Punto de vista Apuntes de un boticario

“Jugar a dioses”

No voy de generador de frases lapidarias, aunque a lo mejor sí; pero he dicho desde hace tiempo que el hombre en placentera alianza con la mujer juega a ser Dios “creando”, de la nada, un nuevo ser humano. Tan sólo el Ser Supremo “crea”. El hombre, si acaso, inventa y/o fabrica.

El papel de un libro que nos ha hecho feliz o el ataúd que acogerá nuestros restos mortales los ha “hecho”, que no “creado”, el hombre. Ambos proceden de un árbol “creado” por Dios y que el artesano, a partir de su madera, los fabrica. No los “crea”.

En este preciso momento, mientras leen estas líneas, hay millones de seres en el planeta que están “creando”, de la nada, un nuevo ser y por tanto representando el papel de Dios. Saco a colación estas lucubraciones mías a cuento del debate sobre el “alarmante” descenso de la natalidad, tema que aparece, ante el “horror vacui” de los editores periodísticos, en la época estival. Hace pocos días dos comentaristas escribían algo sobre este asunto.

Escasez de nacimientos

Uno de ellos se titulaba: “No hay niños ni interés”. En él se vertía una opinión claramente unilateral, que no parcial, sobre la cada vez mayor escasez de nacimientos y su argumento lo basaba en que las actuales parejas prefieren invertir, y con ello “hipotecarse”, para conseguir mejoras materiales como el adquirir una buena vivienda en la que no falten los mejores adelantos como televisores de plasma, equipos de sonido, aparatos de aclimatación ambiental o bien coches de alta gama.

En este sentido ya escribí, haciendo referencia a la conciliación familiar, sobre la proliferación de guarderías. Decía que justo debajo de mi casa había una que abría a las 7 de la mañana y cómo, cuando salía hacia mi trabajo, se me abrían las carnes  al observar cuando, sobre todo en días de frío y lluvia, el padre o la madre sacaban de estos coches muy caros, aparcados con las luces intermitentes y en donde buenamente podían, unas a modo de cunitas en las que iban bebés bien abrigados, en unos casos silenciosos y en otros llorando, caso éste que me desgarraba el corazón.

En mi colaboración hacía referencia al precio del coche y su mantenimiento, incluido plazas de garaje, y sugería que a lo mejor, teniendo tan sólo uno, la pareja podría disponer de más dinero para contratar una asistenta que atendiese al bebé sin salir de casa.

La realidad supera la ficción

El segundo artículo va más en la línea de estos “Apuntes” pues opina sobre adolescentes que son bebés con muchas papillas ingeridas. Mozalbetes a los que los padres (lenguaje exclusivo) han visto sin darse cuenta madurar. Es el día que a la hija le aparece la menarquia y al hijo los primeros pelillos en la barba. Aquí está el “tomate” de la paternidad responsable y el concepto del control de la natalidad  o el de los prolíferos “creadores” de familias numerosas. Las que premiaban los sindicatos de Franco y sacaban en el Nodo.

Este comentarista titulaba su columna como: “La niña que pudo haber sido la 1.001”. Y más o menos la desarrollaba así:

“La niña, porque es una niña, que la noche del martes pasado fue atacada por su novio que le rompió la cara contra un cristal, tiene 15 años. Conocía a su novio desde hacía dos. Él tiene veinte años. Cuando empezaron la relación ella tenía 13.

Deje de leer por un instante y piense en lo anterior. ¿Tiene usted una hija? ¿Ha cumplido ya los 13, los 15? Con casi toda seguridad sea «lo que más quiero en este mundo». ¿Y qué sabe de ella? ¿Tendrá un novio?

Piense ahora en la niña del suceso, ¡sí! La agredida por su “novio” con su nariz tronchada, su ojo morado, sus heridas en el cuello por las esquirlas de cristal.

Piense en los buenos ratos que la niña ha pasado con su novio de 20 años.

La niña ha dicho que «así nunca» le había pegado. Así. De esa manera. De otra parece que sí. Nunca dijo nada.

Puede que le perturbe pensar en esos buenos ratos que la niña de 13 años pasaba con su novio de 18. Han transcurrido dos desde que se conocieron. 730 días dan para muchos buenos ratos. Hasta que un día él le parte su cara de 15 años contra un cristal.

Piense otra vez en su hija. Y piense en la labia del joven. En su mirada. En sus manos.

Y usted se dice: «Eso no le va a pasar a mi hija». Usted le está dando una buena educación. Le inculca unos valores. También, sin una rigidez victoriana impropia de esta época, le administra unas dosis razonables de disciplina. Con su hija usted es justo, comprensivo y severo si lo requieren las circunstancias. Pero sobre todo es cariñoso.

¿Sabemos si la niña agredida tiene un padre así? Si la respuesta es sí, ¿cómo es que ella no ha absorbido y aprovechado todo eso? Pero, ¿y si lo ha hecho y su romance de niña de 15 años con un joven de 20 no tiene nada que ver con su educación y lo que ha imperado han sido el palique, la mirada y las manos de su irresistible novio, su dominación?

Hasta el otro día, la misma semana en que llegamos en España a la cifra de mil mujeres asesinadas por la violencia machista. Ella, a sus 15 años, ya sabe qué es eso. Y de mujer recordará que un novio que tuvo siendo niña y al que dejó a tiempo le partió la cara contra un cristal”.

Mirar hacia atrás

¿Alguien me quiere explicar, esto es mío, algo que, por su obviedad, me hace pensar que no rijo bien y es lo siguiente? Si este padre del relato periodístico se puede sentir culpable por, aun habiendo dedicado el tiempo necesario (tiempo que sólo se puede cuantificar en el plano emocional), “no haberlo hecho bien”, ¿cómo  se sentirían, en este mismo caso, los que han “creado” a ocho criaturas? Pregunto: ¿han tenido tiempo?,  porque…¡a mí no me salen las cuentas! Por ello, y si les parece bien, vayámonos a mediados del siglo pasado.

Don Nolasco y Doña Priscila “crearon” ocho hijos. El padre era un funcionario principal de los de carrera universitaria incluida. La madre dedicada a sus labores. De los ocho vástagos, cuatro varones y cuatro hembras,  los primeros terminaron sus carreras universitarias a base de becas y pasando estrecheces en las capitales donde hubieron de estudiar las disciplinas elegidas. Unos morando en modestas viviendas de parientes, otros en limitadas residencias para hijos de funcionarios y todos con el denominador común de no suspender ni una sola asignatura y con el complemento de algún trabajillo extra para su manutención diaria. De las chicas dos se declinaron por la vocación religiosa y las dos restantes casáronse con chicos de buenas familias, sanos y honrados.

Los progenitores han pasado a la historia como unos maravillosos padres aunque yo no esté de acuerdo. El funcionario tuvo una vida cómoda pues tan sólo cumplía con su trabajo durante las mañanas. No tuvo la inquietud de buscarse otro trabajo vespertino que pudiese paliar las penurias universitarias de sus vástagos. La madre demasiado hizo, aparte de parir diez veces, pues abortó dos de forma accidental, con prepararles un ajuar decente a sus hijas, incluidas las religiosas, y relacionarlas, dentro de un orden, con lo mejorcito de la pequeña capital.

Otra perspectiva

De otra parte, y por las mismas fechas, Santiago y Eloísa hubieron de casarse por haberse quedado embarazada ésta a edad muy temprana. El chaval de veinte años, hijo y nieto de jornaleros, le cogió gusto al asunto y se entretuvo en preñar, forzándola en la mayoría de las ocasiones a su, ya oficialmente mujer, trece veces. Este padre con el escaso jornal de su trabajo y una cierta tendencia a las tabernas poco hizo por sacar adelante a su prole, aunque su mujer, aun embarazada, trabajase  tanto en el campo como fregando casas. Ni aun así conseguían los mínimos recursos necesarios para la subsistencia familiar. De este modo el destino de esta familia numerosa fue terrible incluidos incestos, drogas, delitos y… ¿sigo?

Si en ambos casos, aun con la tópica justificación de la ausencia de anticonceptivos,  uno terminó felizmente y el otro no, sigo pensando que las dos parejas jugaron muchos números  en la lotería de la vida. Por tanto, y es mi personal opinión, no estoy por la labor de justificar este sistema de repoblación humana.

Y vuelvo a lo del dedo y la luna. Hay que buscar la calidad antes que la cantidad. En la vida y en la muerte como dice la Epístola que nos leyeron a los que casamos por la Iglesia.

En la muerte porque un solo fármaco que “cure” la “dignidad” del moribundo es mejor que muchos medicamentos que palien el irreversible dolor físico, y en la vida porque, y hablo de los hijos, ha de primar la calidad tanto afectiva, (la difícil la que requiere tiempo y talento que no todos tenemos), como la material… que también.

¡Y aun así….!

Dejemos la “creatividad” para los que diseñan “modelnos” logotipos y cobran una pasta gansa por ello.

 

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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