El mirador

Piloto de avión o Director de orquesta

El título del comentario forma parte de una pregunta, de si el médico debe ser como un piloto de avión o como un director de orquesta, papeles ambos directivos, pero muy diferentes a la hora de llevarlos a la práctica. Y el comentarista, frente a quienes presentan al médico como director de orquesta, opta por el de papel de piloto de avión.

Juan Gérvas

Juan Gérvas

A los niños se les tortura de muchas formas. La más clásica es la pregunta del extraño de que a quién quiere más, si al padre o a la madre. Los niños inteligentes en seguida aprenden a contestar que les preocupa más saber si el que pregunta les puede dejar su declaración a Hacienda, para difundirla entre las amistades. Se les tortura también a los pobres niños con la alimentación forzada, en la más tierna infancia, cuando la madre se topa con una pediatra línea “estricta gobernanta”, que tiene días y casi hora para la introducción de cualquier comida y complemento (sin fundamento científico alguno). Los huevos, ¡nunca!. La leche de vaca, ¡menos!. Las fresas, ¡por dios!. La vitamina D, ¡por supuesto!. Y el pobre niño, criado a golpe de instrucción, sobrevive como puede, pero eso suele dejar huella, de esas cosas que luego no se saben a qué se deben.

Modelo refinado de tortura a los pobres niños es la maestra empeñada en que el niño vaya al psicólogo, por más que la madre diga que es igual que el padre, según le cuenta la suegra. “Pues eso”, dice la maestra con mirada pérfida, haciendo ver a la madre la bestia con la que convive. Frecuente tortura es la pregunta al niño sobre qué va a ser en el futuro, si ingeniero como el padre o farmacéutico como la madre. O si se va a dedicar a los negocios como el padre, o se va a quedar en casa como la madre, pregunta la mala amiga para señalar que su amiga del alma no ejerce la música a la que tantos años dedicó.

En ese sentido los niños son muchas veces el campo de batalla de seres perversos, por más que no lo sean en el sentido sexual (que también). Los niños aprenden a escabullirse de esos individuos, amigos o familiares de los padres, y en todo caso saben que no hay problemas si responden que les gustaría ser bomberos, o astronautas, y prefieren no decir que les gustaría ser futbolista, para no ir a trabajar y tener novias guapas, o princesa para poder hacer lo que les dé la gana. Los niños aprenden pronto a comportarse en sociedad, es decir, a ser hipócritas (hay que sobrevivir frente a personas y preguntas idiotas).

Jean Piaget

Cantó Joan Manuel Serrat que los niños son locos bajitos. Son bajitos, no cabe duda, pero no tan locos. Sucede con ellos como con los locos, que son simplemente distintos. Por distintos son vistos como locos.

Jean Piaget se dio cuenta de que los niños cometían errores sistemáticos, consistentes, en las pruebas de inteligencia. Es decir, que se equivocaban persistentemente de la misma forma y manera. Es decir, que se podía deducir que el desarrollo congnitivo infantil tiene etapas, y que su aparente “menor inteligencia” es sólo una forma de ser distintos.

El pensamiento de los niños es distinto al de los jóvenes y los adultos. Parecen locos por distintos, pero tienen su lógica, y maduran con normalidad por más que resulten “extraños” durante un periodo de sus vidas. Lastimosamente casi no nos queda recuerdo de esa fase en la que éramos capaces de ver las cosas de forma “distinta”. Ser adulto es formar parte de una masa anónima y uniformada, incapaz ni siquiera de darse cuenta de la tiranía del pensamiento único. Cuando niños asimilamos las formas sociales adultas y al tiempo nos acomodamos a ellas. Renunciamos al cambio, en muchos sentidos. Todo nos parece “normal”, por más anormal que sea (como esto de la crisis financiera, que la pagan los que no han tomado ninguna decisión, como si fueran culpables por mansos). A los niños muchas cosas les parecen “anormales”, y lo expresan con claridad si se les deja hablar y si se les escucha.

Director de orquesta

El director de orquesta es un todo terreno, pues coordina los ensayos y resuelve disputas entre los músicos, además de trabajar como tal director en los conciertos, para llevar el tempo, dar entrada a los grupos instrumentales colectivos e individuales, marcar acentos dinámicos y transformar las instrucciones del compositor en órdenes que faciliten la interpretación de la partitura. Así, el director es clave para el disfrute de la música por la audiencia.

Hay muchas películas sobre orquestas y directores. Por ejemplo, la polaca de Andrzej Wajda “El director de orquesta”, con el análisis de la relación entre la joven violinista y el añoso director. O por ejemplo, la más tierna e hilarante de Radu Mihaileanu “El concierto”, francesa, en la que un degradado director de orquesta descubre una invitación para París, mientras trabaja de limpiador en Moscú, en el Bolshoi, y decide ir para allá con una orquesta falsa, con sus amigos judíos expulsados de la oficial. O por ejemplo, “Ensayo de orquesta”, de Federico Fellini, la más ácida, en la que una orquesta desorganizada es capaz de superar el caos, pero tras la muerte de la arpista.

El director de orquesta suele ser persona autoritaria, aunque no sea necesario para su trabajo. Algunos son excepcionalmente dulces, y también llevan a buen puerto los conciertos. Es difícil definir lo que sea un director de orquesta “normal”, pues suelen ser caprichosos y muy diferentes unos de otros. Hay mil formas de sacar lo mejor de los músicos (y de las partituras).

Director de orquesta o piloto de avión

En el avión uno puede ser el piloto y que no haya nadie más, ni tripulación ni pasajeros. Incluso puede volar sin motor, con el viento. El director de orquesta siempre necesita los músicos, que son su razón de ser. El piloto de avión precisa un avión, obvio, pero poco más. Un avión a punto; es decir, bien repasado por el mecánico, cargado de combustible (en su caso) y con una tripulación competente (si lleva pasajeros).

El piloto de avión es la autoridad en el avión, a todos los efectos. Se dice eso tan clásico de que puede casar, llegado el caso. Desde luego es el que decide si se aterriza y cuándo. El piloto de avión tiene el mando, y no precisa discutir con nadie, sino seguir las normas y tener sentido común, además de formación continuada y actualizada. En muchas ocasiones hay un co-piloto, que ayuda y puede substituir al piloto, en cuyo caso adquiere los “poderes” del piloto. Conviene que no haya demasiada “distancia” entre el piloto y co-piloto, pues a veces el piloto comete errores, y el co-piloto es clave para corregirlos. El piloto manda, pero no puede poner demasiada distancia con los subordinados.

El piloto de avión se puede permitir menos virtuosismo que el director de orquesta, y la partitura es más homogénea en su interpretación. Lo que importa es la seguridad, y no el placer. Cuenta con personal en tierra, por ejemplo de la torre de control, pero es sólo una ayuda, al final las decisiones son suyas.

Se ha puesto de moda comparar al médico con el director de orquesta. El médico como coordinador de cuidados que prestan distintos profesionales. Puede ser una comparación.

Pero el médico es el piloto, lo mismo en la sala de operaciones de un hospital que en la consulta rural. El médico toma decisiones y las ejecuta, decide diagnósticos y tratamientos (y muchas veces los ejecuta) y responde ante el juez por ello.

La visión del médico como director de orquesta ignora la práctica clínica y la necesidad de autoridad y de jerarquías que protegen al paciente y dan seguridad al acto clínico. El médico es el piloto, no el director.

¿Qué quieres ser como médico, piloto de avión o director de orquesta?

Hay preguntas que ofenden.

Las comparaciones son a veces odiosas.

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Acta Sanitaria

1 Comentario

  1. Juana says:

    A mi (que soy ingeniero) me gusta más la “percepción” de médico-director de orquesta, solo porque un paciente se parece más a una sinfonía que a un viaje perfectamente predeterminado … pero es solo una predilección XD ¡feliz semana!

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