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Cafelitos, hepatitis C y otros déficits

En el último comentario de su blog http://www.saluddineroy.blogspot.com.es/ y a cuenta de la inclusión del gasto en medicamentos para la hepatitis C en la partida del déficit público, Juan Simó Miñana ofrece una deliciosa disquisición sobre la diferencia entre un estúpido y un malvado.

En su capacidad de hacer daño a los demás, la diferencia entre un hijoputa y un tontolnabo es nula. La diferencia entre uno y otro estriba en que mientras el primero, con su acción dañina, siempre obtiene algún beneficio, el segundo no gana nada por mucho mal que esparza y hasta, en ocasiones, puede que obtenga algún perjuicio.

Lo explica muy bien Carlo Maria Cipolla en “Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana”, aunque utiliza una terminología menos castiza para denominarlos (malvado y estúpido, respectivamente). Cipolla también nos deja claro que la proporción de estúpidos en cualquier colectivo humano es una constante universal. Por otra parte, el autor insiste en que la perfección del malvado crece en la misma medida que la ganancia que obtiene para sí supera el daño que causa a los demás. El malvado perfecto sería lo suficientemente inteligente para obtener grandes ganancias con escaso o nulo daño ajeno.

Entre los burócratas y políticos podemos encontrar refinados estúpidos cuya capacidad de hacer daño al prójimo se potencia por la posición de poder que ocupan

En ocasiones es muy difícil diferenciar a un sujeto estúpido de uno malvado, pues todo depende de si con el daño que infiere alcanza o no algún tipo de ganancia. Lo importante para determinar si un sujeto es malvado o estúpido es entender que lo que se considere ganancia o pérdida; siempre ha de ser enjuiciado desde el sistema de valores de dicho sujeto y no desde el sistema de valores de quien recibe el daño de su acción.

La potencial diferencia del dañino del estúpido depende básicamente de dos factores. En primer lugar, de la genética. Algunos individuos heredan el gen de la estupidez y lo expresan fenotípicamente con una penetrancia tal que les sitúa en la mismísima aristocracia de los estúpidos. El segundo factor que determina la capacidad dañina del estúpido procede de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad.

Burócratas y políticos

Entre los burócratas y políticos podemos encontrar refinados estúpidos cuya capacidad de hacer daño al prójimo se potencia por la posición de poder que ocupan. Algunos nos regalan declaraciones dañinas sin que la ganancia para ellos sea tan evidente. Emerge así la duda razonable de si dicho comportamiento es fruto de la estulticia o de la maldad. Todos recordamos las declaraciones de hace cuatro años sobre los empleados públicos de Antonio Beteta, Secretario de Estado de Administraciones Públicas.

¿Qué ganó Beteta diciendo lo que dijo? ¿Nada? Pues entonces fue estúpido con su dañina declaración. Pero quizá sí ganara algo. Por entonces, los empleados públicos fuimos la diana de las actuaciones del Gobierno: rebaja salarial, recortes en días de permiso, aumento de la jornada laboral, despidos de interinos, no reposición de vacantes, jubilaciones forzosas, etc. Quizá había que justificar todo aquello de cara a la opinión pública con lo del cafelito y el periódico. Si así fuere, entonces el comportamiento de Beteta habría que calificarlo de malvado.

Hepatitis C

Otro regalo reciente ha sido el de su jefe, Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, hace pocos días.. Montoro atribuyó al gasto en fármacos contra la hepatitis C parte de la desviación del déficit de 2015 (4,2% del PIB el pactado con Bruselas; 5,16% el real). Cuando el déficit ha sido de más de 56.000 millones de euros y el gasto público de 466.000 millones de euros, la mera mención por Montoro de los 1.094 millones gastados en estos fármacos en la presentación que utilizó en su comparecencia para explicar la desviación al alza del déficit es una estupidez (si no obtiene ningún beneficio con ello) o una maldad (si lo obtiene). Especialmente, si tenemos en cuenta que, apenas hace un año, Alfonso Alonso, Ministro de Sanidad, presumía sobre el plan de financiación de dichos fármacos y afirmaba que el gasto no iba a computar como déficit a efectos de la Ley de Estabilidad Presupuestaria.

¿Qué ganó Beteta con señalar a los empleados públicos? ¿Qué gana ahora Montoro con señalar a los enfermos de hepatitis C? ¿Malvados o estúpidos? En todo caso, su principal déficit es de moral y de vergüenza.

Primera diapositiva de la presentación que utilizó Montoro para explicar la desviación del déficit público el 31 de marzo pasado donde aparecen los 1094 millones de euros atribuidos al coste del tratamiento de la hepatitis C

Ministerio de Hacienda

 

Juan Simó Miñana