Punto de vista Apuntes de un boticario

Dejar el tabaco

Desde el anecdotario personal, el autor pasa revista a los remedios empleados para dejar de fumar que, últimamente, han dado con un fármaco, ya en el mercado, cuyos efectos parecen efectivos.

Visitaba mi casa un señor, conocido de mis padres, al que siempre recordaré con un periódico bajo el brazo. Supe más tarde que una de sus aficiones favoritas, hablo del diario, era ver las páginas en las que figuraban las esquelas mortuorias del día. Al parecer, morbo aparte, lo hacía por ser un gran aficionado (con el tiempo he visto que hay muchos) a asistir a entierros, funerales y, nunca mejor dicho, demás parientes y afectos. La mayoría de las veces conocía muy superficialmente al difunto y, en otras, tan sólo de nombre. No obstante daba su sentido pésame a los familiares y, lo que era más importante para él, entablar palique con los asistentes, aficionados también a tan tristes acontecimientos.

Dada esta pincelada biográfica sobre tan curioso señor, recuerdo como en sueños que, señalando alguna de las esquelas, se dirigía a mi padre y le decía: “¡Ea, otro que se ha quitado del tabaco!”. Cuento esta vieja historia a colación de las campañas que desde hace tiempo se están llevando a cabo a través de muchos frentes (menos el de los estanqueros) para convencer y ayudar a los fumadores que están enganchados a tan insalubre vicio dándoles consejos no tan drásticos como el del señor de la historieta.

Proceso doméstico

Pero vayamos por partes. Todo proceso doméstico, (y escribo este concepto como etimológico de “domesticar” o “domar”), tiene dos caras: el domador alterna latigazos con azucarillos que hacen babear al bicho. Premio y castigo.

De estudiantes, cuando alguien anunciaba que se iba a quitar radicalmente del tabaco solía montar la siguiente escena: repartía cigarrillos entre los amigos que estaban con él en la barra del bar y tiraba violentamente el paquete al suelo y lo pisaba. Este número era seguido por los contertulios con risas dubitativas y por una voz que indefectiblemente decía: “¿A qué no tienes huevos?” respondida de inmediato por el heroico protagonista que contestaba: “¿Cuánto te apuestas”. En este momento, y con testigos delante, el envite podría ser de índole económico en billetes hasta el más difícil, por humillante y también gravoso, de comprarle tabaco al incrédulo durante un mes.

Planteada esta situación y con el discurrir de los días la tardanza en la recaída del protagonista de la historia iba en razón a dos factores. La frecuencia de preguntas alabatorias sobre los días que llevaba sin fumar: “Macho, ¿diez días? ¡Qué valor le estás echando!. Voy a terminar creyendo que vas en serio” y el otro factor, en este caso negativo, el estar rascándose el bolsillo para que fumase el otro, el del envite chulesco, al que cada día, curiosamente, veía más lozano y tosiendo menos. Obvio es decir que la promesa era incumplida más de un día cuando, no pudiendo más, escapaba al extrarradio y se fumaba, sin que lo viera nadie, dos cigarrillos comprados previamente en un quiosco que aún los vendía sueltos,

El reverso de la historia

Toda esta parafernalia tenía como objetivo hacerse sentir protagonista de una actitud heroica y decidida que no iba más allá que quitarse de un vicio que hasta entonces no le estaba produciendo ningún perjuicio físico y que en aquellos años no era más que dejar de emular a los galanes de Hollywood.

Porque esta versión de la historia tabáquica tiene un reverso que no es otro que haberle visto las orejas al lobo y recordar la terrible frase médica: “Le diré para empezar que desde ¡ya! ha de dejar el tabaco y aún así…ya veremos la gravedad de su dolencia, cuando tenga en mis manos los resultados de la pruebas que le he mandado”.

Hay otras actitudes tendentes a dejar el tabaco voluntariamente y que van por el camino de otras promesas. ¿Quién, ante la llamada para un examen oral y final de carrera u oposición, no ha prometido “in péctore”: “Virgencita si apruebo dejo de fumar durante…”.

Otras más serias, y que suelen ser drásticamente cumplidas, son las que están en la línea  de prometer abandonar el vicio en aras de la curación de un familiar o al menos solidarizarse con el sufrimiento del mismo.

En definitiva el dejar de fumar, en mi opinión, va ineludiblemente unido a la fuerza de voluntad que el protagonista quiera aplicar aunque, y esto es otra cosa, se le pueda/deba ayudar somática o psicológicamente.

Frente al hábito del alcohol

No es que yo sea de los que recomiende soportar el dolor inespecífico  hasta límites extremos ni que se deje de lado las famosas TRES AES (anestésicos, antibióticos y analgésicos) aunque en algún caso se abuse, sobre todo, en el caso de los antibióticos creando problemas tanto de habituación como de resistencias.

Pero en todo caso, y en asuntos como el del tabaco y la obesidad no mórbida, la voluntad, repito, es el principal “fármaco” de elección sin el cual todos los demás no funcionarán porque no contienen un principio activo que “cure” esta “enfermedad”.

Todavía existe, al hilo de vicio/enfermedad, un fármaco que ayuda con base científica a dejar el hábito del alcohol y que lleva en su composición un principio activo, una enzima que, al metabolizarse la bebida en el hígado, la transforma en acetaldehído, para dar ácido acético inocuo. El disulfiram, este es su componente, bloquea esta última reacción, previniendo que se metabolice el acetaldehído ya que éste es el responsable de la «resaca» alcohólica. El ingerir alcohol bajo los efectos del disulfiram produce una rápida e intensa resaca, mucho más grave e incluso peligrosa en pacientes con problemas cardiacos o hepáticos si no están asistidos, desde 5-10 minutos tras la ingestión del alcohol hasta un período que varía entre 30 minutos y varias horas.

Salud física y mental

En el Congreso Nacional recientemente celebrado por la Sociedad de Médicos de Atención Primaria se dijo, entre otras muchas cosas, que “No hay salud física sin salud mental”, haciendo una especial reflexión acerca de la realidad que están viviendo los sanitarios ante un trastorno que ya sufren nueve de cada diez personas, según la Organización Mundial de la Salud  y que también ha elevado el consumo de ansiolíticos. “Tratar la ansiedad sólo con fármacos hace que se cronifique”, advirtió la doctora Silvia López. Una afirmación que llevó a la primera lección de la mañana. “Conviene compaginar la farmacología con la psicoterapia y cuanto antes se realice, mejor”.

Psicoterapia, y es a lo que voy, que no ha de ser necesariamente impartida por “profesionales”, a los que no quiero quitar su importante papel sanitario. Así que no se me enfaden.

He escrito más de una vez cómo un amigo endocrino, especialista en programas de adelgazamiento, contra sus propios intereses crematísticos lo primero que enseña a sus pacientes es una foto de los prisioneros liberados del campo de Dachau. “¿Ve usted algún gordo entre ellos?. Pues ya sabe por donde voy a empezar”

Deshabituación tabáquica

Viene a cuento todo lo escrito hasta aquí por la aparición de un medicamento, ya autorizado, indicado para la deshabituación tabáquica llamado vareniciclina.    Básicamente actúa atenuando el efecto de la nicotina en el “cerebro” y reduciendo la ansiedad causada por el síndrome de abstinencia. El efecto farmacológico sobre el “cerebro”, que alivia “el mono”, me parece justificativo para su prescripción aunque sea otra forma de sustituir o complementar a los parches de nicotina o la más suave de las gomas de mascar. Pero si el otro efecto es tan sólo el ansiolítico no me parece un medicamento con el que se haya inventado la pólvora.

Porque, insisto, hay una dependencia física innegable en los grandes fumadores hacia la nicotina, pero otra dependencia psicológica como la de asociar el tabaco a momentos de estrés, de ocio, descanso laboral o a después de tomar café.

Este último tipo de dependencia puede aliviarse o eliminarse evitando estos momentos asociativos. Probar a compartir el estrés o el duelo con alguien cercano, querido y no fumador. Pasar cierto tiempo  sin tomar estos cafés durante el día que te impelen a fumar tras ellos. Conseguir no bajar a la calle, como descanso laboral, y entablar palique con los compañeros en los pasillos del centro de trabajo y dejar la vieja costumbre de utilizar el tabaco como medida de tiempo: “Nos fumamos el último cigarrito y nos vamos”.

Por supuesto, hay que reconocer, como dice un amigo un tanto vago que, curiosamente, no ha fumado nunca, cuando emplea una frase difícil de erradicar en el leguaje español:“¿Qué hacen ustedes de cháchara con tanto trabajo pendiente?”, dice el jefe. Mi amigo siempre replica: “¡Oiga, que en todos los trabajos se fuma!”

P.S.: Si mi opinión les merece dudas no se dirijan a mí (en todo caso la agradezco) sino, yo no tengo Farmacia, a cualquiera de las más de 22.000 que se “atomizan” por España.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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