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Tenemos un problema: las industrias farmacéuticas, de la admiración al desprecio

Juan Gérvas

La evolución de la industria farmacéutica, con sus luces, muchas, y sus sombras, es objeto de análisis pues, según advierte el comentarista, estas últimas comienzan a predominar sobre las primeras y no es nada bueno para la sanidad ni para la sociedad.

Un mundo sin medicamentos

¿Se puede imaginar un mundo sin medicamentos?

Por ejemplo:
· Sin vacunas. Sin ninguna vacuna. Con minusválidos por la calle por consecuencia de la poliomielitis. Con caras destrozadas por la viruela. Con niños muertos como moscas por el sarampión. Con la tos omnipresente por la tosferina. Con ingresos por meses y muertes por tétanos. Con muertos inexorablemente tras la mordedura de un perro o un murciélago rabioso. Con la difteria ahogando a los niños. Con rubeola congénita cada poco. Con brotes de parotiditis sin cuento. Con fiebre amarilla en «locales» y viajeros.

· Sin insulina y sin otras hormonas. Con pacientes niños, adolescentes y jóvenes muriendo al cabo de un par de años, como máximo, tras el comienzo de su diabetes. Con pacientes adultos y ancianos sin control posible tras agotar las medidas higiénico-dietéticas. Con ingresos habituales por coma hiperglucémico y/o hiperosmolar. Con el hipotiroidismo como causa de muerte y de daño cerebral. Con los pacientes con enfermedad de Adisson sin tratamiento. Con el Klinefelter sin consuelo. Con los posibles usos de los corticoides en el limbo. Con cuadros de choques alérgicos sin adrenalina. Con embarazos no deseados por no existir la «píldora».

· Sin analgésicos ni anestésicos. Con cesáreas en «vivo y en directo». Con operaciones a vida y muerte en pacientes sin sedar, o sedados a base de tomar alcohol y otras substancias psicoactivas. Con toda la odontología «a lo bruto», de extracciones a implantes. Con biopsias de piel, y otras, aguantando el dolor a base de morder un trapo. Con la artrosis a cuestas, inválidos por miedo a un dolor incoercible. Con la muerte indigna que acompaña al dolor sin control. Con heridas, fracturas y traumatismos «resueltos» con rapidez de centella para acortar el sufrimiento. Con grandes quemados buscando el suicidio como alivio. Con pacientes con cefaleas y jaquecas viviendo en el mundo oscuro del dolor que anula.

· Sin psicofármacos. Con los pacientes con esquizofrenia en brotes agudos sin más control que la brutalidad física. Con depresiones graves que llevan a suicidio. Con enfermos con psicosis maniaco-depresiva sin lograr una estabilidad, del ánimo desaforado al desánimo insoldable. Con el insomnio sin control. Con niños hiperactivos graves sin ayuda ni en los peores momentos. Con ataques epilépticos recurrentes y mantenidos. Con pacientes con neuralgia del trigémino sin consuelo ni alivio. Con los pacientes con Parkinson en deterioro progresivo.

· Sin antibióticos. Con la tuberculosis campando por sus respetos y los hospitales anti-tuberculosos llenos. Con la fiebre puerperal como causa de muerte frecuente. Con la mortalidad por neumonía arrasando a todas las edades. Con las cistitis transformadas en nefritis fácilmente. Con septicemias habituales por causas varias. Con heridas naturales complicadas frecuentemente. Con la meningitis dejando su rastro de mortalidad y morbilidad. Con el tracoma y su ceguera. Con las diarreas bacterianas sin control. Con la sífilis galopando hasta llegar a neurosífilis y sífilis congénita.

Los medicamentos son un bien necesario, imprescindible.

Se puede seguir con un listado que ponga (todavía más) los pelos de punta. Por ejemplo, sin aerosoles para el asma. O sin quimioterapia para el cáncer. O sin medicamentos para las enfermedades cardiovasculares. O, para poner un ejemplo concreto, sin anticolinesterásicos en pacientes con miastenia gravis.

Los medicamentos son un bien necesario, imprescindible.

¿Quién produce los medicamentos?

Obviamente, los medicamentos los produce la industria farmacéutica. La industria farmacéutica es una rama más de la industria química, de la industria química orgánica. Se apartan las que producen vacunas pues son medicamentos biológicos, muy especiales. Pero en todo caso la industria se constituyó como tal cuando se desarrolló la química orgánica.

Los medicamentos como productos empleados para evitar, curar y aliviar el sufrimiento tienen una historia milenaria. Por ejemplo, las substancias psicoactivas incluyendo el alcohol, el opio, la belladona. O los derivados de la digital empleados para la «hidropesía». O la corteza del sauce como analgésica por su contenido en acetilsalicílico. O los derivados de la quina, para el paludismo. O el cornezuelo de centeno para el aborto voluntario y las metrorragias.

La industria logró productos seguros, de calidad estandarizada y en grandes cantidades. Además introdujo investigación sistemática. En un ejemplo, sintetizó artificialmente acetofenidina como analgésico y a partir de este producto, el paracetamol. En otro ejemplo, sintetizó el acetilsalicílico y promovió la investigación de su uso incluso fuera del campo del dolor; por ejemplo como anticoagulante en la fibrilación auricular.

Como actividad industrial la producción de medicamentos se sostiene mientras obtiene beneficios. Es decir, las industrias farmacéuticas son negocios, sin más. Las industrias farmacéuticas forman parte del entramado de la economía de mercado y se sostienen gracias al capital que invierten sus accionistas. De hecho, se cuentan entre los negocios legales más rentables del mundo y son empresas que cotizan en Bolsa. Destacan Glaxo, inglesa, y Merck, estadounidense.

El afán de lucro inteligente busca el lucro sin dañar al cliente

El contrato social con todas las empresas exige que el afán de lucro (la codicia) busque el beneficio del accionista sin producir daño en el consumidor. El ejemplo clásico es el del panadero que ve compensados sus afanes con unos ingresos que le permiten vivir. Lo lógico es que los panes y pasteles que produce el panadero sean de buena calidad y sobre todo seguros, de forma que los clientes los compran por su buen precio y por su aprecio. Nadie espera ni supone que el panadero venda un producto tóxico en su afán de lucro y que ponga la vida de sus clientes por detrás de su beneficio. Sería cruel para los clientes, dolorosísimo para la sociedad y mortal para el panadero, pues su negocio apenas duraría un día y acabaría en la cárcel. En otro caso, con panes y pasteles de calidad, seguros y a buen precio, el panadero logra crédito y prestigio social. Es lo que llamamos «buen gobierno corporativo» en un sentido lato de forma que el negocio atraiga al capital y a los trabajadores a través de un compromiso con la sociedad. Se trata de enriquecerse, pero creando bienes apreciados y necesarios, que aporten «valor» social.

El contrato social con todas las empresas exige que el afán de lucro (la codicia) busque el beneficio del accionista sin producir daño en el consumidor

Las industrias en general y las industrias farmacéuticas en particular pueden lograr ese crédito y prestigio social del panadero cuando ponen a la venta productos de calidad, seguros y a buen precio. Esta fue la situación de las industrias farmacéuticas desde su inicio, a finales del siglo XIX, hasta el «caso» de la talidomida, en los 50 y 60 del siglo XX. Los medicamentos tenían un aura increíble, de beneficios sin perjuicios y las industrias que los producían gozaban de enorme crédito y prestigio social. Bruscamente una industria «milagrosa» empezó a ser «sospechosa», no tanto por el error en la producción y comercialización de la talidomida, sino por la ocultación de datos y por la resistencia a la reparación de daños.

Los medicamentos son un bien necesario, imprescindible. Pero en su producción y comercialización no cabe poner la vida de sus «usuarios» por detrás de los beneficios de los accionistas.

El descrédito de las industrias farmacéuticas

El afán de lucro inteligente busca el lucro sin dañar al cliente porque, en otro caso, rompe el contrato social y se pierde el crédito y el prestigio. Esto es lo que le ha sucedido a las industrias farmacéuticas cuya imagen social es comparable a la de las industrias tabaqueras. Y ello es un problema, pues necesitamos industrias farmacéuticas innovadoras y fiables, que atraigan al capital y a los trabajadores.

Para poner dos ejemplos muy concretos:

1. Necesitamos una industria que no oculte ni manipule los datos de los ensayos clínicos. La historia del Tamiflú (Roche) y del Relenza (Glaxo) es lamentable, un relato que abochorna
http://www.bmj.com/content/348/bmj.g2263

2. Necesitamos una industria que valore los valores sociales y por ello produzca vacunas que puedan «romper la cadena del frío». Son millones los niños de países pobres que mueren por no superar las vacunas esa simple barrera http://esmateria.com/2014/04/26/una-norma-de-seguridad-de-los-paises-ricos-que-cuesta-muchas-vidas-en-los-paises-pobres/

Conviene recuperar con prontitud el aura de industrias «milagrosas» para las industrias farmacéuticas

El descrédito y hasta el desprecio a las industrias farmacéuticas hace daño a toda la sociedad. Conviene recuperar con prontitud el aura de industrias «milagrosas» para las industrias farmacéuticas y eso exige cambios profundos en las propias industrias y a todos los niveles en la sociedad, desde los políticos y reguladores a las agencias de medicamentos, pasando por investigadores y legisladores y los médicos clínicos y sus sociedades «científicas». Incluye cambios, por poner ejemplos, en el sistema de patentes, en la transparencia de la investigación y en la propia investigación (es inadmisible el ensayo clínico «tipo», de comparación frente a placebo).

Tenemos un problema. Hay que lograr un marco institucional, profesional y de negocio que recupere el aura de industrias «milagrosas» para las industrias farmacéuticas.

Hoy en día las industrias farmacéuticas «gozan» del descrédito, del desprestigio y del desprecio social de forma que en general no atraen sino accionistas especuladores y profesionales ambiciosos para quienes está primero el propio beneficio y después la salud de enfermos y poblaciones.

¡Pobres clientes, pobres pacientes!

Juan Gérvas

Médico general jubilado, Equipo CESCA (Madrid, España). jjgervas@gmail.com; mpf1945@gmail.com; www.equipocesca.org; @JuanGrvas

3 Comentarios

  1. Fray Tasmania says:

    Gérvas. Cómo casi siempre, totalmente de acuerdo contigo, y nada tengo que ver con la profesión médica. Frente a ese hatajo de locos cristo-fascistas norteamericanos, que abominan de las vacunas, y de las demoniacas exageraciones capitalistas de algunos grandes conglomerados, el justo término medio está (creo) en lo que acertadamente señalas. La pregunta es: ¿cuántos colegas están en tú línea?

  2. Qué tiempos aquellos, Juan, en donde las farmacéuticas tenían jefe, los jefes conocían a la mayoría de los accionistas y estos sabían en qué negocio había invertido su dinero.
    Ahora hasta es posible que nuestros dinerillos ahorrados, a los que les buscamos rentabilidad sin conocer en detalle su destino, estén invertidos en la bigpharma. Paradojas de la vida…

  3. Juan Gérvas says:

    -gracias por los comentarios, Fray Tasmania y Pepe Martínez
    -evidentemente, hay que lograr el justo término en el que los accionistas y trabajadores de las industrias farmacéuticas encuentren compensación y la sociedad se beneficie de su actividad
    -es difícil pues la des-regulación y la globalización llevan a un «anonimato», que bien citas Pepe, en el que es más fácil la existencia del capitalismo salvaje que arrasa cuanto toca
    -en fin
    -no conviene el desánimo, otro mundo es posible
    -un saludo, un abrazo
    -juan gérvas

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