Punto de vista de las cosas que la universidad no enseña

De las lecciones de un pobre estudiante español en Brasil

A través de nuestro colaborador Juan Gérvas nos llega el siguiente comentario de un estudiante español de Medicina en Granada que ha pasado un tiempo viviendo una experiencia en la Atención Primaria en Brasil.

“Y tan perdido me vi, que me encontré en Brasil”

No sé cuán común debe de ser este sentimiento en las personas que, como yo, estudiamos medicina en España. La constante búsqueda de palpar la medicina con las manos, de saber lo que es ser médico en la cabecera de la cama de la persona que cuidas, de sentir que estás esforzándote por ser alguien que sepa desempeñar su labor en un futuro, y la desoladora certeza de que la Universidad no te acerca a la vida y sufrimiento de las personas reales.

Soy Jorge, estudio Medicina en la Universidad de Granada, y he tenido la suerte de estar haciendo un intercambio en Brasil para vivir de cerca una medicina diferente, atada a la circunstancia social de la persona, en la que se te enfrenta a situaciones clínicas que favorecen el aprendizaje a partir de casos clínicos. Hoy os traigo mi breve historia a través de las vivencias de un centro de salud en Río de Janeiro situado en un céntrico barrio a tan solo 10 minutos del Sambódromo, en el corazón de la ciudad. Irónicamente, llegué para la semana del Carnaval.

Llegué el lunes preguntando por la doctora Yasmine, R1 de la Clínica de Familia Ricardo Lucarelli. Sorprendentemente, sabían de mi llegada, y me condujeron amablemente hasta ella. No sabía todavía cuánto iba a poder aprender esos días con ella y sus compañeros.

Continuidad entre médico y paciente

La Universidad no te acerca a la vida y sufrimiento de las personas reales

Me llamaron la atención varias cosas, empezando por el lugar de trabajo. El escritorio con el ordenador estaba colocado contra la pared, de forma que había continuidad en el espacio entre médico y paciente, en lugar de la separación que normalmente existe a causa de la mesa. Eso ya me indicaba cómo se intentaba dar protagonismo a una comunicación fluida y bidireccional entre médico y paciente. Otra diferencia sustancial: los seis minutos españoles, eran casi 20 minutos de consulta para cada paciente, pudiendo trabajar mejor la entrevista, la exploración y los acuerdos terapéuticos. Eso sí, descubro que las jornadas son de 9-10h, teniendo consulta por la tarde, lo cual me pareció una carga impresionante de trabajo.

Llegó la primera paciente. Lo primero que le preguntó fue: “cuéntame, ¿en qué puedo ayudarte hoy?”. Esta joven mujer relataba un dolor en el pecho que irradiaba a brazo. Me resultó raro, porque también nos preguntó cómo era el dolor de un infarto. Después nos contó que le encantaría hacerse una mamografía (por si las moscas), y dentro de poco sería su cumpleaños, así de la nada. Yo un poco estupefacto, y la doctora escuchando atentamente. Resolvió explicándole que no aplicaba para su edad, y se fue del consultorio. Resultaba, como me explicó después, que era una mujer bastante hipocondriaca, y que por eso no era conveniente contarle por ejemplo sobre el dolor precordial. Fue un episodio gracioso, el cual me mostró hasta dónde conocía a sus pacientes.

Los seis minutos españoles, eran casi 20 minutos de consulta para cada paciente, pudiendo trabajar mejor la entrevista, la exploración y los acuerdos terapéuticos

A medida que iban pasando pacientes por la sala, prestaba especial atención a su clara forma de explicarse, y a los diversos acuerdos a los que llegaba con cada paciente. Me sorprendía que un R1 pudiera llegar a tener tal nivel de entendimiento de una entrevista clínica, que aplicara asertivamente un modo de entrevista que tenía en cuenta realmente la situación y los valores de los pacientes. Gracias al conocimiento que tenía Yasmine de la gente, le detallaba qué quería mandarle y cuál sería la estrategia de tratamiento, preguntándole si se podía permitir comprarlo. Era una pregunta que nunca escuché en un consultorio, pero era un salto en el entendimiento de los determinantes sociales de la salud, los cuales me han perseguido estos dos últimos años en mis cavilaciones sobre el ejercicio de la medicina. Qué sencillo, y a la vez, qué vital podía ser una pregunta.

Ese centro de salud tenía mucho que enseñarme

Esa misma tarde, me condujeron junto a un doctor y otra residente para el taller semanal de auriculoterapia, destinada a gente con dolor crónico y ansiedad. Charlando con algunas pacientes, me contaban con una gran sonrisa en su cara cómo les había ayudado a calmar mucho el dolor, y que vivían con mejor calidad de vida que antes. Incluso pacientes que apenas llevaban dos semanas viniendo a las sesiones. No sabía muy bien qué pensar. Para mí era una mezcla de buenos cuidados, de un genial grupo de apoyo con mucha gente en su misma situación, y algo de efecto placebo que, en conjunto, era una grandísima terapia para tantos beneficiarios, todo ello, sin efectos secundarios.

Brasil tiene aprobada por ley la presencia de terapias alternativas en el sistema nacional de salud, y a lo largo del país cuenta con diversas escuelas prestigiosas donde formarse y poder aplicar ese conocimiento. Yasmine y sus compañeras eran conscientes de que el campo de aplicación era reducido, con indicaciones limitadas y sin esperar milagros, pero fue curioso compartir percepciones y saber el hecho de que a algunas pacientes les había funcionado; por ejemplo, la homeopatía para los sofocos de la menopausia.

Visitas domiciliarias

Tuve la suerte de poder acompañar al día siguiente a Samara, compañera residente del centro, a una ronda de visitas domiciliarias junto a la agente de salud comunitaria. Estaba excitado por esa “primera vez” en una experiencia que consideraba esencial para un desempeño de una medicina basada en las personas. No era para menos, pues vi a la agente de salud en acción, la cual velaba por los problemas del barrio que habitaba, y conocía todo recoveco que ofrecía “su territorio”. Me comentaban las doctoras que “no sabían qué harían si no estuvieran las agentes de salud”, mientras yo pensaba en cuánto ganaría la comunidad si en España existiera esa figura anclada al territorio.

“Qué fortuna poder vivir una medicina de familia tan resolutiva”, me repetía constantemente. Sin embargo, no siempre fue así, como me contaba Yasmine. Hacía apenas 20 años que el sistema viró hacia un sistema basado en el médico de familia, capaz de resolver la mayoría de problemas de la comunidad, todo mediante muy buenos incentivos económicos durante la residencia. Además, llevaban muchas más competencias de las que me podía imaginar: colocar DIUs, llevar el control del embarazo sano, el control del niño sano, cirugías menores… Todo ello confiando realmente en la capacidad de las personas para aprender y no estar relegadas a recetar medicamentos, como muchas veces siento que se ha convertido la medicina en España. Me dio una esperanza saber que existía una medicina como aquella en la que pensaba cuando era pequeño: una sabia y cercana, que conocía a las personas que trataba, y era a la vez sanador y consejero.

Me iba con más preguntas que respuestas de aquella semana en consulta, pero ¿no se trata de eso la verdadera educación?

 

Jorge Min Hui Zhou Zhou

Estudiante de Medicina en Granada

1 Comentario

  1. Maria M says:

    Que hermoso relato, que experiencia mas enriquecedora, me transportó y me hizo sentir en primera persona lo contado. Cuánto para repensar, valorar y poner en práctica