Punto de vista Apuntes de un boticario

La consulta de Gila

El autor concatena dos acontecimientos, uno personal y otro leído en la prensa, para poner de manifiesto la importancia de la relación humana para hacer frente a la enfermedad.

He vivido hace muy pocos días una situación durísima por tratarse de algo relacionado con la salud de un amigo que más que amigo, y no es tópico, es un hermano. Crecimos juntos pues compartimos infancia y adolescencia en el mismo internado. Terminado el bachillerato marchamos juntos a Granada para cursar los estudios de Farmacia conviviendo en el mismo Colegio Mayor.

Durante el tiempo de carrera tuvimos que cumplir con el servicio militar, que también juntos hicimos, en la IPS como CAOC en el campamento militar de Montejaque del que salimos como Alféreces de Complemento. Sólo habría faltado, para rematar tanta afinidad juvenil, que las obligatorias prácticas de milicias hubiesen sido coincidentes en tiempo y lugar. No fue así porque este amigo, mejor que yo en todos los aspectos, iba siempre por delante. De ahí que para acelerar la boda con su novia de siempre, otra amiga sensacional, terminase sus obligaciones militares a toda mecha.

Profesionalmente ha culminado todas las cotas que se ha marcado sacándonos cabezas de ventaja, no sólo a mi que es algo fácil, sino a la mayoría de los compañeros de nuestra generación, de las anteriores y no digamos de las jóvenes. Baste afirmar que ha sido durante décadas profesor de una Facultad de Farmacia y que muchos compañeros que hoy ocupan puestos relevantes pueden sentirse orgullosos de la docencia recibida por parte de esta persona.

Dicha esta referencia sobre mi amigo, muy lejana del ditirambo obituario (¡lagarto, lagarto!) y aferrada tan sólo a la verdad, comprenderán mis lectores que haya calificado como durísimo, para mí, lo vivido hace días, con él como protagonista.

Relato de lo ocurrido

¿Qué le ha ocurrido?. Algo parecido al desconocido protagonista de una noticia internacional que les daré a leer más adelante.

En una revisión rutinaria le detectaron, hablo de mi amigo, una irregular circulación sanguínea de la carótida, arteria por la que fluye la sangre que riega prioritariamente el cerebro. Al ser un farmacéutico que ha dedicado su vida a la Farmacia Hospitalaria tiene una ascendencia especial sobre la clase médica. De esta forma los galenos le programaron con toda tranquilidad y sin urgencias el proceso al que había de someterse, que no era otro que la intervención quirúrgica con el fin de desobstruir el ateroma y al mismo tiempo colocar en ese mismo lugar un “stent” que restableciese, para siempre, el flujo sanguíneo de tan importante conducto.

Todo ello, tal le dije antes de la intervención, era algo tan “sencillo como peligroso”,  pues los “fontaneros” del sistema cardiovascular lo hacen con mucha frecuencia y con éxito. Otra cosa es, y aproveché la ocasión para que mi amigo riese, echando un cuarto a espadas hacia estos artesanales cirujanos acusados jocosamente, yo lo he hecho muchas veces, como mecánicos del motor humano. Como el paciente estaba en capilla, le hice hincapié sobre estos especialistas. Son efectivamente, le dije, personas que reparan una pieza del motor, pero con el valor añadido de hacerlo…¡mientras el coche está funcionando!.

Susto en la NASA

Y ahora les copio un extracto de la noticia que encarezco lean. Dice así:

“No sabemos la fecha exacta, pero la NASA vivió recientemente otro momento ‘Houston, tenemos un problema’. El susto llegó durante un experimento rutinario en la Estación Espacial Internacional (ISS), de los cientos que se realizan en la nave para estudiar los efectos de la escasez de gravedad. Al escanear el cuello de uno de los tripulantes se halló un coágulo en su yugular. Las peligrosas consecuencias de este diagnóstico obligaron a improvisar decisiones médicas por la escasez de tratamientos a bordo de la nave. Este trombo, el primero que se detecta en un astronauta fuera de la Tierra, muestra que en los viajes espaciales todavía hay riesgos para la salud desconocidos. Un factor importante a tener en cuenta ahora que se ha reavivado el interés por los vuelos tripulados a la Luna, en el futuro más próximo, y Marte.

El astronauta afectado llevaba ya dos meses en la ISS cuando la máquina de ultrasonidos que estudiaba la salud vascular de los tripulantes detectó ese trombo en la vena yugular. Ese cuadro puede tener complicaciones potencialmente mortales, como sepsis sistémica y embolia pulmonar, por lo que era urgente actuar aunque el paciente estuviera en órbita, coordinando a múltiples agencias espaciales para «superar numerosos desafíos logísticos y operativos». La nave contaba con anticoagulantes, pero únicamente 20 dosis inyectables y jeringas limitadas, y no llegarían nuevos suministros hasta pasados 40 días. Además, a bordo no tenían antídotos frente a sus efectos, por lo que una hemorragia del astronauta podría ser fatal. En esta tesitura, los médicos de la NASA optaron por acudir a un especialista en trombos ajeno a la agencia espacial, el doctor Stephan Moll de la Universidad de Carolina del Norte, que estableció un plan para racionar las dosis hasta que llegaran las provisiones.

«Mi primera reacción cuando la NASA me contactó fue preguntar si podía visitar la ISS para examinar al paciente yo mismo. No podían llevarme al espacio lo suficientemente rápido, así que procedí con el proceso de evaluación y tratamiento desde aquí», bromea Moll. Durante los meses que duró el tratamiento en órbita, Moll y el astronauta se comunicaron casi con la naturalidad de un paciente y un facultativo en circunstancias normales. «Cuando el astronauta llamó al teléfono de mi casa, respondió mi esposa y luego me pasó el teléfono diciendo: ‘Stephan, una llamada telefónica desde el espacio’. Eso fue bastante sorprendente», cuenta Moll en una nota de su universidad. Y recuerda: “Solo quería hablar conmigo como si fuera uno más de mis pacientes. Y, sorprendentemente, la conexión de la llamada era mejor que cuando hablo con mi familia de Alemania, a pesar de que la ISS recorre la Tierra a 28.000 kilómetros por hora». Este astronauta se estuvo inyectando las dosis recomendadas por Moll durante cuarenta días, mientras seguía la evolución de su trombo con las indicaciones de dos radiólogos de la NASA desde la Tierra. Fue entonces cuando llegaron los suministros, con un anticoagulante más apropiado que se toma en pastillas. El trombo fue remitiendo como se esperaba, pero el paciente espacial solo dejó de medicarse cuatro días antes de volver a casa, por el peligro de una hemorragia en el aterrizaje. En total pasó unos seis meses en órbita, cuatro de ellos con el coágulo diagnosticado, para el que no era población de riesgo en ninguno de los factores posibles. Los exámenes en tierra revelaron un pequeño trombo residual 24 horas después del aterrizaje, que había desaparecido por completo a los diez días del aterrizaje. Seis meses después del regreso a la Tierra, el astronauta seguía sin síntomas. «Si no es por el estudio [que detectó el coágulo]», aseguran en la Universidad de Carolina del Norte, «no sabemos cuáles habrían sido las consecuencias».

La soledad como enfermedad

Pues bien, mi amigo, al igual que el astronauta, está totalmente restablecido. ¿Qué pasa pues, que dicen en Lequeitio?.  ¿A qué viene este rollo del boticario “Apuntador”?.

Viene a cuento porque, si han leído entre líneas y me aguantan hasta el final, comprobarán que en ambas subyace otra enfermedad “silente”, muy común en la sociedad actual, cual es: la soledad. Válgame el símil de mi amigo y el astronauta. Mi “próximo” ha estado magníficamente atendido por un equipo médico que le ha salvado la vida, con una vigilancia intensiva que, para eso están las UCIS, en la que una alarma saltó poniendo en marcha otra intervención urgente y necesaria que le ha salvado la vida. La soledad de la UCI (este tema lo dejaremos para otros “Apuntes”) no la ha percibido; si acaso en baja intensidad por su estado de semiinconsciencia que, por tanto, no ha debido producirle angustia.

Sí, por el contrario, cuando ha salido de la crisis vital y recuperando sus sentidos emocionales, lo primero que su cerebro “detectó” fue el contacto de una mano, pero no una mano cualquiera sino la de su eterna compañera con la que comparte una prole mutua. Estos hijos que, a su vez, han estado en permanente alerta e “in situ” al pie del enfermo. En este caso su padre.

¿Y el astronauta?. Pues aquí, como habrán leído, tan ricamente atendido por el Doctor Stephan Moll al modo de teléfono de Gila, y perdonen la licencia humorística en algo tan grave. Pero no puedo dejar de remitirme a lo que el Doctor Moll explica detenidamente en la noticia.

Se lo recuerdo. Dice que recibió una llamada que recogió su mujer:

“¿Está el Dr. Moll?

-“Sí”

-“¡Que se ponga…!”

-“¿Quién le llama?”

-“El de la NASA”

Y así fue todo. Algo así como la Teleasistencia geriátrica española pero… ¡a lo bestia!. Que diría el genial Don Miguel Gila.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos [email protected] Twitter: @caballeroinf

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