El mirador

Trabenco

Trabenco es un nombre propio del que se sirve el comentarista en un trabajo que podría llevar como subtítulo ‘contra el imperio de la mediocridad’, especialmente cuando, como sucede con algunos protocolos, se promueven actuaciones contrarias a las que realmente deberían esperarse de ellos.

 

Los humanos somos como las abejas y las hormigas, seres vivos sociales. Podemos vivir en solitario, pero lo nuestro es la tribu (y sus sucesivas ampliaciones). De hecho, la urbanización es fenómeno mundial imparable. Las poblaciones se agrupan cada vez en urbes mayores. La más habitada del mundo, Tokio. Son 35 millones los habitantes de Tokio. Le siguen otras muchas ciudades, con más de 20 millones de habitantes, como Seúl, Méjico, Cantón, Delhi, Bombay, Sao Paulo y Nueva York. Como es natural, las ciudades tienen sus inconvenientes, bien demostrados con la amenaza de la contaminación radioactiva de Tokio por la central nuclear de Fukushima. Esta central, al norte de la ciudad de Tokio, fue destruida por el terremoto y el tsumani del 11 de marzo de 2011. La destrucción liberó contaminación radioactiva al aire, suelo y agua (cesio, iodo, plutonio y otros productos radioactivos). Los problemas fueron imponderables y no previstos, de una central nuclear potentísima (entre las primeras veinticinco del mundo), diseñada por General Electric, al borde del mar (bajo su nivel), en una zona sísmica activa y con defectos elementales como sistemas de socorro expuestos a los mismos embates que las unidades a socorrer. El mito de una fuente de energía barata, limpia y segura es sólo la excusa que justifica contra la ciencia y la conciencia la presencia de centrales nucleares. Los habitantes de Tokio son ahora más conscientes de su “fragilidad” ante la barbarie nuclear que nos venden como necesidad. Los demás, también. Es un miedo individual y colectivo, de supervivencia personal y de supervivencia de la tribu.

Cooperativas

Una tribu depende de todos sus miembros para su supervivencia como grupo. En la tribu cada cual tiene una función y una responsabilidad, y todos se benefician del bien común. Sin saberlo sucede lo mismo en la gran tribu en que se ha convertido la Humanidad. Con el inconveniente de que en la tribu capitalista el bien común se distribuye muy injustamente, de forma que el diez por ciento de la población disfruta del noventa por ciento de los bienes.

En las cooperativas se pretende poner en común el trabajo, el capital y los beneficios. En la cooperativa se agrupan socios/mutualistas, trabajadores que ponen en común conocimientos, esfuerzo y dinero con el objetivo de sacar adelante un proyecto que les une. Su organización es democrática en las decisiones por más que la gestión pueda ser profesional e independiente. Lo clave es compartir riesgos y beneficios, ilusiones y esperanzas.

En España tenemos una larga y brillante historia del movimiento cooperativo, por ejemplo anarquista en el campo, antes de la Guerra Civil. O de las asociaciones de vecinos y laborales en la década de los setenta del siglo pasado. Las cooperativas siempre han sido vistas con recelo por el poder. Por el poder que las destruyó en plena República, y no digamos por el rodillo asesino de las “fuerzas nacionales”. Después de la Dictadura el movimiento contra las cooperativas y asociaciones de vecinos lo lideró el PSOE, seguido a continuación por el PP. Ambos partidos se dieron cuenta de que les convenía arrasar las alternativas al capitalismo subvencionado que nos domina. La partitocracia se revuelve contra todo lo que huela a capacidad organizativa independiente, a ilusión y a esperanza. El gobierno de los aprovechados, mediocres mentales profesionales, se mantiene sólo sobre una sociedad mediocre. Y en mediocres y débiles nos convierten.

¿A todos? No, como en la Galia antigua, hay “aldeas irreductibles”, capaces de mantener la independencia y la batalla sin desgaste aparente.

Trabenco

Érase una vez, hace muchos, muchos años, el extrarradio de Madrid, Entrevías y más allá. Lugares dejados de las manos de dios y del dictador. Páramos secos sembrados de edificios solitarios. Destino vital para quienes aspiraban a vivir con dignidad. Corrían los últimos años de la Dictadura, a primeros de la década de los setenta del siglo veinte. En Zarzaquemada, Leganés, al sur del sur, donde la ciudad perdía su nombre, los inmensos bloques de viviendas de cooperativistas daban un techo a la población procedente de la inmigración interior. En los bajos, las viviendas tenían el vacío, carentes de todos los servicios, desde tiendas a escuelas.

Los miembros de una asociación de vecinos decidieron ofrecer los locales al Ministerio de Educación y Ciencia, en 1972, a cambio de poder elegir a los maestros. Querían una escuela, y crear una cooperativa que permitiera un aire libre en medio de aquella geografía sólo de aire. El Ministerio aceptó hacerse cargo de los sueldos docentes, con la condición de que los profesores elegidos tuvieran aprobada la oposición. En la búsqueda de maestros y en el trabajo de base hubo influencia de un catolicismo batallador que también ha intentado anular el poder, con alguna “aldea irreductible” (ahí está, por ejemplo, la Parroquia de San Bartolomé, también en Madrid).

En enero de 1973 comenzó la andadura de una cooperativa singular, con locales y gestión privada y profesores “públicos” elegidos por los cooperativistas (en principio, seis maestros, uno impuesto por el Ministerio). Hubo personas que se jugaron mucho en sus comienzos, como Julio Delgado, María Dolores Pedrosa y Federico Martín Nebras. Las personas somos importantes para la tribu, por más que nos quieran destruir y volver anónimos como estrategia deliberada de fomento de la mediocridad. Son personas concretas las que han logrado que Trabenco exista y persista en sus objetivos, al cabo de casi cuatro décadas.

Barcelona y Valencia (y Alcalá de Henares, Alicante, Bilbao, Majadahonda, Oviedo, Sabadell, San Sebastián, Vitoria y Zumárraga, y más)

Hay en España una pléyade de “aldeas irreductibles” en el mundo de la ciencia. A veces, incluso, con cierta tolerancia oficial (no todos los políticos son mediocres, los hay honrados). Llaman la atención, por ejemplo, nombres como Marisa Rebliagato y Mario Murcia (y otros muchos que suman esfuerzos con ellos) que analizan el efecto de los suplementos de iodo en el embarazo. Se mezclan con Sabrina Llop y Xabier Aguinalde (y otros muchos que suman esfuerzos con ellos) para estudiar la contaminación con plomo, mercurio y organoclorados en la sangre fetal. Sus estudios se publican en las mejores revistas del mundo. Sus resultados no llegan a la tribu pues se interponen políticos mediocres (y otros muchos interesados que suman esfuerzos).

Así, se puede demostrar el éxito de la estrategia contra el uso innecesario del plomo (en carburantes, por ejemplo) pues el 99’9% de los niños nacen ahora con niveles por debajo de diez microgramos. Situación casi opuesta es la contaminación por mercurio y organoclorados, un problema de salud pública por su prevalencia al nacer.

Problema médico y de salud pública (por “doble vínculo”) es lo que están creando los suplementos de iodo en el embarazo. Dichos suplementos provocan trastornos tiroideos en las mujeres embarazadas y, peor, se asocian a retraso del desarrollo psicomotor en el fruto de su vientre (especialmente si son de sexo femenino). Dichos suplementos los recomiendan impunemente los protocolos al uso.

Quosque tandem abutare cordia nostrum?

En español popular:

Estamos hartos de la brutalidad sin ciencia ni conciencia que sustentan protocolos “autorizados y oficiales” ante los que nos sentimos amenazados como individuos y poblaciones. Lo de los suplementos de iodo en las embarazadas es el colmo.

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Acta Sanitaria

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