El mirador La expropiación de la salud ha infantilizado a la sociedad

De cómo los médicos expropian la salud a pacientes y poblaciones

Este texto es parte del prólogo del libro “La expropiación de la salud”, de Juan Gérvas y Mercedes Pérez-Fernández, Libros del Lince, Barcelona, 2015 http://linceediciones.com/es/libro/la-expropiacion-la-salud/, en donde se subraya que, frente al aumento de la autonomía persona como consecuencia de la información, en sanidad se está produciendo una creciente dependencia del médico.

Magia, mitología, ciencia y medicina

Para interpretar la naturaleza y la vida primero fue la magia, después la mitología y finalmente la ciencia. Estos tres campos se suman y se entremezclan consciente e inconscientemente en la práctica médica. De hecho, la ciencia facilita el explicar la naturaleza y el comprender la vida, pero en ambas “empresas” aplicadas al saber médico se precisa mucho más que el simple conocimiento científico para poder ofrecer alternativas que ayuden al que sufre, a sus familiares y a la sociedad.

En medicina se precisa algo más que conocimientos científicos

El conocimiento científico se complementa con el filosófico, el conocimiento intuitivo, el conocimiento lógico, matemático y estadístico, el conocimiento espiritual y religioso, el sentido común, el conocimiento de los valores externos (compartidos) e internos (de cada paciente, entre los que destacan las convicciones), el conocimiento musical y literario (y artístico en general), la sensibilidad-ternura, las fuentes de solidaridad y ayuda mutua y otros elementos que permiten ofrecer una medicina armónica, científica y “humana”.

La ética de la ignorancia: saber lo que no sabemos

Pese a todo el conocimiento acumulado, sabemos poco del sufrimiento humano, como bien demuestra el campo del dolor mental. Por ejemplo, no comprendemos lo que sucede en el cerebro del paciente con esquizofrenia, ni cómo actúan los medicamentos que pueden ser útiles en algunos momentos de su enfermar. Es pensamiento mágico, en otro problema de salud mental, el atribuir la eficacia de los “anti-depresivos” a su efecto sobre el cerebro comparándolos en su acción a la de la insulina en la diabetes (“suplementar algo que falta”). Los “anti-depresivos” no son superiores al placebo en la depresión leve y moderada y la palabrería pseudocientífica de su promoción es similar a la de los timadores en las esquinas y ferias. Son dos ejemplos de la práctica de una medicina imprudente, sin límites, que centra los problemas, incluso los mentales, en la simple biología.

Toda intervención médica tiene efectos adversos. Los consejos, también

Al perder la noción de límites, de prudencia y de humildad la medicina se convierte en agresivamente asertiva, arrogante, peligrosa, presuntuosa, soberbia y tóxica

La medicina prudente ofrece inmensos beneficios. Basta recordar la eficacia de las vacunas esenciales y de otros muchos medicamentos, el valor de la escucha del médico de cabecera, el consuelo de la sedación terminal y la resolución de muchos problemas quirúrgicos, desde apendicitis a cataratas. Por ello los médicos están entre los profesionales más apreciados por la sociedad.

Lamentablemente, toda intervención médica tiene efectos adversos. Conviene no atribuir “inocuidad” a ninguna actividad sanitaria, pues hasta la “sencilla” palabra puede provocar muerte. Sirva de ejemplo a este respecto el consejo (palabras) de los pediatras para que durmieran los niños “boca abajo” en los años 80 y 90 del siglo XX, que generó una epidemia mundial de “muerte súbita” en bebés, con más de 60.000 muertes súbitas provocados por tal consejo sólo en los países occidentales.

Así, la recomendación pediátrica de poner a los niños a dormir boca abajo multiplicó casi por 25 la incidencia de la muerte súbita en los bebés, pues pasó anualmente de 5 a 120 por 100.000. Sólo se advirtió el daño al cabo de 20 años y logró revertirse con una fuerte campaña de “Dormir de Espalda” (Back to Sleep).

Los pediatras que mataron con su consejo sin fundamento científico nunca pidieron perdón ni repararon el daño.

Medicina sin límites, medicina dañina

Al perder la noción de límites, de prudencia y de humildad la medicina se convierte en agresivamente asertiva, arrogante, peligrosa, presuntuosa, soberbia y tóxica. Por ejemplo, el ofrecer suplementos de testosterona como terapia “anti-envejecimiento”, ya que carece de tal efecto “contra el paso del tiempo y el decaimiento de la potencia sexual”, pero daña por las complicaciones cardiovasculares que induce. Esta situación es paralela a la de las mujeres, que en la menopausia y el climaterio recibieron y reciben “terapia hormonal substitutiva” (los “parches”) para evitar síntomas del mismo y para disminuir los infartos de miocardio, tratamiento que de hecho ha provocado una epidemia de tamaño inconmensurable de infartos de miocardio, embolias pulmonares, ictus cerebrales y cánceres de mama.

Los ginecólogos que prescribieron innecesariamente “los parches” nunca han perdido perdón ni reparado el daño.

Pacientes y poblaciones médico-dependientes

En su versión extrema, la medicina sin límites llega a expropiar la salud, el desánimo, el sentimiento de vacío existencial, el miedo al futuro, el embarazo, el parto, el dolor, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Por ello, los sanos, los pacientes y sus familiares, las comunidades y las poblaciones se vuelven “médico-dependientes” y van perdiendo gran parte de su autonomía, de sus habilidades de auto-curación y de sus capacidades de valoración del enfermar y de la enfermedad.

Además, los pacientes se convierten en “el combustible del sistema sanitario (y de las industrias sanitarias)” de forma que se abandonan, en aras del negocio, los nobles fines de la medicina: la ayuda frente a la enfermedad y la muerte. El “precio” de este abandono es alto; por ejemplo, unas 600 personas muertas diariamente en la Unión Europea (500 millones de habitantes) sólo por los efectos adversos de los medicamentos (que se emplean sin necesidad en un tercio de los casos e imprudentemente en otro tanto). Esta cifra se puede comparar con la mortalidad provocada por el tráfico en las carreteras de la propia Unión Europea, unas 75 muertes al día (unas 7 veces menos que por los efectos adversos de medicamentos).

“La paradoja de San Petesburgo”

La creciente expropiación de la salud incrementa los miedos a la enfermedad y al sufrimiento y “ceba” el círculo de dependencia de los médicos

En medicina podemos utilizar “la paradoja de San Petesburgo” de la economía, que plantea el dilema de cuánto se está dispuesto a apostar en un juego según la probabilidad de ganar “X” dinero. La solución depende del nivel previo de riqueza del jugador. Se demuestra matemáticamente que cuando el jugador tiene mucho dinero no importa añadir más, sino no perder (para los ricos es más importante no perder “X” riqueza que conseguir añadir “X” riqueza a la que ya tienen). A los pobres les pasa lo contrario, apuestan lo poco que tienen.

En la salud la respuesta debería ser la misma ante la oferta de servicios médicos que expropian al sano y al paciente. Cuando hay un grave deterioro de la salud, por ejemplo en la apendicitis aguda cualquier “apuesta” razonable es aceptable, pues el beneficio probable compensa los riesgos ciertos. Conforme se incrementa la salud se debería aumentar la prudencia ante las ofertas médicas que prometen mejoras, pues la probabilidad de los daños cobra especial importancia frente a la incertidumbre de los beneficios (para el sano es más importante no perder “X” salud que conseguir añadir “X” salud a la que ya tiene). La expropiación de la salud convierte a las personas en jugadoras y, por tanto, en perdedoras.

El miedo como instrumento de control social y médico

La creciente expropiación de la salud incrementa los miedos a la enfermedad y al sufrimiento y “ceba” el círculo de dependencia de los médicos. Es una forma de infantilización que hace tolerables y normales algunos consejos de salud pública ridículos, del estilo de “Estamos en verano, camine por la sombra”. Como niños, dependemos de otros en lugar de caminar por nosotros mismos y ayudando a los demás. Además, como niños nos contentamos con el consejo y no exigimos responsabilidades; en el ejemplo, una geografía urbana que incluya suficientes árboles y espacios que permitan caminar en verano sin que ello nos exima de nuestras propias responsabilidades. El “producto final” es una sociedad temerosa de la enfermedad y de la muerte, ansiosa con los resultados de los exámenes sanitarios rutinarios, y dependiente de los médicos para lograr un mínimo de estabilidad vital. De hecho, en muchos casos es una sociedad drogada con medicamentos generalmente innecesarios como la mayoría de los anti-hipertensivos, estatinas, somníferos, analgésicos, para la osteoporosis, anti-depresivos y otros.

Síntesis

El cambio social que lleva a la expropiación de la salud es llamativo pues va en paralelo a un incremento del poder de información y de la reivindicación de mayor autonomía personal en todos los campos. En el sector sanitario, tal incremento se ha logrado en lo que respecta al poder de información, pero no en lo que concierne a la autonomía de decisión. La expropiación de la salud ha infantilizado a la sociedad y hecho médico-dependientes a pacientes y poblaciones.

 

Juan Gérvas

Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España). jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

1 Comentario

  1. Tiene razón Juan Gervás en lo de la infantilización de la sociedad y la excesiva dependencia del médico, pero no estoy en absoluto de acuerdo en que los médicos seamos los responsables. Creo que los médicos somos más víctimas que responsables. Soy dermatóloga, En mi especialidad asistimos con pesar al hecho de que cualquier mínimo cambio en la piel del paciente, tenga que pasar por el médico de familia y en demasiados casos casos, también por el dermatólogo, cuando muchas veces no es necesario. Esto lleva a la plétora de las consultas en detrimento de la calidad de la asistencia a los pacientes que realmente necesitan ser atendidos. Creo que el problema deriva de nuestro sistema sanitario, que permite que el paciente reclame como un derecho inalienable la consulta médica por cualquier motivo. No es infrecuente que veamos a los pacientes dos y tres veces por las mismas “lesiones”, que son propias del envejecimiento de la piel y no constituyen ninguna patología, con la pretensión de que las eliminemos, porque no lo hicimos en las consultas anteriores. Al paciente ya no le basta con la información y las pautas que le damos con el fin de que pueda manejar él mismo lo que motiva sus quejas, en demasiados casos “necesita” que el médico le vuelva a decir qué hacer en cada momento. Podría citar muchos ejemplos. La consulta con el médico se ha banalizado, es tan fácil acceder al médico, que se ha desprovisto de valor a la consulta médica y a cualquier acto médico o prueba diagnóstica. Seguramente influyen también otras muchos cambios que ha experimentado la sociedad en los últimos tiempos, ya que la infantilización del individuo no se da solo en la sanidad, sino también en muchos otros aspectos de la vida, pero la pérdida de valor debido al abuso de la medicina es sin duda una de ellas y el médico es tan víctima como el paciente.

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