El mirador

¡Piedad! ¡Por Favor!

En su defensa de las vacunas esenciales, Juan Gérvas aboga, como ya sucede en trece países europeos, por asumir una compensación extrajudicial en el caso de los daños provocados por ellas; entre otras razones, para evitar la creciente corriente antivacunación a la que asistimos.

Juan Gérvas

Juan Gérvas

Dicen que es maldición gitana aquello de que en juicios te veas y los ganes. También dicen que del médico y del enterrador cuanto más lejos mejor. Y para terminar con los refranes, aquel de médico y abogado, ¡dios nos guarde del más afamado!. Todo ello habla de un temor casi supersticioso ante la muerte y ante los juicios, sin hacer muchos distingos entre ambos. La idea popular es que verte ante el juez es peligrosísimo, algo que hay que evitar a toda costa. Más vale perder que verte ante un juez o magistrado. Esta cultura popular milenaria se ha convertido en el siglo XXI en temor con desprecio. Se expresa bien con los resultados de encuestas a la población, en los que los jueces y la Justicia quedan por los suelos, mezclados con el estiércol de la corrupción. Es una pena, pues dicen que la Justicia es el tercer poder, el poder que corrige e interpreta lo que legisla el Legislativo y el que puede frenar los excesos de lo que ordena el Ejecutivo. Quizá en teoría sea así, pero en la práctica uno ve al poder judicial como sujeto a los otros dos poderes. Peor, el nivel de los jueces y magistrados es el nivel de los poderosos, pues viven e interpretan la sociedad desde su contacto con los otros dos poderes, y con los poderosos de verdad.

Los jueces y magistrados son como los médicos en el sentido de que se enfrentan con el lado duro de la sociedad. En su caso, delitos, crímenes, robos y lo peor del ser humano; nosotros con el sufrimiento, el dolor y la muerte. Hay campos en común, por ejemplo, las reclamaciones judiciales por daños resultantes de la intervención médica. Más vale no verte ante un juez.

Charles Louis de Secondat, Señor de la Bréde y Barón de Montesquieu

Más conocido por el simple Montesquieu, Charles Louis de Secondat, Señor de la Bréde y Barón de Montesquieu, fue un representante ilustre de la Ilustración. Vivió entre 1689 y 1748, en tiempos en que Francia estuvo gobernada por Luis XIV y después por Luis XV, mientras que, por contraste, en Inglaterra se implantaba la monarquía constitucional, en la que se puso límite al poder del Rey.

El pensamiento de Montesquieu chocó con el poder, y por ello publicó algunos de sus textos bajo pseudónimo (fueron prohibidos por el Rey y clasificados por la Iglesia Católica en el Index de Libros Prohibidos). Por ejemplo, las Cartas Persas, en 1721, una brillante ironía a través de la mirada de unos inexistentes persas que viajan hasta Francia escribiendo sobre lo que ven. En París su visión oriental destaca todos los vicios y problemas de la Monarquía y de la Iglesia. Menos original pero más profundo es El origen de las leyes, publicado en 1748, donde se estableció claramente la teoría de los tres poderes, un poco en la línea de las decisiones inglesas del siglo anterior. El Estado existe para proteger los derechos que los ciudadanos se han dado a través de la Constitución, que está por encima de toda Ley. Ningún hombre debería temer a ningún hombre, y las renuncias a la libertad personal se justifican por el respeto a los demás, especialmente a las minorías desprotegidas.

Los tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial, establecen un balance para evitar el monopolio del poder y lograr una sociedad armónica, con controles y contrapesos que permiten el ejercicio de los derechos humanos al tiempo que protegen a las minorías y promueven la participación ciudadana. Todo en teoría, pues cada vez es más evidente que el verdadero poder está por encima de los tres poderes. Es el poder de los poderosos, de los que mandan, de los que tiene dinero y quieren insaciablemente más y más. Lo llaman mercado, como si no tuviese nombres y apellidos. Ante ese poder verdadero todos se agachan y todos cumplen sus designios. Buen ejemplo (en Italia, para que no duela tanto) es el juez Metta, del Tribunal de Apelación de Roma, que anuló una sentencia contra Berlusconi a cambio del ingreso de 200 millones de euros en sus cuentas en Suiza.

Necesitamos piedad a chorro para no pedir castigos ejemplares, como sufrió el juez Sisamnes en la antigua Persia.

Díptico de Cambises

Jueces y magistrados prevaricadores los ha habido siempre, como médicos corruptos. Nuestros conocimientos y el trabajo con lo que la sociedad rechaza no nos hace inmunes frente al mundo, demonio y carne, siendo el dinero parte del mundo.

Cuenta Heródoto que en Persia, en tiempos del Rey Cambises, hubo un juez prevaricador, Sisamnes. Dictó sentencia injusta a cambio de dinero. El Rey ordenó que fuera despellejado vivo, delante de la Corte y de los ciudadanos, y que su piel adornara la silla de su sucesor, el propio hijo del juez inicuo.

En el Museo Groninge de Brujas (Bélgica) se puede ver el impresionante díptico de Gerard David, pintado en 1498, que resume estos hechos, el Díptico de Cambises. Son dos tablas. En la primera se pinta al juez dictando sentencia injusta a cambio de unas monedas. En la segunda tabla se dibuja con horrible realismo el castigo del Rey, el despellejamiento de Sisamnes delante de Cambises, la Corte y los ciudadanos.

Es un cuadro docente, muy citado por los jueces, especialmente cuando hablan y escriben para nuevos jueces, los que empiezan la carrera.

Uno no quiere esa crueldad, pero a veces le viene a la cabeza el díptico, al ver la impunidad de la Justicia corrupta. La piedad ante lo humano refrena ese deseo de castigo inhumano.

Daños y daños

Toda actividad médica tiene efectos adversos y toda actividad médica puede provocar daños. Desde el simple recomendar beber agua a la medicación antineoplásica. Por supuesto, las actividades preventivas también provocan daños.

Por ejemplo, recordemos los daños de las vacunas. A veces relativamente frecuentes, como la trombocitopenia con la triple vírica. Por ejemplo, encefalitis por vacuna contra el sarampión, muy infrecuente. A veces inesperados e imprevistos, como los cuadros invalidantes tras la vacunación contra el virus del papiloma humano. En ocasiones con repercusión mundial, como los casos de convulsiones (algunos con graves secuelas) de niños vacunados contra la gripe, en Australia.

Las vacunas esenciales (que no son todas; por ejemplo, no son esenciales ni tienen eficacia las de la gripe, ni contra el virus del papiloma humano) son un bien preciado, y producen un gran beneficio social. Ese beneficio de las vacunas a la población se hace a costa del daño inmenso a algunos, muy pocos individuos. Ello se debería hacer constar en todo acto de vacunación, para explicar los efectos adversos, por improbables que sean, y para respetar el principio ético de autonomía.

El principio ético de la justicia, y la misma piedad, exigen que se repare sin dilación el daño causado a las víctimas de las vacunas. No hace falta exigir el principio de causalidad, pues con rigor de causalidad ni el bacilo de Koch puede considerarse causa de la tuberculosis (es factor necesario, pero no suficiente). La causalidad es concepto filosófico y científico de difícil cumplimiento.

En los daños por las vacunas bastaría la duda razonable, la asociación sugerente entre la vacuna y el daño (bien lejos del autismo causado por vacunas, pero bien cerca de los cuadros invalidantes por la vacuna contra el virus del papiloma humano). Este concepto se estableció por primera vez en Alemania, en 1961, y se ha ido extendiendo por las naciones desarrolladas del mundo, hasta adoptarse por diecinueve países (de ellos, trece europeos). Los dañados por las vacunas pueden optar a reparación por medios no judiciales, mediante mecanismos de compensación flexibles, rápidos, humanos y piadosos con las víctimas. Al aceptar dicho sistema paralelo se renuncia a la reclamación judicial. Para todos, mejor (menos para los abogados, que se suelen quedar con el 60% de las compensaciones judiciales por daños médicos).

Es hora de introducir en España este mecanismo de compensación extrajudicial para los daños provocados por las vacunas. No es sólo por miedo a los jueces, sino porque conviene.

Conviene por respetar el principio ético de justicia.

Conviene por piedad.

Y conviene para no alimentar el sentimiento social anti-vacuna, tan fuerte en estos momentos.

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Acta Sanitaria

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