El mirador

El topo y la canica. Un cuento sobre la vida y la muerte.

En esta ocasión, y como reflexión ante éxodo del estío, el autor recurre a un cuento para subrayar que el hecho de vivir comporta también, como algo inexorable, la muerte sin que se sepa de antemano en qué circunstancias se produce.

Mi familia y alrededores

Me llevo bien con mi sobrina, casi mejor que con su madre, mi hermana, y desde luego mucho mejor que con mi cuñado, un tonto ilustrado. De todo sabe aunque de nada entiende; oírle es un dolor porque no para de hablar, se cree en posesión de la verdad, pero en cuanto le haces tres preguntas seguidas se descoloca y no da pie con bola.

El nacimiento de mi sobrina

Diana es mi sobrina, de ocho años, ya con uso de razón y capaz de razonar y debatir a fondo cualquier cuestión. No es que sepa mucho pero es una esponja que da en la diana con sus preocupaciones.

Me siento muy unido a ella desde que nació pues fue una temporada especial, con un parto inesperadamente adelantado, el padre de viaje por motivos laborales y mi hermana inexperta e insegura. Aprovechando mi experiencia de sempiterno soltero viviendo solo, en aquellos días me hice cargo de su casa y estuve casi un mes con ellos. Tuve tiempo porque me pilló de vacaciones escolares y me dediqué a las “labores propias de mi sexo”, como bromeábamos, desde la compra y cocina a la limpieza general, arreglo de ropa, etc. La delicia era ayudar en el cuidado de Diana y sobre todo el tenerla en brazos.

Mi paternidad frustrada

Después he mantenido un lazo extraño con Diana, como si fuera mi hija, o casi mejor, mi nieta. De hecho, entre mi hermana y yo hay dieciséis años. Su nacimiento fue para mí un acontecimiento, y cuidarla y atenderla un entretenimiento maravilloso. Mi madre decía que lo hacía casi mejor que ella misma. La verdad es que con mi hermana me entrené para ser padre, pero luego no he encontrado con quien. No es que falten mujeres en mi vida, pero nunca ha cuajado seriamente nada. Me encantan los niños, me encanta la crianza, me encanta el compromiso a largo plazo, me encantaría formar una familia, pero creo que “se me ha pasado el arroz”, ya con mis cincuenta años a cuestas. Me consuela el trabajo con escolares, pero no es lo mismo.

La amiga de mi sobrina

Diana lo está pasando mal pues una amiga suya tiene leucemia, “leucemia aguda” dice Diana. Su amiga Sandra es mayor, ya con once años, y son uña y carne, íntimas. Diana me ha contado por lo bajo que cree que Sandra se va a morir. “Es muy injusto, es mi mejor amiga, es buenísima conmigo y con todo el mundo. ¿Por qué le ha tocado esta enfermedad horrible?”. Diana está impresionada con el deterioro de su amiga, con los efectos adversos de la quimioterapia, con los ingresos hospitalarios y con el ambiente de preocupación en su familia. Diana sigue en estrecha relación con Sandra y de hecho duerme con ella muchos días, sobre todo los fines de semana.

“Tío, ¿por qué mi amiga, por qué algo tan injusto para ella que es tan buena?”

No es fácil contestar las preguntas de Diana, pero me dejó pensativo esa cuestión directa, “¿Por qué un niña tan buena puede tener una enfermedad tan mala?”

El topo y la canica

Le di vueltas durante días y al final le conté un cuento a Diana, recordando una anécdota que conocía de primera mano:

“Érase que se era un abuelo con un jardín hermoso, un jardín de primor, lleno siempre de flores como hortensias, narcisos, tulipanes, iris, gladiolos, jacintos, anémonas, dalias, rosas, margaritas y geranios. También tenía árboles que daban flores como magnolio, catalpa y árbol de Júpiter, y un inmenso cedro del Líbano.

El abuelo era su propio jardinero y pasaba horas cuidando las plantas y árboles para que su esposa, la abuela, pudiera disfrutarlo y cortar algunas flores y ponerlas en jarrones, con mucho arte.

Ese año, el jardín del abuelo tenía sólo un problema, un topo que levantaba montones de tierra durante la noche. De hecho el abuelo lo primero que hacía al levantarse era salir al jardín y hacer un recuento del destrozo de cada noche. A veces dos y tres montones; a veces alguno enorme. Sin enfadarse, quitaba las piedras y distribuía la tierra en el jardín (quitaba las piedras porque los topos sacan en esos montones la tierra de las galerías que van haciendo, pero sobre todo las piedras que se encuentran en su camino).

El abuelo puso veneno, el más fuerte; le dijeron en la ferretería del pueblo: “Si con esto no se muere, date por vencido”. Pues se tuvo que dar por vencido, ya que el topo seguía día tras día con sus montones de tierra. El abuelo cambió la técnica, y en lugar de poner veneno meaba en los agujeros. Sí, sí, apuntaba y llenaba la galería del topo con el pis esperando que al cabo de los días el olor de amoniaco expulsara al topo. Pues ni por esas.

Un día la abuela salió al jardín antes que el abuelo y vio algo brillando en lo alto de uno de los montones. Se acercó con curiosidad y descubrió que era una canica. La lavó y limpió y resultó ser una canica preciosa, amarilla. La abuela pensó “Este topo merece vivir en nuestro jardín, ha rescatado una canina que seguro perdió un nieto, dios sabe cuándo”. Pero no se lo dijo al abuelo y guardó la canica para cuando viniesen los nietos.

Por casualidad, el topo ese día fue activo también durante la mañana y el abuelo, que estaba con el cuidado de las plantas, notó el movimiento del montón de tierra; se acercó sigilosamente con un mazo y cuando se repitió el movimiento, ¡zas!, le dio un mazazo de muerte. Y, efectivamente, cavó allí mismo y sacó el cadáver del topo. Era precioso, como un saquito peludo suave. ¡Hasta le dio pena al propio abuelo al verlo así, inerte y muerto!

“¡Pero qué bruto eres! ¡Mira que matar al topo que ha sacado la canica amarilla de las profundidades!”, le recriminó la abuela.

El abuelo, taciturno, respondió: “Es la vida, no sabía lo de la canica. Hoy he matado al topo, sí. Morimos todos los que nacemos, seamos buenos o malos, útiles o inútiles”.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 Corolario

Llorando suavemente y sentada hecha una bola en mis piernas, Diana sintetizó el cuento: “O sea, que vivir y morir es una lotería y te tocó vivir y te tocará morir cualquier día. ¡Qué rara es la vida! Te quiero, tío”.

 

Juan Gérvas

Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España). jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

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