El mirador una visión de eros y tánatos

“Apaga y vámonos”. Un paseo por el amor y la muerte

Al hilo de aspectos de actualidad el autor recurre a las figuras mitológicas de Eros y Tánatos para interpretar algunos acontecimientos de vida y muerte con que frecuentemente nos tropezamos en las páginas de la prensa.

La película “un paseo por el amor y la muerte”

“Paseo por el amor y la muerte” (A Walk with Love and Death) es una película estadounidense de 1969 dirigida por John Huston.

“En 1358, durante la Guerra de los Cien Años, un joven francés expulsado de la Universidad de París emprende un viaje por su país teniendo como meta llegar al mar. En su viaje es testigo del caos, la muerte y la hambruna que diezma la sociedad. Señores feudales en guerras sin otra causa que hacer la guerra, y campesinos que empiezan a formar ejércitos. Los campos asolados por salteadores y señores de la guerra. Pero entre tanta muerte y desolación, se encuentra con la hija de un señor feudal, que será como una luz en su oscura vida. Huye con ella y, en un trágico final, la pareja aguarda la muerte, extrañamente felices, esperando serenamente su hora”.
https://es.wikipedia.org/wiki/Paseo_por_el_amor_y_la_muerte

“El abrazo final que une a la pareja, en la espera de un ejército que seguramente abatirá sus cuerpos, no impide que su espíritu vuele libre por el universo del amor y el conocimiento, más allá de los hechos, al otro lado de la Historia. La voz en off que escuchamos al principio de la película cierra el relato con un plano del mar envuelto en nubes ascendentes: “Oímos que la muerte se acercaba. Lo envolvía todo. Llegó para quedarse”.
http://www.encadenados.org/rdc/rashomon/140-rashomon-n-95-john-huston/4653-paseo-por-el-amor-y-la-muerte-a-walk-with-love-and-death-1969

María y Damián, comienzo de una historia de amor

María y Damián se conocieron casi antes de saber hablar y lo suyo fue un amor romántico, de antes de la guerra, de película. María le pidió matrimonio cuando ella tenía cuatro años y él apenas siete cumplidos:

“¿Te quieres casar conmigo?” le preguntó en un rincón del parque.
“Sí, quiero” contestó Damián.

La besó como había visto besar la novia a su hermano (diez años mayor que él). Y a María le agradó.

Ambos entendieron perfectamente que sentían una mezcla de emociones y deseo sexual, que era para toda la vida, incondicional, exclusivo y exigente. Lo expresaron sin tapujos, y sin saber muy bien lo que decían: te querré siempre, no podré amar a nadie más que a ti, te querré pase lo que pase, te quiero más que a mi vida, te quiero más que a mis ojos, eres mi vida y mi muerte.

Su canción fue “Y sin embargo te quiero”, que resonó a lo largo de sus vidas cantada por Concha Piquer, Pasión Vega, Mara Barros, Miguel Poveda y muchas voces más.

María y Damián, el paso de los años

La vida fue cumplida para María y Damián desde el ardor de la adolescencia y la exploración de sus cuerpos cambiantes a la etapa universitaria de compromiso político de izquierda y experiencias sexuales grupales que poco tenían de amor romántico. Sin embargo permaneció su pacto de convivencia, su ser juntos más que dos. Por ello cambiaron “Y sin embargo te quiero” por el “Te quiero” de Mario Benedetti.

Los estudios, María, Filología Inglesa, y Damián, Matemáticas, los condujeron sin darse cuenta a las oposiciones para profesor de instituto. Los llevó tres años lograr reunirse en la misma ciudad y aquello fue señal de estampida para tener los hijos que siempre habían querido tener. Llegaron dos niñas y un varón, el menor.

La vida siguió su curso, con altibajos pues el amor romántico es mito y espejismo que persisten en el inconsciente por más que sus exigentes premisas no siempre se cumplan. Hubo algún escarceo extra-conyugal por ambos lados, pero la cosa no pasó a mayores. Llegó la adolescencia de la prole y al poco las complicaciones de los abuelos. Al final sus muertes, separadas por algunos años. Fue enfermedad especialmente dura la de la madre de María, con más de cinco años de un Alzheimer impactante.

María y Damián acordaron lo que ellos denominaron “Apaga y vámonos”. Si llegaba el deterioro mental a un punto tal que la vida dejara de ser vida, quien conservara el juicio debía ser consciente de que “Oímos que la muerte se acercaba. Lo envolvía todo. Llegó para quedarse”.

Y proceder en consecuencia.

Para acabar, dos versiones:

1.- Damián perdió el juicio

Al final las chicas consiguieron trabajo en la misma ciudad y el hijo en Londres y se independizaron de forma que María y Damián tuvieron unos años “en pareja” justo tras jubilarse. Se comprometieron con el trabajo social con vagabundos y a ello dedicaron horas sin cuento, encantados y pudiendo también disfrutar de actividades culturales, especialmente en torno al teatro.

En el grupo de aficionados, Damián empezó a tener problemas con la memoria, algo insólito pues siempre fue capaz de actuar de “apuntador” ya que se aprendía los diálogos de todos. Aquello fue de mal en peor; también se le agrió el carácter y la convivencia se hizo difícil. Los medicamentos no valían para nada; al revés, complicaban todo con sus efectos adversos, como los problemas para orinar o las caídas. Por ello María mantuvo exclusivamente el tratamiento de la diabetes de “mi hombre” (así gustada nombrarle), que ya requería insulina.

A Damián se le pasaron hasta las ganas de follar. No hubo nada que llamara más la atención a María, pues incluso con la cabeza perdida se serenaba y animaba cuando se la chupaba como paso previo al coito vaginal. “Es como si se despertara para follar”, le comentaba María a su mejor amiga al hablar de estas intimidades.

Tras la anorexia sexual llegó la anorexia propiamente dicha. Damián perdió el apetito. La diabetes era cada vez más incontrolable. Sus hijos insistían en llevar a Damián a una “residencia”. “Asilo” les corregía siempre María, que lo rechazaba y se apañaba con una chica rumana que terminó interna (viviendo con ellos). Desde el primer síntoma habían pasado cinco años. Desde el deterioro total, diez meses.

María decidió que había llegado el tiempo del “Apaga y vámonos”. Acumuló insulina y una noche le puso diez veces la dosis necesaria. “Oímos que la muerte se acercaba. Lo envolvía todo. Llegó para quedarse”. Se acostó con él, como siempre, y esa noche en el dormitorio sonó y resonó “Y sin embargo te quiero”.

María lloró sin consuelo, en silencio abrazada a su amor, a su hombre.

Por la mañana llamó al médico de cabecera, quien certificó la muerte haciendo constar como “causa principal” el Alzheimer.

“Ahora tienes que cuidarte más que nunca, que ese corazón está que ya no puede”, dijo el médico aludiendo a su insuficiencia cardíaca.

María siguió con la vida de siempre, sin despedir a la chica rumana. Logró de los hijos el compromiso de que la indemnizarían con un año de sueldo “si a mí me pasa algo”.

María empeoró y murió al cabo del mes de la muerte de Damián. Su muerte tuvo por “causa principal” la insuficiencia cardíaca. Nadie se fijó en el uso suicida de algunos de sus medicamentos.

2.- María perdió el juicio

El primer síntoma de María fue dejarse el grifo abierto al terminar de lavarse las manos. Ni se dio cuenta. Fue al día siguiente de que les asaltaran en la calle, con extrema violencia, un canalla que les golpeó sin necesidad para robarles todo lo que llevaban encima.

Después llegó lo que el médico juzgó como “ictus”, fallos del riego cerebral. Hoy era la pérdida de fuerza en una mano, otro día el fallo de la escritura, luego la imposibilidad de articular palabras. Al principio Damián depositó todas sus esperanzas en el neurólogo, después de pasar por urgencias, pero luego se desesperó por completo, tras múltiples TAC a María y cuando él ya conocía perfectamente los significados de afaxia, apraxia, agnosia y alteración de la actividad constructiva. Demencia vascular o multi-infarto concluían los informes. Y los tratamientos, absurdos e inútiles, y creando problemas. “Mejor nada”, pensó Damián. Le daban las recetas, recogía los medicamentos y luego los tiraba a la basura.

María se daba cuenta del deterioro, e intentó suicidarse con los medicamentos para su insuficiencia cardíaca. Damián estuvo al quite y no pasó a mayores. Pronto María no fue consciente de nada. “¡La niebla!”, “¡la niebla!”, “¡la niebla!” repetía con miedo, acurrucándose. La niebla oscureció su inteligencia en apenas un año. Terminó en postura fetal en la cama, sin levantarse.

La cuidaba Damián, dedicado en cuerpo y alma a atender a su esposa (decía untuosamente, de siempre, “esposa”). Sus hijos insistían en llevar a María a una “residencia”. “Asilo” les corregía siempre Damián, que lo rechazaba y se apañaba perfectamente cuidándola como si fuera una muñeca, siempre con pañal limpio, la piel hidratada, bien peinada e incluso arreglada (algún toque de sombra en los ojos, vestidos floreados que siempre le habían gustado, etc).

Continuaba la actividad sexual como si todo fuera normal. Aproximadamente una vez en semana, tras el lavado y arreglo de ese día, Damián se tumbaba en la cama, se arrimaba por detrás en posición de cuchara, le lubrificaba la vulva con una crema hidratante con estrógenos y procedía al coito vaginal. Los gemidos de María parecían revivirla a tiempos juveniles y para Damián era la certeza de que seguía existiendo un puente entre ambos. Compraba la crema en la farmacia de cabecera y la primera vez lo miró asombrada la farmacéutica pero no dijo nada (pensó “¡Qué raro que no venga ella como siempre!”) y luego ya se fue haciendo cargo de la situación.

Al cumplirse el año del asalto en la calle, María dejó de responder a los estímulos sexuales y Damián decidió que había llegado el tiempo del “Apaga y vámonos”. Arregló, vistió y acicaló a María como si fueran de fiesta, y él mismo se arregló con el mismo esmero. Fue a la cocina, cogió un cuchillo grande y se lo clavó a María en el pecho a la altura del corazón. “Oímos que la muerte se acercaba. Lo envolvía todo. Llegó para quedarse”. Comprobó que estaba muerta, se tumbó boca abajo a su lado y puso el cuchillo contra el colchón para echarse encima de su punta y que se le clavara hasta el alma, también a la altura del corazón.

Los encontró su hijo menor, que volvió de Londres esa misma tarde.

Intervinieron el juez y el forense. Hubo autopsias.

La noticia salió en primera página: “Profesor de matemáticas jubilado asesina a su mujer, profesora de inglés jubilada, y después se suicida. Es la quinta mujer víctima de violencia de género en el primer mes del año”. La noticia estuvo trufada de detalles truculentos y morbosos.

Síntesis

Paseamos por el amor y la muerte, entre Eros y Tánatos, y la vida acaba a veces de forma inexplicable.

Las pulsiones de vida y muerte tienen derivas que obligan a hacerse preguntas por más que muchas veces no encontremos las respuestas.

Juan Gérvas

Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España). jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

3 Comentarios

  1. Pedro A. Palomino Moral. says:

    Felicidades por tu inmersión en la realidad,
    gracias.

  2. Flor A de Toledo says:

    Buen y triste relato. Otro más esperanzado apetece también

  3. Mª Ángeles Castro Eiroa says:

    Este es un tema que debe estar en la conversación y conciencia social. Mucho reclamar pensiones, pero ni hablar de la soledad, del dolor físico y emocional, de la vida digna que se merece cada ciudadano que ha contribuido a sacar el país adelante. Me hiere cuando se tratan estos temas como violencia de género, cuánta ligereza, cuánta frialdad y cuánta estadística, solo para favorecer a ciertos lobys. No es violencia de género, es violencia social hacia los ancianos.

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