debe desvestirse y ponerse lo que le llaman un pijama (una bata minifaldera que se anuda a la espalda por lo que es necesaria ayuda ajena y que, al no cerrarse totalmente, deja al aire, y a la vista de todos, el pliegue interglúteo: vulgo culo), y le indica que bien puede esperar sentado o bien acostarse pues en breves momentos él mismo volverá para llevarlo a quirófano.

Estos momentos al enfermo y compaña se les hacen eternos. Por fin aparece el celador y, sin más, desancla la cama y antes de comenzar su empuje o tracción le advierte se desprovea de abalorios tipo cadenas, medallas o anillos. Esta advertencia “protocolizada” le suena al paciente, aunque ya la sepa, un tanto preponderante.

Paseo y entrada al quirófano

Metido en la cama lo “pasean” por pasillos, ascensores, incluidas otras recepciones, donde obviamente es observado por el público que en ese momento se encuentre en ellos. Llegan a lo que se supone es el área quirúrgica y allí aparca la cama y se despide diciendo que de inmediato una enfermera lo atenderá. Llegada ésta, que saluda sin más, introduce cama y paciente en el propiamente dicho quirófano tras empujar una puerta batiente de dos hojas.

De inmediato le coge una vía, cual guardagujas de Renfe, que le acompañará, si todo va bien, hasta que le den el alta. Pasado un rato, más o menos razonable, aparece, un señor enfundado en un ropaje verde y un gorro del mismo color que le llega hasta el mismo borde de las cejas, Si la mascarilla aún resbala por la barba puede que el enfermo logre identificar al cirujano que lo trató y le dio la cita.

En este momento es cuando el acongojado e indefenso ser, aún sabiendo la respuesta, pero el miedo le puede más, pregunta: “¿Tardará mucho la intervención?” Y el cirujano, según idiosincrasia, contestará lo sabido: “Depende de lo que nos encontremos. La medicina no es una ciencia exacta”. En esta situación hay casos en que el galeno quiere ser afectuoso y aunque su intervenido sea un ilustre investigador de la NASA, le da un golpecito en la rodilla, cual colleja de cura salesiano a un joven alumno, y le dice: “¡No se me asuste hombre!. No sea cobardica!”.

Incidencias postoperatorias

Desde este momento y hasta que el doliente, si todo va bien que es lo usual, sea dado de alta “sufre” diversas incidencias en la que el hospitalizado se siente indefenso y dependiente de quién y cómo lo va a tratar. Son muchos días y noches, y en definitiva horas de vigilia, en las que su autoestima va disminuyendo de una forma alarmante. Si esta situación hace que en alguna ocasión proteste, es seriamente amonestado con la mejor intención del que le riñe.

“¡No sea usted tan nervioso, hombre!”. “¿Lo hemos despertado? Perdone, pero el protocolo indica que hay que tomarle la temperatura a esta hora o bien hay que sacarle sangre pues la prueba que le han pedido (una gaseometría, verbigratia) ha de ser a esta hora”. “No cambie de postura tan bruscamente”. “Espere que ahora le ponemos la cuña para que haga caca”. “¿Que prefiere, que lo levantemos? Pues aguante un poco que ahora llamo a un compañero”.

Esto, que es algo habitual en todo caso, no tiene mayor importancia porque, como la esperanza es lo último que se pierde, el paciente, ya restablecido y en su casa, recobra la autoestima perdida. No obstante todo este relato imaginativo es algo trivial comparado con la noticia que os resumo.

Suicidio asistido

Se trata de la muerte asistida de doña María José Carrasco en la que, en este caso, no como en el de Sampedro, el proveedor de la pócima mortal ha sido Don Ángel Hernández, su marido. Pareja leal y ferozmente fiel, que la ha atendido y comprobado día a día su progresivo deterioro físico, que no mental, durante muchos años.

Según mi información, este señor es cameraman profesional, lo que le ha permitido elaborar lo que yo llamaría un “corto” muy significativo. No lo voy a describir, pues los medios han dado cumplida cuenta de toda su extensión. Por ello sólo hago, tras su visualización, un especial énfasis en una toma donde aparece una fotografía enmarcada de  Doña María José, en la que se puede observar a una joven muy atractiva y llena de vida. Imagen que me recordó la frase que mi madre repetía constantemente:“¡Que fea es la vejez!”.

Visión de la eutanasia

Esta  triste noticia la he dejado reposar, cual fórmula magistral que precise maduración, porque opinar sobre eutanasia es meterse en asuntos de ética religiosa y médica algo más peligroso que entrar en Macondo sin machete.

La opinión de los políticos, sean del color que sean, me la trae totalmente al pairo; no, sin embargo, la de médicos y curia. Los primeros, en su inmensa mayoría, se aculan en tablas o apelan al recurrente y socorrido juramento hipocrático que dice entre otras cosas aquello de que ellos están para salvar vidas, curar, aliviar y …. bla, bla, bla. Los de la curia, cumpliendo con su obligación, abogan por la vida como preciado tesoro alegando que Dios nos la da y nos la quita a su buen entender.

En ambos casos, y visto lo visto, terminan acudiendo  a una moderna tercera vía cual es la de los “cuidados paliativos”. Y es aquí, ¡pobre de mí!, donde sin atreverme a dar mi opinión, solo apunto un matiz que no le he oído ni leído a nadie y que consta de una sola palabra: DIGNIDAD.

Defensa de la dignidad

¿Qué es Dignidad? Dignidad indica el respeto y la estima que todos los seres humanos merecen y se afirma de quien posee un nivel de calidad humana irreprochable. La dignidad es la cualidad de digno que significa valioso y con honor,

La dignidad del paciente es un derecho inviolable que le corresponde por el hecho de ser humano, pero es más exigible por su situación de enfermo según los patrones culturales que hay que conocer. Ejercer de profesional sanitario exige ciencia pero también humanidad y dignidad en el trato, y especialmente saber escuchar.

Este último toque sobre la dignidad no es mío, lo ha escrito un médico que me merece respeto y admiración, pero ¿cuántos en la actualidad no practican lo que su compañero idealmente receta en este párrafo que les destaco?

Pero dejemos a la clase médica y volvamos a este último caso que nos ocupa. ¿No estaría Doña  Mª José muy cansada de haber ido perdiendo su “dignidad”, incluso ante su esposo con el que hacía tiempo había compartido momentos físicos en que su desnudez no era indigna sino todo lo contrario?  Habría momentos en que, tras ser lavada diaria y totalmente incluido culo y genitales, y en algunos casos por otros cuidadores en vez de su marido, Mª José se consideraría permanentemente denigrada. Amén de la pertinaz dependencia de ser vestida y alimentada a diario.

Porque los “cuidados paliativos” sólo miran el tema somático. Sólo se puede entender lo de “paliativo” si al dependiente irreversible lo tienen sedado totalmente a nivel cerebral, que no dormido, el mayor tiempo. Porque la dignidad del ser humano, y que también depende, como se ha dicho, del nivel cultural y social no se palía más que con el “éxitus” digno.

 ¿Alguien conoce en la actualidad, yo que soy farmacéutico lo ignoro, algún fármaco que cure, o al menos elimine, la DIGNIDAD?

 Nadie puede evitar que nos afecte una enfermedad genética incurable porque forma parte de nuestra biología y de ella no somos dueños. Sí lo somos, por el contrario, de nuestra biografía y como tales dueños podemos disponer de ella.

Todo lo escrito hasta aquí son consideraciones objetivas  del autor. Lo que opinen mis lectores queda a cargo de ellos.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

2 Comentarios

  1. Eliseo Collazo says:

    La eutanasia o el suicidio asistido mata al que sufre; los cuidados paliativos matan el sufrimiento de la persona. La frase no es mía. ¡Qué mayor dignidad que morir alegre porque se entiende y acepta lo que está sucediendo con mi vida, sin que me la quite nadie!

  2. Juan Antonio Salcedo Mata says:

    Tres reflexiones al comentario de D. Eliseo Collazo:
    1.- ¿Se esta equiparando la eutanasia y el suicidio asistido con un asesinato?.
    2.- La sedación terminal está indicada ante un síntoma que es resistente a toda posibilidad de tratamiento y es un instrumento de los cuidados paliativos para «matar el sufrimiento». Si entendemos que el sufrimiento moral, en el caso de Dª Mª José Carrasco, es un síntoma refractario, ¿aceptamos la sedación terminal como un recurso para matar su sufrimiento?.
    3.- No se puede imponer la moral cristiana en la que uno cree, al resto de las personas. Otras piensan diferente y su concepto de la dignidad a la hora de la muerte, también. Nadie me quita la vida; me ayuda a paliar un tránsito que no quiero recorrer.

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