Punto de vista apuntes de un boticario

El paciente fiel

Aprovecha nuestro boticario un suceso histórico, el encuentro casual en una farmacia de Santander  del escritor rumano Cioran con el titular de la oficina que se convirtió en amistad permanente. Y eso que el escritor sólo entraba para preguntar por un remedio. Un hecho que, como escribe nuestro colaborador, se da con mucha frecuencia en nuestros días.

Pienso que es inherente al ser humano asociar una profesión universitaria, o de ETS, a una simple actividad. En el caso de las carreras de ciencias se suele descartar que sus titulares “tuerzan”, (tender hacia algo, que dicen los argentinos), por inquietudes humanísticas. Y me explico.

Persisto en mi tesis, que contradice el refrán, de que “el hábito SÍ hace al monje”. No es lo mismo, de tacada, que le abras la puerta o no, tras observarlo por la mirilla, a un tipo semirrapado, con dos piercings en el labio y barba de cuatro días que a un señor bien vestido y aseado. Suele ser poco probable, aunque haya ocurrido, que el primero sea el cónsul británico en tu ciudad y que en el segundo caso se trate de un cruel asesino en búsqueda y captura.

Y a colación de estos naturales prejuicios es lógico que, en un encuentro informal entre desconocidos, cuando alguien, al presentarse, dice su “oficio”, los asistentes prejuzguen sobre su actividad.

Verbigratia: “¿Abogado?”: ¿Trabajas en algún bufete u opositaste a Registro y Notaría?. “¿Médico?”: ¿Ejerces en la medicina pública, en la privada o en ambas?. “¿Químico?: ¿Trabajas en la investigación, la docencia o en alguna empresa?. ¿Arquitecto?:¿Tienes estudio propio o colaboras en alguna empresa constructora?”. A todas las profesiones reseñadas se les da, como mínimo, dos opciones, salvo en la de farmacéutico. “¿Farmacéutico?”: ¿Dónde tienes la Farmacia?.

Doble dedicación

Es algo comprensible. Otra cosa es que, dentro de estas actividades, todas definidas por la sociedad como de “ciencias”, haya dos a las que históricamente el pueblo considere normal que encierren otra “vocación”  relacionada con las letras y las artes en general. Me refiero a la medicina y la arquitectura.

Al no ser historiador no sé exactamente la razón, pero en el segundo caso, supongo, hablo de los arquitectos. Pueden ser secuelas del gran Da Vinci y de ahí que nadie se extrañe que estos técnicos se tiren al monte del arte vía pintura, dibujo y/o escritura (v.g. Peridis).  Y al hilo de ello: ¡Oído cocina!. ¡Cuidado con encargarle a un arquitecto/artista la construcción de tu casa!

En cuanto a los médicos, sigo dando mi opinión, creo que, acostumbrados a escribir historias clínicas, los más inquietos han ampliado estas memorias al mundo de la literatura tanto en ensayo como en novela.

Tertulias de rebotica

Pero en al caso personal que me ocupa, quien, tras saber que eres farmacéutico, te interroga, como he dicho, sobre dónde tienes la Farmacia; es alguien que lógicamente, insisto, se deja llevar por un acto reflejo. Más aún cuando queda poca gente que recuerde las ya antiquísimas tertulias de rebotica que no sólo consistían en compartir jícaras de chocolate con bizcocho en cordial connivencia con las fuerzas vivas del pueblo, sino otras, que las hubo en mayor cantidad en el primer tercio del siglo pasado, a la que asistía  gente pensadora con inquietudes sociales y políticas. En definitiva humanistas.

De alguna de estas tertulias salían los “influenzers” de la época. Los que ponían y quitaban políticos a diversos niveles locales o nacionales y ayudaban o destruían la fama y el éxito de escritores y poetas. Por ello personalmente no me molesta el que se me pregunte por la ubicación de una Farmacia inexistente.

Viene todo a cuento por algo que voy a poner a su consideración y que hace algún tiempo me envió un querido amigo intrínseco literato. Se trata de un hecho que en su momento, y ahora más, me hizo especial ilusión al tratarse de la circunstancial pero fructífera relación entre un compañero y nada menos que Don  Emilio Cioran, el escritor y filósofo rumano.

Cioran y la farmacia

La historia dio comienzo a finales de los años cincuenta del pasado siglo, cuando Cioran decidió acudir al balneario de Liérganes desde su apartamento parisino para pasar unas semanas de descanso. Las escasas distracciones que por aquel entonces ofrecía el pequeño pueblo, empujaron al filósofo a coger un tren de cercanías para acercarse hasta la capital de la provincia. En una de aquellas primeras visitas, durante el corto trayecto en tren, a Cioran comenzó a dolerle la cabeza, por lo que nada más llegar a la estación se acercó en busca de aspirinas a la primera farmacia que vio a mano, la de Manuel Núñez Morante, situada en el entorno de la estación de ferrocarril.

Entró el escritor y le pidió al dependiente lo que necesitaba en una llamativa mezcla de español e italiano. El mancebo, naturalmente, no entendió nada, iniciándose al tiempo dos monólogos condenados de antemano al fracaso. La extraña cháchara llamó la atención del farmacéutico que, como era habitual en él, se encontraba leyendo en la rebotica. Dada la confusión reinante, decidió salir de su cubículo e intentar mediar en el asunto, quedándose perplejo al reconocer al rumano, cuya imagen le era familiar por haberla visto en libros y revistas francesas.

Esta perplejidad pronto la compartió con Cioran cuando pronunció en voz alta su nombre. ¿Cioran en Santander, en mi farmacia?, debió pensar Núñez Morante. ¿Reconocido en Santander por un farmacéutico ilustrado que me lee en francés?, debió pensar Cioran. Bueno, pues este fue el origen de una amistad que se prolongaría en el tiempo, por medio de cartas y llamadas, hasta la muerte de Núñez Morante, dado que las visitas de Cioran a nuestra región sólo se produjeron, como ya se ha dicho más arriba, en los años finales de la década de los 50.

Cioran y Arce

En el transcurso de sus primeras conversaciones Núñez Morán le dijo a su nuevo amigo filósofo que tenía en la ciudad otro amigo escritor, Manuel Arce, y le propuso que se conocieran. Arce tenía entonces abierta en la calle San José la galería y librería Sur (centro neurálgico de una de las aventuras editoriales periféricas más consistentes de la cultura española contemporánea, “La Isla de los Ratones”), y en el bar de enfrente, el Jauja, tuvieron lugar muchos de los encuentros del trío. Al parecer Cioran leyó con gusto alguna obra de Arce e, incluso, hizo gestiones para ver si podía publicarse esta en París, claro que Cioran ya le advirtió de que su recomendación, más que un aval, podía ser un pesado aldabón, dada la exigua cuantía de sus propias ventas.

La amistad entre los componentes del trío se extendió en el tiempo hasta la aparición en escena de la muerte. En alguna ocasión Arce visitó a Cioran en su minúsculo apartamento parisino del número 21 de la rue de L´Odeon, y el intercambio de cartas entre ambos no puede considerarse una mera anécdota. Incluso Cioran envío a Arce un texto para su publicación en España, hecho que finalmente no pudo tener lugar por asuntos relacionados con el dinero y la censura, lo que puede llevar a desatar la imaginación y a especular con que en el riquísimo archivo personal de Manuel Arce esté durmiendo un largo sueño un inédito del pensador rumano.

Cioran visitó varias veces España. Pero se quedó a vivir en París, donde asistió con indiferencia a la entrada de las tropas nazis y, con la misma pasividad, a la Liberación. A partir de ahí, su vida cambió poco. Encadenó becas en la Sorbona hasta los 40 años, para que le permitieran comer gratis en el comedor universitario, Leyó, escribió y malvivió en hoteles juveniles hasta conseguir una buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio. Se mantuvo pobre y solitario, rechazó todos los honores que le fueron concedidos, y desdeñó su propia gloria.

Consuelo y orientación

Este que suscribe, vuestro humilde servidor, se siente orgulloso de haber tenido a un compañero como Don Manuel Núñez Morante, que no se contentó con “fidelizar” a un “cliente”, sino que sorprendió a un turista rumano, Don Emilio Cioran, que no salía de su asombro al comprobar cómo un boticario, conocedor de su obra, le resolvió de inmediato su cefalea. No contento con ello, sirvió como intermediario entre este personaje y el escritor santanderino Don Manuel Arce. Y de esta forma generar una amistad inesperada entre ambos humanistas.

De ahí la suerte de este ocasional encuentro, ventura también de que ocurriese en tiempos pretéritos donde el prójimo (que viene de próximo) no tenía miedo de contagio alguno. Se hablaba, aun con la dificultad idiomática del momento, cara a cara, se ofrecía la mano y se abrazaba.

Este hecho histórico lo pongo hoy en valor como homenaje a los boticarios actuales que se están batiendo el cobre para, sin poder abrazar a los suyos, (su prójimo: pareja, hijos y padres), darse, con mucho riesgo, a otros  “próximos”, sus pacientes que, de esta forma, han encontrado  y siguen hallando no sólo medicamentos y productos sanitarios sino consuelo y orientación.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos [email protected] Twitter: @caballeroinf