Política y Sociedad

El mirador (de Juan Gérvas): Riesgo, peligro y prudencia

Juan Gérvas

Juan Gérvas

Las cenizas de un volcán islandés llevaron al bloqueo de los cielos europeos, para evitar el peligro de que los aviones entraran en nubes de ceniza y dejaran de volar. A más ceniza, más riesgo. A más imprudencia de los pilotos para volar entre cenizas, más peligro. No es lo mismo, pues, riesgo que peligro. El riesgo lo puso la ceniza en la atmósfera; el peligro, la supuesta inevitable imprudencia de los pilotos al volar en la nube de cenizas. El riesgo es la probabilidad de un evento; el peligro, las circunstancias concretas que aumentan la probabilidad del evento indeseado. El riesgo no se pudo evitar, el peligro sí. ¿A qué coste? Miles de millones de euros en pérdidas para el sector aeronáutico y turístico, y millones de vidas obligadas a torcer su voluntad, con historias miles de imprevistos beneficios y perjuicios.

Todos los nacidos tenemos el riesgo de morir; la probabilidad de tal evento es del cien por ciento. El viajar en avión es peligroso ya que transforma el riesgo de morir en probabilidad cierta de tal. En realidad es un peligro el viajar en general, y el avión no es la forma más peligrosa de viajar. Lo más peligroso es viajar en moto, seguido del automóvil, el autobús y el tren. Ser simple peatón es también peligroso, sobre todo ahora que los conductores utilizan casi siempre el cinturón de seguridad.

Beneficio personal con perjuicio de terceros

Cuando uno se protege de un riesgo (morir en accidente de coche, por ejemplo, con el uso del cinturón de seguridad) cambia su conducta, y acepta más peligros (conducción imprudente). Así, una consecuencia inesperada del uso del cinturón de seguridad por los conductores es el mayor número de muertes entre motoristas y peatones (atropellados por los automóviles cuyos conductores llevan puesto el cinturón de seguridad). Se habla de externalidad negativa (beneficio personal con perjuicio de terceros), de daño a quien no se beneficia de la acción. Es decir, el cinturón de seguridad protege al conductor, pero la conducta alterada del conductor es peligrosa para los motoristas y peatones. El beneficio de uno (el conductor que utiliza el cinturón de seguridad) se transforma en daño de otro (el motorista y el peatón atropellados siendo “inocentes”).

Sucede lo mismo con el uso del preservativo y las enfermedades de transmisión sexual, pues el riesgo es la actividad sexual, especialmente con penetración (oral, anal, vaginal) y el peligro es la actividad sexual fuera de la pareja monógama perfecta. Una pareja de monogamia perfecta y continuada no tendrá nunca ninguna enfermedad de transmisión sexual, ni siquiera la más frecuente y leve (la que provoca el virus del papiloma humano) y no precisa utilizar el preservativo. Tampoco precisa de preservativo, obviamente, la actividad sexual solitaria. Por otro lado, el preservativo no tiene una efectividad total, sino en torno al setenta por ciento (por defectos de fabricación, mal uso, rotura y demás). Cuando un varón utiliza el preservativo su conducta puede cambiar, y puede convertirse en peligrosa. Así, el preservativo da sensación de seguridad excesiva, de evitar el riesgo al cien por ciento, y el varón admite más promiscuidad, más relaciones “peligrosas”, y con ello al final llega a más enfermedad sexual, para sí y para su pareja “oficial”. Para la pareja oficial el uso del preservativo por el otro conlleva una externalidad negativa.

Laplace y más

Los estudios científicos sobre probabilidad se iniciaron en Occidente con el trabajo de Cardano Gerdamo (1501-1576), médico y matemático, de quien se cuenta que perdió las joyas de su mujer en el juego con dados y se propuso entender la dinámica del mismo; también se dice que pronosticó su muerte para tres días antes del 75º cumpleaños, y ese día dejó de comer y se dejó morir. El planteamiento inicial formal lo resolvieron posteriormente Blaise Pascal y Pierre de Fermat, en unas cartas que se intercambiaron y que son clásicas. Pero fue Pierre Simon Laplace (1749-1827), matemático y físico, el que dio un empujón decisivo a la teoría de la probabilidad. Hoy los chicos de trece años aplican la “regla de Laplace” a problemas básicos de estadística “cuando se puede asegurar que se cumple el postulado de indiferencia (todos los sucesos elementales son igualmente probables)” y se determina la probabilidad a priori de un evento (el número de casos favorables divido por el número de casos posibles).

Laplace fue Ministro de Interior de Napoleón, quien lo destituyó casi de inmediato, pues aplicaba a la política la ciencia sin conciencia, “lo infinitamente pequeño a los grandes problemas”. Esta tendencia es rara, pues lo habitual es que los políticos no utilicen la ciencia para su toma de decisiones, o que lo hagan empleándola en dosis homeopáticas. Por ejemplo, emplean a lo bruto el principio de precaución, con el que justificaron el cierre del cielo europeo y dejaron a millones de viajeros en el suelo. ¡Había que evitar cualquier probabilidad de accidente aéreo por causa de las cenizas expulsadas por el dichoso volcán!

Riesgo nulo/cero

La aplicación a lo bruto del principio de precaución llevaría, por ejemplo, a paralizar el tráfico terrestre para evitar las muertes por accidentes en carreteras y trenes. También habría que paralizar el tráfico en las ciudades, de coches y metro, evidentemente. Con ello eliminaríamos el riesgo y no habría posibles peligros. En puridad habría que paralizar incluso el ir en bicicleta, patín, caballo y hasta el propio andar y pasear fuera y dentro de casa, pues todo ello tiene un riesgo y conlleva peligros varios.

Naturalmente, la sociedad no quiere ni admite estas reducciones al absurdo del control del riesgo, pese a que hayamos visto su aplicación en vivo y en directo respecto a la epidemia de gripe A (pandemia, con el maquillaje de la Organización Mundial de la Salud) y ahora respecto a las cenizas islandesas.

El riesgo nulo/cero de muerte no existe. Es cierto que en la teoría de probabilidades hay eventos imposibles (es imposible, por ejemplo, que una moneda tirada al aire caiga al tiempo de cara y de cruz), pero en la vida el riesgo de morir es consustancial a la vida, inevitable y hasta gozoso (para algunos, me incluyo, vale la pena vivir porque vamos a morir). Los ciudadanos de sociedades desarrolladas y opulentas como las europeas se vuelven miedosos (más miedosos cuanto más ricos sean), pues tienen mucho que perder dado que sus expectativas de vida son excelentes. Pero estos ciudadanos no son tontos, y admiten la gestión prudente del riesgo, y comprenden que las situaciones peligrosas son inevitables, por más que algunas sean inaceptables.

Dicho por un capataz ante la muerte de varios guardas forestales en un incendio, “las cosas pasan porque tienen que pasar, pero algunas no tenían que pasar”. En ese juego de palabras está la grandeza de los políticos y de las sociedades que gestionan riesgos con prudencia.

Prudencia en el control del riesgo y del peligro. Imprudente es no hacer nada. También es imprudente llevar el principio de precaución al extremo, por reducción al absurdo (la hiper-reacción ante la gripe A o ante las cenizas islandesas, por ejemplo).

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA

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