Punto de vista Acompañar también en cuidar

La soledad, un síntoma que necesita su alivio

Recogemos de ‘Médicos y Pacientes’ este comentario en donde se insiste sobre el problema de la soledad no buscada, con especial repercusión en el proceso de muerte de la persona.

No sé por qué, pero durante estas fiestas de Navidad siempre surge una palabra muy común para muchos: la soledad. Podemos decir que hay dos tipos de soledad: la soledad obligada y la soledad deseada. Hay ocasiones que la soledad es una necesidad. El ser humano necesita también de la soledad para desarrollarse y para crecer. Fue un paisano mío, Miguel de Unamuno, los dos nacimos en Bilbao, quien en su ensayo sobre “La Soledad” afirmaba que el ejercicio de la soledad, el aislamiento y el recogimiento personal son fundamentales para conocer a los otros hombres y para ahondar con más intensidad en la entraña de uno mismo.

En este artículo voy a referirme a la soledad como síntoma que genera sufrimiento en la persona que la padece en la etapa final de su vida; de esa soledad obligada que se impone desde el exterior a la persona negándole el mundo afectivo. Es precisamente entonces cuando la experiencia de este tipo de soledad, como la experiencia del abandono, es particularmente negativa teniendo efectos muy graves en el estado anímico del enfermo. El acompañamiento más íntimo que necesita quien se está muriendo es el de otro ser humano; cuando este acompañamiento no se da, la soledad se hace dolorosa.

Soledad y sufrimiento

Cuando el ser humano sufre dolor o una enfermedad, siente con un deseo imperioso la afectividad del prójimo, siente necesidad de desarrollar su mundo afectivo

La soledad es uno de los síntomas más frecuentes en nuestra sociedad en cualquier etapa de la vida, que provoca mucho sufrimiento. Pero cuando la persona está en el final de su vida este sufrimiento cobra mayor importancia. En otras etapas de la vida cabe la esperanza de que en algún momento desaparezca la soledad y aparezca la compañía. Pero en la etapa final esto es más difícil, sobre todo de que llegue esa compañía que durante tanto tiempo se está deseando. Sentirse a salvo, estar acompañado y tener conciencia de ello es fundamental para soportar la soledad física. Cuando el ser humano sufre dolor o una enfermedad, siente con un deseo imperioso la afectividad del prójimo, siente necesidad de desarrollar su mundo afectivo.

Es entonces cuando la experiencia de la soledad obligada, la experiencia del abandono es particularmente negativa y tiene efectos muy graves en el estado anímico del enfermo. Un ejemplo de esa soledad, en forma de marginación, la comprobamos con los ancianos: laboralmente los jubilan, familiarmente ya no cuentan con ellos, socialmente se les llama “tercera edad”, biológicamente también tienen más posibilidades de enfermar y, por si fuera poco, cuando llegan su final son los demás los que deciden por ellos. Quien se encuentra en el final de la vida, tal vez habrá querido estar a solas consigo mismo, pero ahora cuando llega el momento de su final, no quiere morirse solo. Desea sentirse acompañado, necesita sentirse querido. Nuestra manera de cuidarlo es ofrecerle nuestra compañía; incluso cuando él desea estar en silencio o está inconsciente, porque continúa sintiéndonos junto a ellos, siente nuestra compañía.

Cuidar y acompañar

La soledad en el proceso de morir es uno de los síntomas que más hace sufrir a las personas

Cuando tenemos que cuidar a un enfermo, la cuestión de la soledad es fundamental, porque cuidar a un ser humano es, en primer lugar, estar con él, no abandonarle a la soledad dolorosa. Acompañar también en cuidar. La compañía va a ser el mejor cuidado que le vamos a poder ofrecer a quien se siente solo. La medicina del acompañamiento es administrada con mucha eficacia y con nulos efectos secundarios a través del voluntariado. Es una compañía sin interés que el enfermo sabe reconocer y agradecer con su sonrisa. Los voluntarios alivian sus momentos de soledad que condiciona tanto su calidad de vida; en ellos verán la presencia de sus hijos o sus familiares, que no los pueden acompañar porque no están presentes o porque no se interesan por ellos.

Desde mi larga experiencia acompañando en el tramo final de la vida de las personas, he comprobado que nadie quiere morir solo. La soledad en el proceso de morir es uno de los síntomas que más hace sufrir a las personas. Todo ser humano, por naturaleza, desea estar cuidado por las personas que ama. Por eso es esencial no dejar solo a quien no quiere estar solo.

Jacinto Bátiz Cantera

Director del Instituto para Cuidar Mejor del Hospital San Juan de Dios de Santurce (Vizcaya). Secretario de la Comisión Central de Deontología de la OMC. Miembro del Observatorio Atención Médica al Final de la Vida de la OMC. Responsable del Grupo de Trabajo de Bioética de la Sociedad Española de Medicina General y Familia (SEMG).