Punto de vista Apuntes de un boticario

Titulitis

 En su análisis de situación, el comentarista se sorprende no sólo por el aumento del número de titulaciones sino que, en ocasiones, como para la dispensación personalizada, se exija otro distinto al general de la profesión.

Ya lo he escrito alguna vez que otra: en España sufrimos, desde hace mucho tiempo, una afección que yo califico como “titulitis”, que no es otra cosa que la obsesión por estar en posesión de un título que, de ser académico, mejor que mejor. Hoy, sin que los desdore, están a la orden del día, pues hay más titulaciones universitarias que botellines y más universidades que aeropuertos.  ¡Que ya es decir!.

Esta manía es antigua y se inició cuando la hégira del campo a la ciudad se hizo costumbre. El humilde y probo labrador, no queriendo que su descendiente trabajase de sol a sol y tuviese callos en las manos, si era necesario se lo quitaba de la comida con tal que su hijo estudiase, llegase a la Universidad y consiguiese el añorado título universitario de, pongamos como ejemplo, “Licenciado en Derecho”. Hoy el nieto de ese labrador, hijo del abogado, ya tiene su título de “Licenciado en ética inversa” concedido por la Ilustre Universidad de Villapana del Belloto y dedicado a enviar currícula a troche y moche.

FEFE  impugnará el decreto de Aragón que regula los requisitos para la prestación de SPD, por exigir la realización de un curso formativo previo para obtener la acreditación.

Esta tendencia centenaria está en contraposición, como también he escrito, con la ideología universitaria estadounidense. Allende los mares se valora más lo que se sabe hacer que lo que, se supone, te faculta el título conseguido. La diferencia de este supuesto laxo proceder americano es que, allí, si realizas una mala praxis, por mucho título que poseas, se te cae el pelo.

Agravio comparativo

Todo viene a cuento por algo que yo llamo “agravio comparativo” y que la organización FEFE ha defendido y a la que yo hago lo mismo que ella desde estas líneas, pues demuestra, y sigue demostrando, su inquietud por defender los legítimos intereses de nuestra profesión. Esta patronal farmacéutica nacional ha anunciado sus intenciones de recurrir “cualquier ordenación que trate de imponer nuevos requisitos al ejercicio profesional del farmacéutico, tales como acreditaciones para la dispensación de los Sistemas de Dispensación Personalizados (SPD)”. Para FEFE, el título universitario “ya habilita al farmacéutico para ejercer todas sus funciones”.

Cabe recordar que, en consonancia con este mensaje, esta patronal ya ha anunciado que impugnará el decreto de Aragón que regula los requisitos para la prestación de SPD en las farmacias regionales, por exigir la realización de un curso formativo previo para obtener la acreditación. Tras la publicación de este anuncio el pasado mes de agosto en el Boletín Oficial de Aragón, próximamente se formalizará la presentación de un recurso contencioso administrativo ante el Tribunal Superior de Justicia de Aragón.

Desacuerdos manifiestos

Yo defendí en cierta ocasión que al igual que el médico ostenta, finalizados sus estudios, el título de “Licenciado en Medicina y ¡Cirugía!”, por qué no el Farmacéutico lo podría tener como: “Licenciado en Farmacia y Análisis Clínicos” .

“Aunque FEFE no está de acuerdo con que el farmacéutico tenga que hacer un curso obligatoriamente para acreditarse y poder llevar a cabo esta actividad, ello no implica que quienes aborden cualquier faceta relacionada con la profesión mejoren su formación por cualquier procedimiento a su elección”, puntualizan desde esta patronal. Además, concretan, “los cursos que obliga a hacer el decreto de Aragón no están reconocidos como enseñanza reglada por el Ministerio de Educación, un motivo más para esperar que la nueva norma sea finalmente anulada por los tribunales”.

Y es que, volviendo atrás, los boticarios somos más tontos que Abundio. Yo defendí en cierta ocasión, desde una mesa redonda en la que me acompañaban ilustres profesores y durante un interesante coloquio, que al igual que el médico ostenta, finalizados sus estudios, el título de “Licenciado en Medicina y ¡Cirugía!”, por qué no el Farmacéutico lo podría tener como: “Licenciado en Farmacia y Análisis Clínicos” .

Mi argumento se basaba en que, desde la noche de los tiempos, la figura del IFM, (Inspector Farmacéutico Municipal) se creó para que el farmacéutico rural estuviese encargado y titulado para llevar la responsabilidad analítica de la potabilidad de las aguas de su municipio tras analizar diariamente éstas y que así la población pudiese beber con toda confianza el fluido que manaba de sus grifos. También tenía, entre otras labores la tarea de realizar los análisis clínicos que la beneficencia del pueblo demandaba y cuya labor pagaban los ayuntamientos respectivos.

Ley de Especialidades

Por supuesto que hablo de hace muchos años antes de que se dictase la Ley de Especialidades que venía, afortunadamente, a paliar el posible desaguisado como, y de aquí mi respeto al galeno rural, el que este médico aldeano te redujese una fractura de húmero, que siempre llevaba a cabo fructíferamente gracias a la falta de recursos y los años de experiencia, pero que en caso contrario podía “tirar de título” y alegar que él era licenciado también en cirugía..

Felizmente llegó esta Ley. Y vuelvo al agravio comparativo pues, en el caso de la clase médica, no necesitaba de un examen sino tan sólo acreditar haber ejercido la especialidad durante ciertos años. Los farmacéuticos, salvo los extintos IFM que obtuvieron su título de especialistas en Análisis Clínicos de forma automática, hubimos de someternos a examen y presentación de una tesina. En la actualidad ya venturosamente ser especialista requiere una “segunda” carrera y de ahí la existencia de los MIR y FIR respectivamente.

Término medio

No es lógico que la administración niegue a una farmacia, por no disponer de campana de extracción o de flujo laminar, la preparación de unos simples papelillos de sulfato de cobre

Pero retrotrayéndonos a lo denunciado por FEFE, hemos de buscar el añorado término medio. A un profesional, hablemos de juristas o sanitarios, que no se recicle permanentemente no se le debe considerar tal y así un médico generalista, (¿recuerdan a los MESTOS?), que no esté al día de los últimos adelantos es como mínimo un irresponsable conformista.

¿Y el abogado?. Tiene la obligación y la necesidad de estar al día de las constantes nuevas leyes o cambio de las mismas si quiere medianamente llevar con éxito su despacho profesional. Yo le llamo a esto un “reciclaje” natural y no necesitado de cursos, que tan sólo quien tiene tiempo libre, ¡qué paradoja!, puede realizar.

Es cuestión de aplicar el menos común de los sentidos que es el sentido común. Un farmacéutico está “titulado” para fabricar fórmulas magistrales, pero ¿es igual la elaboración de una simple vaselina salicílica para la costra láctea que unas ampollas inyectables de alprostadilo?. Evidentemente, no. Y aquí entra el buen juicio que se le “supone” a un universitario. Igual que el abogado penalista no acepta un pleito civil, el boticario tampoco lo hace ante una fórmula magistral que escapa no sólo de sus conocimientos, sino de las instalaciones con las que no cuenta en su farmacia para ello.

También en este supuesto la legislación se pasa de la raya y, aún comprendiendo que legislar es complicado, no es lógico que la administración niegue a una farmacia, por no disponer de campana de extracción o de flujo laminar, la preparación de unos simples papelillos de sulfato de cobre. Empleemos la sensatez.

Volviendo al país estadounidense, allí el “prescriptioner” tiene a su disposición envases industriales de medicamentos, llamémosles menores, de los que extrae las grageas o cápsulas necesarias, y prescritas por el médico, las envasa en un tarro al que le pone una etiqueta numerada con el nombre del enfermo, el del principio activo, la dosis necesaria y las dispensa. Algo parecido a lo que se ha querido hacer en España con el proyecto de las monodosis. Por ello ¿es lógico tener que realizar unos cursos para que el boticario prepare un dispensador en el que coloca, previa fijación de días y horas, cápsulas y comprimidos diversos, para que el polimedicado pueda usar con facilidad y seguridad?.

Como al soldado se le supone el valor, ¿por qué no se le reconoce al licenciado en farmacia la capacidad de saber contar y calcular las fechas de un almanaque?.

 

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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