Punto de vista Apuntes de un boticario

Nihil novum sub sole

Al hilo de los recientes acontecimientos relacionados con supuestas irregularidades en la distribución de una vacuna desde una cooperativa, el autor aprovecha una comida navideña para contar una situación que pone de manifiesto que no nos hallamos ante algo nuevo.

Hace unos días, y coincidiendo con las fechas navideñas, compartí mesa con un grupo especialmente heterogéneo de farmacéuticos que, como todos los años, celebran la típica comida a la que gentilmente, y sin fallar nunca, me invitan. Esta reunión tiene, como es obvio, el denominador común de todos los ágapes festivos (incluidas las BBC) en cuanto a bulla, gritos y un algo excesivo consumo de alcohol, dentro de un orden. Lo que hace excepcional este encuentro es que no se trata de la típica reunión de “empresa” en las que haya que marcar distancias con los “jefes” y debidas complacencias con otros comensales según, y dicho en lenguaje militar, escalas y graduación.

Consiste en todo lo contrario. Es un grupo, no muy numeroso, de compañeros que iniciaron este evento a raíz de la creación de “zonas” urbanas hace ya muchos años, por lo que varios de los que acuden ya están jubilados y es frecuente que acudan acompañados de sus vástagos, también boticarios y no necesariamente ejercientes en las boticas de sus progenitores, que en muchos casos ya las han vendido. Todo ello no evita que durante la comida tan sólo se hable, a base de forzar la voz por no decir gritar, de asuntos muy generales de tipo anecdótico con algún que otro chiste al uso de  la rabiosa actualidad.

Elogio de la confraternidad

El meollo de la confraternidad está al final con la consabida copa distendida y en la modalidad, que debía ser declarada olímpica, de “codo en mostrador”. Aquí se rompe el corsé de los sitios fijos en la apretada mesa donde, aunque el personal sea en general grato, te puedes encontrar de frente o de lado con el consiguiente peñazo de turno.

En la modalidad antes citada es amplia la libertad de movimientos y, sin propósito fijo, cada rana acaba en su charca. En “mi charca”, y con la inhibición que produce la situación postprandial seguida de la segunda copa de balón, fue donde un joven boticario tiró de tablet para enseñarnos una noticia en esos momentos candente. Era la que os muestro debidamente “censurada”:

“Tensión  en la semana de la ‘trama de las vacunas‘. Farmacéuticos asociados a determinado grupo cooperativo han empezado a pedir explicaciones de forma directa y vía grupos de Whatsapp por el entramado de distribución ilícito de la vacuna Bexsero. Coincidencia o no, uno de los consejeros salpicados por el “escándalo” (el entrecomillado es mío) ha recibido el plantón de la presidenta de la Comunidad, Cristina Cifuentes. El hallazgo de la trama por parte de la unidad de cumplimiento ha generado un torrente de sentimientos entre las oficinas de farmacia asociadas a esta distribuidora ya que, al tratarse de una firma con estructura cooperativa, todas tendrían derecho a la misma cuota del preparado contra la meningitis B. Titulares de farmacia de a pie han empezado ya a pedir la dimisión de los consejeros implicados en la añagaza que beneficiaba a sus farmacias

Algunas explicaciones

Tras ser leída, pasado de mano en mano el artefacto, por los ya escasos presentes que permanecíamos aún sentados en una apartada y silenciosa mesita, fue un viejo boticario el que le manifestó al joven e inocente compañero lo que no me sustraigo en transcribir ciñéndome en lo posible a su literal relato.

Contó este amigo que, recién terminada la carrera de Farmacia, allá en los mediados setenta del pasado siglo, no tenía “posibilidad” de instalar una nueva botica. El bisoño compañero enarcó las cejas como envidiando una época con “libertad de aperturas”, mueca que no alteró al veterano boticario que, sin inmutarse pero con una tranquila energía, lo puso al día sobre lo que fueron esos tiempos a los que a los recién egresados actuales les parecen dorados, y dijo:

Mira Juan, en aquel tiempo el precio de los solares de las nuevas barriadas ya estaban construidos con la medida exacta en cuanto a  la distancia que requería la ley. El astuto empresario del ladrillo, aun sin saber quién lo adquiriría, osaba ponerle un cartel con el lema: “Local para Farmacia”, pues sabía que, a pesar del precio abusivo que habrían de pagar, ¡y pagaban!, por metro cuadrado, precio que muchas veces era superior al de pisos de lujo ya construidos en el centro de la ciudad, habría listas de espera e incluso subastas encubiertas para que los recién licenciados, en general hijos de gente pudiente o del cuerpo, pujasen por adquirirlos.

Por ello querido y joven compañero a pesar de la bonanza en la que crees que yo aterricé, en mi caso no fue así. Tras terminar la carrera hube de optar por la “oferta” de  una farmacia recoleta, vieja y de pocas posibilidades presentes ni futuras.

Desconocedor del mundo “comercial” de esta profesión, consulté con mi padre y el pobre más negado en conocimientos del “comercio” y rentabilidad de las boticas que yo mismo, que ¡ya es decir!, aceptó la propuesta y con unos ahorrillos mínimos, yo era hijo único, “se compró”  la citada Farmacia.

Tras la firma de papeles, notarios y traspaso de trastos entre yo y el “pícaro” vendedor, mi padre, con toda solemnidad y henchido de orgullo, me dijo: “Ahí tienes Antoñito por fin tu farmacia, el objetivo de años de estudio y esfuerzo de todos”. ¡Pobre infeliz!.

Mi farmacia tenía, de esto me enteré luego, otra que llamaban entonces “centinela”, como los ganglios de la cadena linfática, Se trataba de una botica de gran prestigio, grandes ventas y ubicada, al contrario que la mía, en una céntrica y concurrida avenida de la ciudad.

Casi todos los días y a la misma hora entraba en mi pobre botica un educado señor que me solicitaba le dispensase una cajita de pastillas Juanola. Yo que llevaba solo un mes al frente de mi botica había observado que los almacenes con lo que trabajaba no me surtían de este producto tan barato como recurrente y atractivo a modo de chuchería para niños, ancianos y militares sin graduación, por lo que siempre contestaba: -“Perdone pero no me quedan. Me dicen en mi almacén que no hay existencias”.

Como este señor persistiese diariamente y era al parecer el único cliente que tenía “fidelizado”, me tomé el interés de llamar a los cuatro almacenes que existían entonces. Sólo en uno se tomaron la molestia, yo era un desconocido “cliente” sin tradición farmacéutica y de tercera división dada las escasas compras que hacía, de darme alguna explicación como la que te manifiesto.

Me dijeron que el laboratorio fabricante había interrumpido la producción a la espera de que las autoridades sanitarias de entonces les autorizase una pequeña subida de precio para lo que ya tenían, incluso, preparadas las cajitas de cartón serigrafiadas con el nuevo PVP.

Conocida esta circunstancia y revestido de la autoridad que genera el conocimiento de un hecho, cuando mi “fiel cliente” me volvió a solicitar la diaria cajita de Juanola, yo, como te he dicho, cogí aire y le dí una disertación sobre la industria farmacéutica, la fabricación, los precios y el estokaje. El señor tuvo la caridad de no dejarme terminar mi estructurado monólogo por que educadamente me cortó y a modo de puntillero taurino me dijo:

-“Perdone que le interrumpa y, agradecido por sus desvelos,  solo me queda decirle que en la Farmacia de la Avenida, esa que está a pocos metros de aquí, hay pastillas Juanola para curar a un tísico y además agregarle, sin ánimo de que me lo agradezca, que entro todos los días en su botica pues me da cierta pena de esta Farmacia tan escondida y con tan pocos clientes al frente de la cual y desde hace poco lo veo lleno de ilusión. No lo hago  por las pastillitas sino para animar su joven ánimo y vea que entra alguien de vez en cuando”.

Aturdido, y un tanto avergonzado, llamé de inmediato a un íntimo amigo conocedor de las sala de máquinas de esta parte comercial de la profesión y me lanzó, cual Pablo de Tarso, del caballo idealista iluminándome rápida y violentamente sobre lo que se cocía y se sigue cociendo en este negocio:

“No seas inocente. Lo que te han dicho sobre las Juanola, y lo de este producto es sólo la punta del iceberg, es relativamente cierto, lo que no significa que estas “pastillas” se hayan dejado de fabricar sino que su producción se ha ralentizado de tal forma que se ha hecho de este producto nimio algo escaso y por ello su “posesión” y venta prestigia a la botica que la tiene y “fideliza” al cliente. Por ello, ¡y espabila!, siempre habrá “clases”. Los productos que escasean y entran con cuentagotas en los almacenes de distribución son distribuidos, valga la redundancia, en proporción a la importancia de la botica y ésta no está marcada por la excelencia científica de su titular sino por el volumen de compras que realiza a su almacén.

Y que conste, terminó su “batallita” como la definió, dirigiéndose al joven farmacéutico, que lo que te he contado ha sido refiriéndome casi exclusivamente a tí y, como te veo muy aficionado a las redes sociales, quiero que lo dicho sea considerado “a cencerros tapados”, no vaya a ser que me lo retwitees de inmediato y mis grandes amigos de la distribución se lo tomen a mal. Son muchos los años en la profesión y no quiero que nadie se me enfade  porque, como dijo Lola Flores al preguntarle si sabía hablar inglés, “¡Dios no lo “premita!”.

Pedro Caballero-Infante

Especialista en Análisis Clínicos caballeroinf@hotmail.es Twitter: @caballeroinf

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