El mirador

Memoria

En esta ocasión, el comentarista echa la vista hacia atrás para terminar preguntando, en una especie de estrategia retórica, qué hubiéramos hecho nosotros en tales situaciones y, sobre todo, qué se hace para afrontar el debate sobre determinadas actuaciones que, científicamente, está demostrado que son contraproducentes para la salud.

 

La materia tiene memoria. Incluso la materia muerta. Por ejemplo, al doblar una hoja de papel provocamos cambios que generan una huella, de forma que en el futuro será más fácil doblar la hoja por el mismo sitio. Es memoria inanimada, pero memoria al cabo. La materia viva tiene memoria, también. Desde los priones, que dominan una forma de expresión proteica definida y repetida, a los humanos, que recuerdan a sus muertos de por vida. La memoria conviene que no sea perfecta. Por ejemplo, las memorias de una llave y de su cerradura conviene que tengan cierto margen, cierta imprecisión. La llave perfecta sólo serviría una vez para la cerradura perfecta, pues su uso conlleva el cambio, la pérdida de materia, tal vez sólo de nanogramos, pero suficiente para ser en puridad otra llave tras su utilización. La memoria humana es imperfecta, gracias a dios, pues de otra manera no reconoceríamos en el espejo al ser nuevo de cada día. Parece que no hay cambios diarios, pero basta ver fotografías separadas por años y notar las diferencias, ¡y los años son sumas de días! La existencia sería imposible sin un cierto grado de tolerancia a la imperfección, sin un cierto grado de amnesia. Otra cosa es borrar los hechos y sentimientos de la memoria. O introducir en la memoria contenidos falsos. De hecho, hay una teoría que dice que el mundo se ha inventado hace unos microsegundos, y que todos tenemos en el cerebro la memoria de que existía de siempre. Pudiera ser. Pero lo más cierto es que tendemos a olvidar de más. La amnesia de la sociedad puede ser anterógrada, por no incorporar lo nuevo a la memoria, o retrógada, por no recordar eventos del pasado. La retrógada es doblemente retrógada, por ir hacia atrás y por facilitar la repetición de errores, a veces brutales. ¿Qué amnesia nos afecta a nosotros?

Contra el olvido

Frente a los horrores, la compasión con las víctimas, y la evitación de las circunstancias que los hicieron posibles. Una forma fundamental de compasión es el recuerdo. Siempre piden recuerdo las víctimas de los horrores. Olvidarlas es aceptar el horror como algo normal, o como un simple error. El olvido da aire al causante del horror. Olvidar no es perdonar. El perdón es otra cosa. Claman recuerdo las víctimas anónimas, por ejemplo, del horror de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. Fueron catástrofes de origen humano, fueron expresión brutal del mal que anida en todos nosotros. La dignidad de los habitantes de ambas ciudades necesita de nuestra memoria en el presente, expresión de nuestra propia dignidad.

Sobre ello ha escrito y escribe el japonés Kezanburo Oé, premio Nobel de Literatura en 1994. Las vivencias en su pequeña aldea de nacimiento y crianza, en Ose (en la isla de Shikodu) contribuyeron a sus primeros textos, y esa reivindicación de la memoria es una constante en su obra. Conocer los horrores atómicos, por la Segunda Guerra Mundial y por los ensayos en el atolón de Bikini, le llevó a otra línea de trabajo, antinuclear y ecologista. La entereza y dignidad de los afectados se refleja en sus obras, como el valor del sufrimiento. Pero nada transformó tanto su vida como el nacimiento en 1963 de su primer hijo, Hikan (Luz), con hidrocefalia y retraso mental que llevó a autismo. Frente al rechazo inicial, la negación y el olvido, su lección final y constante de padre coherente nos conmueve. En una Cuestión personal se resumen sus vivencias, su sufrimiento y su dignidad.

¿Qué hubiéramos hecho nosotros?

Dresde

Hubo una ciudad alemana hermosa que salió incólume de la Primera Guerra Mundial, Dresde, la Florencia del Elba, que fue destruida en un bombardeo inmisericorde entre los días 13 y 15 de febrero de 1945. La ciudad de Dresde quedó reducida a escombros por las bombas de más de mil cazas y bombarderos, en una acción que no merece otro nombre que crimen de guerra. Estaba acabando la Segunda Guerra Mundial, y la ciudad no era clave en nada. Pero había que matar, matar por matar, con bombas incendiarias y otras capaces de reventar manzanas enteras. No sirvieron los refugios ya que se acabó el oxígeno al arder todo y las temperaturas del rojo vivo de las piedras provocaron la muerte por quemaduras. La tormenta ígnea sobre Dresde sólo provocó unos 20.000 muertos (en Hamburgo, los bombardeos aliados provocaron 40.000 muertos, y en la ciudad de Tokio, 100.000), pero por primera vez las poblaciones y los políticos europeos aliados se sintieron cómplices de la barbarie militar. A finales de marzo Winston Churchill, Primer Ministro inglés, mandó un telegrama prohibiendo tales bombardeos indiscriminados de civiles. Al día siguiente el Mariscal Arthur Harris le contestó con amabilidad y claridad: Para mí, personalmente, todas las ciudades alemanas que quedan no valen lo que los huesos de un solo granadero británico. Queda clara la escala de valores, queda el recuerdo en el presente como respuesta digna a aquella brutalidad. Lo han hecho cantantes como Pink Floyd (The hero is return) y Iron Mayden (Trailgunner).

¿Qué hemos hecho nosotros?

Morir por recomendación médica

Los médicos nos sentimos autorizados a establecer patrones de conducta, desde horas de exposición al sol a tipo de actividad sexual, pasando por recomendaciones sobre ejercicio físico y y dieta. Lo hacemos desde una impunidad no exenta de malicia. Y, sobre todo, lo hacemos sin memoria acerca de los errores mortales de similares recomendaciones aparentemente inocentes. Con tales recomendaciones vamos dejando un reguero de lisiados y muertos que olvidamos. Todavía el balance de nuestro trabajo es positivo en conjunto, y no hemos perdido el crédito social. Pero conviene la memoria en el presente, por dignidad profesional y por la dignidad de las víctimas.

A veces el horror es silencioso, pero mata y avergüenza igual.

Por ejemplo, la recomendación de dormir boca abajo, en los bebés, de moda durante más de dos décadas, a finales del siglo pasado. Tal consejo concienzudo y gratuito multiplicó por veinticinco la mortalidad por muerte súbita en Holanda, pues pasó de 5 a 120 por 100.000 niños y año. En la Alemania Democrática, en Dresde por ejemplo, se implantó el dormir boca abajo en 1971, al poco de correr la buena nueva por el mundo pediátrico. Pero con un buen sistema de información se demostró una epidemia de tales muertes en la primera semana de implantación de la norma en las guarderías estatales (siete niños muertos), y de inmediato se rectificó el error.

Un horror del que en España no tenemos datos. Así es más fácil olvidar. Pero perdemos dignidad al carecer de memoria. Y con el mismo rigor seguimos recomendando, por ejemplo, vacunas de dudosa utilidad; por ejemplo, contra el rotavirus, la gripe, la meningitis, el virus del papiloma humano, la varicela, el pneumococo y demás. Dice uno de los que promueven estas actividades pediátricas que plantear un debate a favor y en contra de las vacunas es como sentar en la misma mesa a demócratas y terroristas.

Da miedo que tenga las cosas tan claras. Recuerda en su rotundidad al Mariscal Arthur Harris.

¡Se niega el debate científico!

¡Pobres pacientes, pobres niños!

Nosotros, ¿qué hacemos?

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Acta Sanitaria

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