El mirador

Ética del ¡basta ya!

La muerte, como parte del proceso de la vida, debería llevar al médico a comportamientos que, entre otras actuaciones, evitaran el encarnizamiento terapéutico. Y es que tal encarnizamiento choca las más de las veces con lo que debería ser una actuación ética.

Al hablar, articulamos muy deprisa, hasta el punto de que más de la mitad de las palabras en una conversación normal son irreconocibles pronunciadas de manera aislada. Es decir, cada idioma tiene su propio espectro de sonidos, seleccionado entre un intervalo literalmente infinito de sonidos posibles. El cerebro reconoce el lenguaje cifrado que llega al oído y “reconstruye” el mensaje hasta darle sentido. Por ello, aprender una lengua es, básicamente, ser capaz de “reconstruir” lo escuchado sin necesitar la identificación de todos y cada uno de los elementos hablados. Al empezar a aprender otro idioma necesitamos oír todos y cada uno de los elementos hablados, pues nuestro cerebro es incapaz de imaginar el significado de los sonidos apenas inteligibles.

 

Ser médico es ser capaz de entender lo que los pacientes dicen, por más que se expresen de forma rápida e inconexa, hasta ser irreconocibles sus deseos, expectativas, miedos, síntomas y temores.

 

El cerebro del médico es capaz de reconstruir el mensaje del paciente. Para ello, parte de la simple observación de su forma de andar, incorporarse y sentarse, sigue con la consideración casi inconsciente de su adorno, aliño y vestimenta, y acaba con la valoración de su expresión oral y gestual, del contenido de su discurso y de los cambios perceptibles en la exploración física, verbal y complementaria.

 

Un buen médico sintetiza y resume la información esencial, y escoge la mejor información adicional necesaria para entender al paciente y su enfermar. Por entender al paciente, el médico es capaz de ofrecer soluciones razonables cuando las hay y, siempre, puede prestar apoyo y ayuda cuando no haya soluciones, y cumple simplemente “paliar”.

 

Visible speech

 

Alexander Melville Bell fue profesor de sordos, entre otras muchas cosas. Nació en Edimburgo (Escocia), en 1819. Murió en Washington DC (EEUU) en 1905. Para ayudar a los sordos desarrolló un sistema de notación de registro del habla. Sus símbolos no se parecían en nada al alfabeto, pues eran representaciones gráficas de los diversos movimientos y posiciones de la lengua, labios, boca, dientes y demás.

 

En 1867 publicó su sistema con el nombre de Visible speech: the science of universal alphabetics

http://www.omniglot.com/writing/visiblespeech.htm

 

En sus conferencias pedía la participación de algún asistente capaz de expresarse en un idioma o dialecto poco conocido. Anotaba la transcripción de sus palabras, y pedía que entrase en la sala su hijo, el inventor del teléfono. Este leía las anotaciones, y maravillaba al público pues era capaz de reproducir el sonido literal del idioma o dialecto extraño, pese a no haber estado presente para oírlo en directo.

 

Alexander Melville Bell lograba descomponer “el río del aliento”, pues “el habla es un río de aliento que recorre en forma de siseos y zumbidos la carne tierna de la boca y de la garganta” (en expresión del psicólogo experimental Steven Pinker, el autor de El instinto del lenguaje: cómo crea el lenguaje la mente).

 

Un pasaje escrito se descompone en símbolos, como letras del alfabeto; en el lenguaje oral los fonemas y morfemas se superponen pues son divisiones artificiales. En el habla normal no hay espacios entre palabras. Por supuesto, percibimos tales espacios, pero es una interpretación cerebral, no una realidad física. El habla es un flujo que cambia de frecuencia, volumen y tono.

 

Tampoco la enfermedades son realidades físicas, sino entidades artificiales. El enfermar es un proceso, un devenir personal y social, un flujo continuo de dolor y fragilidad, algo que concierne en directo y personalmente al paciente y a sus familiares.

 

El médico es capaz de entender el fluido lenguaje del sufrimiento, el río del aliento del humano doliente.

 

Arrebol

 

Llamamos arrebol al color rojizo de las nubes iluminadas por el Sol, especialmente al amanecer y al atardecer. También es arrebol el color parecido al de las nubes, especialmente en el rostro de la mujer. Por ello es equivalente a rubor o vergüenza.

 

Mucha gente no sabe qué significa arrebol. Pero eso no impide el disfrute de las tonalidades de las nubes iluminadas por el Sol. Nombrar apropiadamente las cosas ayuda a disfrutarlas, pero no es condición necesaria.

 

El estudiante de Medicina aprende a nombrar objetos físicos, elementos anatómicos, bioquímicos y genéticos, y componentes psicológicos y sociales, normales y patológicos. Construye así un inmenso acervo que, como tal, comparte con sus compañeros y en el futuro colegas.

 

Los pacientes no tienen tal acervo profesional médico. Los pacientes tienen otro lenguaje, un lenguaje más natural. Los enfermos dicen “¡basta ya!”, y a veces “¡piedad!”. Hay que escuchar respetuosamente a los pacientes para que no lleguen a tener que decir, justo, “¡basta ya!”, ni “¡piedad!”.

 

En muchos casos, son muy distintos los lenguajes de médicos y pacientes. A veces parece que hablaran idiomas diferentes, no ya dialectos singulares. En ese sentido, arrebol puede tener el contenido de color para el médico mientras para el paciente signifique básicamente rubor o vergüenza.

 

Vergüenza es lo que falta a los médicos que llevan a sus pacientes a extremos en que gritan (a veces en silencio) “¡basta ya!”, y/o “¡piedad!”.

 

Ética del ¡basta ya!

 

Los médicos olvidan a veces sus sagrados compromisos de entender al paciente, ofrecer soluciones razonables y, en todo caso, paliar el sufrimiento. Los médicos llegan a ofrecer milagros laicos y a perseguir fines imposibles. En la “lucha” contra la enfermedad parece que todo vale.

 

Pero no todo vale en el combate contra la enfermedad. Sobre todo porque no es un combate, sino un evitar, acompañar y/o paliar. La enfermedad es un proceso personal en un contexto social. Muchas veces la etiología es incierta, el pronóstico desfavorable y el tratamiento de naturaleza experimental. Pero todo se justifica con tal de llegar a la curación.

 

El enfermar es un fluido sufrir, un devenir que acaba al final siempre en muerte. Ni los pacientes ni la sociedad buscan el imposible de evitar la mortalidad. En algún momento llega la muerte, y debería ser bienvenida. “Todo tiene un momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo: su tiempo el nacer y su tiempo el morir”.

 

La lucha, el combate y toda la fraseología militar confunden al médico, al paciente y a sus familiares. Se olvida la rendición, no ya el repliegue, y se considera indigno abandonar el “campo de guerra”. Se justifican los excesos, la barbarie y la crueldad. El encarnizamiento se acepta como normal. Nadie se atreve a parar la máquina guerrera, los abusos diagnósticos y terapéuticos.

 

El paciente agradece sumisamente el encarnizamiento, y la familia lo exige. Da igual que el enfermar sea cáncer, insuficiencia cardíaca, fibrosis pulmonar, EPOC, esclerosis lateral amiotrófica, demencia de Alzheimer o lupus eritematoso. Se niega la muerte, vista siempre como fracaso.

 

En el colmo, llega a ser normal que la sedación terminal se aplique sabiéndolo todo el mundo menos el paciente. Después viene el tormento del mal recuerdo, pero el daño está hecho

http://www.equipocesca.org/uso-apropiado-de-recursos/pacientes-y-familiares-ante-la-muerte-consultas-sagradas-con-el-medico-de-cabecera/

 

Juan Gérvas¿No hay una ética del basta ya, que lleve al médico a practicar su ciencia y arte con conciencia, con piedad y con ternura?

http://www.equipocesca.org/organizacion-de-servicios/barbarie-y-muerte-o-la-etica-del-%E2%80%9Cbasta-ya%E2%80%9D/

 

¿Se justifica tanto exceso por una expectativa irracional, de hacer “todo de todo”?

 

Da vergüenza esta práctica clínica que justifica el encarnizamiento diagnóstico y terapéutico ante la muerte. Da vergüenza la ausencia de una “ética del basta ya” que acepte la muerte como parte de la buena atención clínica, como una solución razonable que a todos nos llegará.

 

Juan Gérvas ([email protected]) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

 

Acta Sanitaria