Punto de vista Apuntes de un boticario

Un mundo contradictorio

En mi larga experiencia como clínico, y al igual que cualquier otro profesional en su actividad, me han ocurrido infinidad de hechos, no todos anecdóticos, que, con el tiempo y en el sentido reflexivo y periodístico, me hacen plantearme su consideración. Uno de ellos es el referente a la protección de datos y a la relatividad de las cosas y aunque algunas, por su obviedad, no merezcan comentarios hay otras que sí son dignas de valorar y que ponen en valor, como se dice ahora, la experiencia y la sensibilidad de los que estamos en el campo de la salud.

Cada minuto del día vamos dejando rastro de nuestros datos biométricos, comportamientos, gustos o fobias

Tengo un amigo, en este caso médico, de una humanidad y experiencia digna de encomio. Hace unos días por temas profesionales recordábamos cómo se prestó, después de hacerle una ecografía a mi padre, muy enfermo, para, a mi requerimiento, escribirle un informe, que él leería con toda seguridad. El diagnóstico en papel estaba lleno de términos eufemísticos que suavizaban los gravísimos síntomas que mi progenitor tenía y abriéndole así una pequeña rendija a la esperanza.

-“Si esto que me pediste, y que yo escribí y firmé, lo hago hoy; todavía estaría en la cárcel”.

Le dí la razón y seguimos hablando, al hilo de ello, sobre el tema de la protección de datos y la importancia de aplicar una cierta flexibilidad por parte de los profesionales sanitarios que debemos saber en qué plaza toreamos y qué ganado lidiamos.

En busca del embarazo

Yo le conté que en mis albores profesionales tenía una paciente a la que repetía con frecuencia test de embarazo con resultados persistentemente negativos, ante su desolación, pues ya era talludita y eran tiempos en que para conseguir el estado de gravidez no había otro “método” que el divertidísimo del coito. En el caso de esta mujer y su marido, dada la obsesión en la que habían caído ambos, este acto se les había convertido en algo, más que placentero, casi obligatorio por aquello de que los especialistas de entonces sólo recomendaban “aprovechar” ciclos de ovulación, medidores de la misma e incluso horarios y posturas más cercanas a la gimnasia que al Kamasutra.

Le seguí contando que esta mujer llegó a ser, más que una paciente, un  “familiar” cercano para los que trabajábamos en el laboratorio, puesto que entre test y test eran habituales los análisis completos con otro tipo de pruebas novedosas en aquella época.

Llegó, por fin, el día en que, sin nadie esperarlo, el test de embarazo resultó positivo y fue tal la conmoción de mi escaso personal que cuando la interfecta vino, sin previo aviso como era su costumbre, una jovencita y encantadora enfermera que yo tenía desde hacía poco tiempo, nada más traspasar el umbral y ante los presentes en la sala de espera le dio la feliz noticia a voz en grito. Esta actitud, que actualmente y aún en este feliz desenlace hubiese sido recriminada, fue  tomada por nuestra paciente habitual con besos lágrimas y abrazos compartidos, también, con los pacientes en espera.

Tratamiento antialcohólico

Es contradictorio que el boticario de mostrador no disponga del historial clínico de sus “pacientes”, dado además el caso de que ya en la mayoría de comunidades se actúa con la tarjeta electrónica

Otro ejemplo antitético, pero coetáneo al relatado y en este caso con lógica, me lo contaba un boticario amigo sobre la dispensación de un medicamento usado desde hace años para el tratamiento un tanto radical del alcoholismo. Se refería a una solución con un principio activo que, agregado en gotas a la ingesta del dipsómano, produce en este, pasado un cierto tiempo, síntomas desagradables como rubefacción, calor y sudores. Fundamental es que el interfecto no sepa ni de la maniobra ni de la existencia de este fármaco.

El fin que se pretende conseguir, a veces con éxito, está condicionado por los reflejos de Pavlov. Que el alcohólico asocie la bebida a algo desagradable.

Pues bien, cierto día llegó este ignorante bebedor y un recién incorporado y joven auxiliar, aun no autorizado para atender en el mostrador, al oír, circunstancialmente, su nombre y apellidos, queriendo ser eficaz y al ver un envoltorio preparado en la rebotica con el nombre de su esposa (entonces se escribía, v.g.: “paquete para entregar a la señora del señor Escribano”) salió presto a entregárselo para que de esta forma: “su esposa no tenga que molestarse en venir mañana para recoger su “medicina”.

Eran otros tiempos, que como decía mi amigo el médico, y trasladados a la actualidad haría que, como en la película de Berlanga, estuviéramos “Todos en la cárcel”.

Contradicción manifiesta

Sin embargo, y esta es la paradoja que denuncio, hoy en día a pesar de las trabas y filtros eufemísticos que pone, pongamos por ejemplo, una secretaria o telefonista, para denegarnos el número de móvil de nuestro cuñado, cualquier entidad, empresa o sociedad a la que, al menos en mi caso, se le facilite sólo el nombre y, ¡no digamos, el DNI!, sabe de inmediato y “en pantalla” hasta el número que calzamos de zapatos. Claro está que lo que escribo, y describo, es como escupir al cielo pues la contradicción es inherente al ser humano y más aún en estos tiempos, como comprobarán si siguen leyendo.

Hace un año, y en EE. UU. (¡dónde si no!), se hizo un estudio para indagar qué información personal tiene Facebook de sus usuarios, llegando a contabilizar 98 características. Multipliquemos este número por los 1.754 millones de usuarios activos al día de hoy y nos encontraremos ante un auténtico ejemplo de Big Data. Un caudal de información valiosísimo para las muchas empresas de publicidad digital que viven exclusivamente de ese patrimonio del gigante tecnológico.

Los datos de Facebook

Facebook reportó a los mercados cerca de 8.000 millones de euros por este concepto. Se estima que el valor de estos datos de cada uno de sus usuarios aporta a la compañía unos 4 euros. Diríamos que esa es la contrapartida que estamos pagando a la compañía por el uso gratuito de su red social. Y, como es sabido, por el hecho de ser gratuito, el uso de ellos (son, contradictoriamente, datos “nuestros”) es de su propiedad.

Entre los datos que dispone de nosotros, encontramos aspectos  peregrinos, como si nos vamos a mudar de casa próximamente, compramos medicamentos sin receta o vamos a necesitar un repuesto de nuestro coche en breve. Pero que sepa si consumimos mucho o poco alcohol, nuestras ideas políticas o si nos acabamos de comprometer, es ciertamente más preocupante.

Hablamos de Facebook, pero la inquietud crece cuando a esto le sumamos Linkedin, Instagram y demás parientes y afectos. Cada minuto del día vamos dejando rastro de nuestros datos biométricos, comportamientos, gustos o fobias. Todos estos datos, sean reales o figurados, están siendo explotados por empresas privadas que los adquieren para dirigir sus acciones de publicidad micropersonalizada.

Y es que, en definitiva y remedando al inspector Maigret, si queremos saber quién es el “culpable” de todo ello: “Cherchez l´argent”.

Situación contradictoria

Visto lo cual es contradictorio que el boticario de mostrador no disponga del historial clínico de sus “pacientes”, dado además el caso de que ya en la mayoría de comunidades se actúa con la tarjeta electrónica  gracias, como pionero de ella, al Real e Ilustre Colegio Oficial de Farmacéuticos de Sevilla y a la ingente labor personal de su actual vicepresidente Manuel Ojeda Casares.

Nunca está de más, a fuer de reiterativo, recalcar  que en las Farmacias el usuario no ha de pedir cita previa, no ha de esperar, no ha de consultar un “cuadro farmacéutico” (incluidas Farmacias cual Clínicas)  sino entrar en cualquiera de las más de 22.000 que hay en España y, ¡evidentemente!, no para realizarse un TAC pero sí salir de ellas con la confirmación, valga el ejemplo, de que el queratoma del cuero cabelludo no ha progresado y que el fantasma del innombrable melanoma está de vacaciones.

Porque, si lo piensan bien, y recurriendo al viejo chiste del moroso que decía: “Tengo ya un lío con mis cuentas corrientes que no sé si yo le debo dinero al banco o el banco me debe dinero a mí”, quizás el modesto boticario (“small data”) sepa más sobre su paciente que el médico (“big data”) de su enfermo.

Por cierto Pepe, ¡felicidades por tu cumpleaños!, que hoy, como siempre, te recuerdo de una forma especial. Ya verás, por tanto, que no te olvido.

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

1 Comentario

  1. Joaquin Giraldez says:

    Me ha gustado mucho el artículo Pedro. Lo que dices es verdad. Pero lo que más me ha gustado ha sido la gracia de la anécdota del embarazo. Es genial como la describes.
    Ánimo y un fuerte abrazo

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