Punto de vista Apuntes de un boticario

Dedicación exclusiva

Les doy mi palabra que estas consideraciones sobre la naturaleza humana no tienen ningún carácter peyorativo ni quieren significar que el ser humano no es debidamente bueno, si acaso sólo estúpidamente insolidario.

Tengo una buena amiga que me contaba hace años que en su casa vivía un tío soltero al que consideraban algo ido de la cabeza. Ella, aún adolescente, pasaba corriendo por el salón de la casa y su tío, siempre asomado al balcón, la requería con premura:

-“¡María, María, ven corre.!”

-“¿Qué pasa?”

-“Asómate conmigo. Mira, ¿ves a ese hombre del abrigo azul?”

-“¡Sí! ¿Qué le pasa?”

-“Que ese hombre va a lo suyo”

Tanto mi amiga como yo, contada esta “tontería” en su momento, no le dábamos mayor importancia; si acaso una breve valoración sobre que el tío loco no lo estaba tanto.

Aficionado como soy al flamenco le cantaba a mi amiga, cuando salía el tema, una letrilla por soleá que reza así: “Dice unas cosas este loco/que no sé si serán verdad/pero mentira tampoco”.

Cualquier tiempo pasado…

No creo que todo tiempo pasado fuera mejor

No creo que todo tiempo pasado fuera mejor. Lo he escrito muchas veces poniendo de ejemplo al nostálgico radical cómo se sentiría en el siglo XVIII sometiéndose a la extracción de una muela sin anestesia.

Otra cosa, y es a lo que voy, que los tiempos actuales hayan tomado una deriva tan veloz y apremiante que el egoísmo inherente al ser humano que detectaba el orate se está inoculando, y es casi una contradicción, a “fortiori” en jóvenes que son no sólo el futuro sino el duro presente. Al decir jóvenes hablo de los que ya han constituido sus células familiares que son la base fundamental de un país.

Un matrimonio standard actual con dos hijos pequeños (aunque haya idiotas que aún les incitan a  que tengan más) han de laborar, ambos, fuera de casa con lo que el primer problema es la conciliación familiar ingénito a un segundo cual es la precariedad  y escasa remuneración de sus trabajos. No tienen tiempo ni dinero. Si acaso para pagar unas escasas horas de canguro y no, precisamente, para irse de farra sino para cubrir una emergencia que no estaba escrita en el duro guión de su vida.

Recurrir a los abuelos

Las llamadas tareas complementarias de los colegios son dignas de estudio

Obvio es decir, pues de esto se ha escrito mucho de un tiempo a esta parte, que los que pueden tiran de abuelos, tienen unos ayudantes gratis y de confianza, mientras estén razonablemente sanos porque excuso decir qué pasaría cuando estos enferman. ¡Toquen madera! La “exigencia”, que algunos de estos jóvenes padres ejercen sobre sus progenitores se incrementa por la que a su vez sus pequeños, los locos bajitos, practican sobre los suyos. Todo este despotismo está fomentado diariamente por los dirigentes colegiales.

Las llamadas tareas complementarias de estos colegios son dignas de estudio. Actividades culturales: baile clásico y flamenco; deportivas: atletismo y fundamentalmente fútbol y otras más de largo relato se potencian, en el caso de los colegios religiosos, con cursos de preparación para comuniones y confirmaciones. En estos dos últimos casos estos sacramentos se han convertido, tras el acto religioso, en celebraciones lúdicas con boatos que igualan o superan a las futuras bodas de estos niños.

Pero aquí no acaba la cosa. Los críos, como todos, cumplen años y celebran onomásticas. Estos, hasta hace poco, eran eventos puramente familiares. Ahora no. Actualmente Vicentito celebra una de las dos fechas invitando a todos o a casi todos sus amiguitos.

Es por ello habitual oír quejarse a los  padres cuando comprueban que un fin de semana, que preveían tranquilo y en familia, se trunca porque uno de los hijos tiene que acudir al cumpleaños de un amiguito que no se celebra, precisamente, en el ámbito urbano o en su casa con un chocolate con churros, sino  allá por los chirlos mirlos donde los progenitores han organizado un sarao que incluye payasos y castillos hinchables, y a los que hay que acudir, regalo incluido, por narices.

Círculo diabólico

Es habitual oír quejarse a los  padres cuando comprueban que un fin de semana, que preveían tranquilo y en familia, se trunca porque uno de los hijos tiene que acudir al cumpleaños de un amiguito

¿Qué pasa pues, que dicen en Lequeitio? Que la pareja quejosa a la que hago alusión, como ejemplo, alegan en legítima defensa que no pueden romper ese círculo diabólico pues su pequeño no debe señalarse de los demás, y lo veo lógico, ya que los “distintos” pueden ser sometidos a acoso colegial lo que hoy se llama “bullying”.

Por ello, cuando les llega la fecha, han de hacer lo mismo que ellos sufren, critican y en el fondo detestan, aún en la certeza de que los otros padres receptores de la invitación digan la misma cantinela: “¡Vaya coñazo, pero habrá que ir!”. ¿Quién rompe esta soga de acero que está ahogando la convivencia familiar?

Y sigo. Entre las actividades extraescolares destaca hoy día lo que llamaré “apartado fútbol”. En éste, los papás, no todos, y especialmente los de extracción social media baja, ven en sus vástagos unos futuros craks que en poco tiempo les van a solucionar la vida. De ahí los incidentes diarios entre progenitores, entrenadores, árbitros y otros parientes y afectos en partidos de fútbol ¡infantil! Porque hoy los futbolistas son una élite de millonarios y, cuando menos, de nuevos ricos. No hablo de figuras galácticas, sino de un jugador del Numancia.

A todo lo dicho pongan la esclavitud del teléfono móvil al que han de estar pegados laboralmente noche y día,  pues así lo requiere la empresa o el jefe y cuidadín con no atender una llamada.

Ambivalencia del ser humano

Esta situación que está padeciendo, a mi entender, la sociedad actual tiene su haz y su envés que puedo concretar en la ambivalencia que comporta el ser humano según sus circunstancias, que pueden representarse por el cambio que una persona experimenta dependiendo del lugar que ocupa en un determinado momento. Un peatón se convierte en agresivo contra la maniobra de un automovilista al que insulta por su velocidad o la incorrecta maniobra de saltarse un semáforo, cuando este mismo, al ponerse ante el volante de su coche, se convierte en fiera corrupia del peatón que atraviesa un paso de cebra con excesiva lentitud. Somos los doctores Jekyll y místeres Hyde ya que actuamos, sin querer, insisto, según nuestro estado de ánimo. Es ley de vida.

Lo que no quita el que este egocentrismo inherente al ser  humano sea molesto para todos y, al tratarse de un fuego innato e interior, las circunstancias adversas del actual modelo de vida arrimen más leña a ese fuego. De esta forma lo que debía ser una arcadia más o menos feliz se está convirtiendo en un pequeño, pero tenaz, infierno de convivencia.

Dicho esto, cual si fuera un tertuliano a la violeta, entro como es mi obligación en el terreno que me incumbe cual es el sanitario.

Boticarios y pacientes

Las pequeñas sevicias cotidianas del mal rollo con la cajera del súper, el camarero del bar, el empleado de banca, el funcionario, el quiosquero de prensa y un largo etc…han de considerarse el IVA negativo de esta vida que nos ha tocado aquí y ahora. Harina de otro costal es cuando entramos en profesiones que atañen a algo tan importante como la salud y la enfermedad.  Me estoy refiriendo a farmacéuticos, médicos y enfermeros. Estos, y lógicamente me incluyo, hemos de dejar nuestros problemas en casa.

Si un boticario tiene que “aguantar” el “rollo” de un paciente que con la sola adquisición de un envase de ibuprofeno se remonta, alegando su dolencia, a la noche de los tiempos de su vida y circunstancias, no hay más remedio que ejercer la paciencia y no poner mala cara. Yo mismo, y no me gusta citarme, aún jubilado como analista clínico, recibo con frecuencia llamadas de amigos, y no tan amigos, incluso a horas intempestivas para preguntarme sobre los resultados  de una analítica que han leído y que hasta mañana no le pueden consultar al especialista. ¡Aguantoformo!.

Aguantoformo

Y en el plano, duro como la vida misma, del enfermo encamado y con un largo postoperatorio, los profesionales que están a su cargo, médicos, enfermeras y auxiliares, no es que no deban es que ¡no pueden! mostrar ni un ápice de demora, ya no digo negligencia, en atender a sus enfermos que aunque sean pacientes, que viene de paciencia, la enfermedad, el dolor y el miedo los hace a veces visceralmente hoscos.

En este caso el “aguantoformo” a dosis masivas.

Por todo lo dicho, y me meto en terreno espinoso, la Iglesia católica desde su creación apostó porque sus “empleados/as” (aquí me interesa emplear el lenguaje inclusivo) ejercieran como tales a pleno “full-time” y sin complicaciones familiares que estorben su labor de entrega total. Se trata de cumplir a rajatabla el contrato que han firmado voluntariamente.

Otra cosa es que, la carne es débil, los asuntos de ingle, que ahora están en la palestra social, hayan propiciado conductas francamente deleznables en estos profesionales de la religión. Yo, y perdón por la petulancia, creo tener una solución.

Pero esta, si acaso, la manifestaré en otra entrega.

 

Pedro Caballero-Infante

Farmacéutico. Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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