El mirador

Fantasías de errores

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Ante los errores que, en el quehacer del médico y según el comentarista, suelen ser más fantasías de errores que errores propiamente dichos, debe plantearse una ética pues, como expone, además de identificar el error, debería compartirse con el paciente y con su familia.

La imaginación llena nuestras vidas, y es fundamental para nuestra supervivencia. La realidad es en gran parte sólo imaginación. Por ejemplo, de noche imaginamos al Sol, iluminando el otro lado de la Tierra, Imaginamos la propia Tierra en su órbita cruzando los espacios siderales a la velocidad inimaginable de más de cien mil kilómetros por hora. Es la velocidad a la que nos movemos nosotros mismos, obviamente. Pero no somos capaces de sentirla, por más que sea parte de la realidad de nuestras vidas. Hay que imaginarla, sentirse en un bólido capaz de moverse a cien mil kilómetros por hora, capaz de dar cinco veces la vuelta a la Tierra en una hora, o de ir a la Luna en menos de cuatro. Sin imaginación la realidad es falsa, pura apariencia superficial.

 

Sucede lo mismo con las personas. Por ejemplo, nos imaginamos el corazón latiendo vivo, y que cada persona tiene uno. A veces percibimos con claridad tal latido, a veces el arrebol de unas mejillas nos hacen conscientes de su taquicardia. A veces como médicos vemos la radiografía de tórax, o tomamos el pulso, o examinamos un electrocardiograma, o auscultamos los latidos de un corazón, o en una toracotomía vemos directamente ese corazón que tantas veces hemos imaginado, o visto paralizado en la disección de cadáveres, o en dibujos y esquemas.

 

¿Qué decir del corazón, en el sentido de sentimientos? Podemos decir que alguien no tiene corazón, por su insensibilidad o frialdad, pero es una hipérbole. Todos tenemos sentimientos, todos tenemos ese depósito de vivencias y de creencias que nos convierte generalmente en buenas personas. Imaginamos los sentimientos de los demás por los nuestros. Por ello estamos más unidos a los que sienten como nosotros. En gran parte, estamos más unidos a los que imaginan como nosotros, a los que interpretan la realidad de la misma forma. En ese sentido los médicos somos miembros de la tribu con un acervo común, con sentimientos y conocimientos que nos ayudan a interpretar el sufrimiento humano, y a darle respuesta profesional.

 

Compartimos mucho los médicos, menos los errores. Menos las fantasías de errores.

 

Wolfgang Köhler

 

Nuestra imaginación es un tesoro, como bien demostraron los de la “gestald”, la psicología que se desarrolló a partir de los estudios sobre la percepción del movimiento. Nada lo percibimos en frío, como elemento aislado observable pues lo configura la mente para interpretarlo, y de esta forma podemos afirmar que “el todo es más que la suma de sus partes”.

 

Hay experiencias que demuestran las vivencias de los ciegos de nacimiento que logran ver de adultos. Por ejemplo, observan un gato pero no lo “interpretan”; ven y tocan una oreja “¡ah!, una oreja…”, ven y tocan un rabo “¡ah! un rabo…”, ven y tocan el lomo “¡ah! el lomo…”, y de pronto se hace una luz en su mente y ven el conjunto “¡demonios!, es un gato…”. Los que hemos visto sin problemas desde niños, ni siquiera percibimos la imaginación que añade nuestro cerebro, y que resulta imprescindible para interpretar la realidad, para sumar las partes y “ver” el conjunto.

 

El alemán Wolfgang Köhler (1987-1967) fue figura clave en la “gestald”, muy conocido por sus estudios sobre primates en Tenerife, en tiempos de la Primera Guerra Mundial. De hecho, fue tenido por espía alemán, sin que se haya probado nunca. Su libro “La inteligencia de los chimpancés” recoge los resultados de los estudios con chimpancés y orangutanes en la Casa Amarilla, en el Puerto de la Cruz. Wolfgang Köhler terminó sus días en los EEUU, tras haberse exiliado por el ascenso del nazismo en Alemania.

 

Wolfgang Köhler propuso un experimento simple para hacernos conscientes de la percepción “mezclada” con la que interpretamos el entorno.

 

Kiki y Booba

 

Llamamos sinestesia a la capacidad de percibir sentidos mezclados. Así, la Z evoca el color negro, o el color amarillo el número 7. Hay impresiones táctiles que llevan a sentir dulce, o amargo. No son asociaciones sino percepciones verdaderas e involuntarias. Por ejemplo, la sinestesia permite saborear sonidos y colores, y disfrutar de la música en forma inenarrable. La sinestesia suele ir unida a una sensibilidad especial, a la percepción de matices que se escapan a los demás.

 

Se sabe que los grandes maestros de ajedrez son capaces de sumar conocimiento y percepción para imaginar las jugadas y sus consecuencias. En esos momentos, con la mirada fija sobre el tablero, las zonas más activas de su cerebro son las de identificación de los rostros. No sabemos bien cómo deciden estos grandes maestros, pero logran “ver” las jugadas en su conjunto, de manera que el tablero es como un rostro, que expresa más que cada una de sus partes. Para ellos, el tablero es un ser vivo dotado de expresión, por más que no comprendamos bien el porqué de la decisión estratégica final que les lleva a elegir el mejor movimiento.

 

Son frecuentes las sinestesias en los autistas, pero también en personas sin enfermedad.

 

Wolfgang Köhler propuso un experimento simple, imaginar el nombre de dos figuras, una Kiki y otra Booba, para hacernos conscientes de la percepción “mezclada” con la que interpretamos el entorno. Se nos dan dos figuras, una estrella puntiaguda amarilla, con los rayos aguzados, y otra estrella rechoncha violeta, con los rayos redondeados

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/db/BoobaKiki.png

 

La inmensa mayoría de los humanos atribuye el nombre de Kiki a la estrella puntiaguda y el de Booba a la estrella rechoncha. En cierta forma, parece que los nombres son “parte” de la esencia de esas figuras. Es decir, que nuestro cerebro imagina y trabaja con una cierta lógica para establecer concordancias múltiples, de forma que el todo es más que la suma de sus partes.

 

Los médicos sumamos miles de fragmentos de información e imaginamos hipótesis y pronósticos, un todo mayor que la suma de sus partes, y a veces nos equivocamos, o imaginamos equivocaciones.

 

Errores y fantasías de errores

 

Los médicos empezamos a generar hipótesis en los primeros segundos (segundos) de atender al paciente. Y somos capaces de tener hipótesis firmes en menos de cinco minutos (minutos). Vamos a la velocidad de la Tierra, a treinta kilómetros por segundo. Esta rapidez es el producto de nuestra formación. Los médicos somos profesionales altamente cualificados, necesitados de formación continua mientras ejercemos, capaces de trabajar en situaciones de gran incertidumbre, y de tomar decisiones rápidas y generalmente acertadas.

 

No se equivoca, naturalmente, el médico que no atiende a pacientes, cuando está fuera del horario laboral.

 

Pero son las fantasías de los errores más comunes que los errores,

http://www.iiss.es/gcs/gestion17.pdf

 

Es error aquello que el médico lamenta, y que hubiera evitado de haberlo percibido a tiempo. El error hay que identificarlo y compartirlo con el paciente y su familia (“hable de ello con ellos”). El error hay que repararlo en lo posible. El error exige una ética

http://www.equipocesca.org/organizacion-de-servicios/etica-de-las-pequenas-cosas-en-medicina/

 

El mayor problema es lo poco que hablamos de los errores. Los negamos, los arrinconamos, los escondemos y los ocultamos. Pero los errores están presentes, pesan, son obvios y evidentes, se suman como parte para entender el “todo” de la decisión médica. Son una pesada carga, que el médico lleva en silencio, sin advertir que todos los médicos compartimos cargas semejantes.

 

Juan GérvasHay, más que errores, fantasías de errores. Esas sensaciones de haber hecho algo mal, de haber olvidado algo clave, de haber descuidado lo esencial. Esos flashes bruscos que nos despiertan de madrugada, esas impresiones de trabajo equivocado que se agarran al estómago, la fantasía del paciente incluso muerto por nuestra mala atención, por un error en la atención. Fantasías que agobian (y generan sudor ácido axilar).

 

Los médicos permanecemos mudos ante el muro de los errores. Mudos, también, ante las frecuentes fantasías de los errores.

 

Conmocionados y mudos ante el daño que hemos hecho y nos hacemos.

 

Nos creemos culpables, siendo muchas veces víctimas, pues los errores y sus fantasías tienen casi siempre origen en las estructuras.

 

¿Quién habla de errores? ¿Quién de fantasías de errores?

 

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

 

Acta Sanitaria

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