El mirador

El Mirador (de Juan Gérvas): Homeostasis

Demasiadas pruebas y no poco encarnizamiento terapéutico en el proceso final de la vida, una actuación próxima a los principios físicos y químicos que rodean la vida, pero alejados de aquéllos que permiten mirarla desde otros puntos de vista que, se quiera o no, podrían cuadrar más con el sentir humano.

Juan Gérvas

Juan Gérvas

Todo parece guardar un equilibrio en la Naturaleza. Si uno observa la Tierra, el Sol y el Universo parece que todo tiene un sentido, un devenir de búsqueda de lo perfecto. Es bien cierto que el pez grande se come al chico, pero el chico suele reproducirse más eficazmente, y la presión a que le somete el grande le ayuda a evolucionar y a mejorar. Diría uno que la Naturaleza tiende a la perfección. En ese dinamismo el ser humano no es más que parte de la aspiración a la perfección.

¿O no? Quizá no. Quizá el hombre es una criatura demasiada extraña, el producto final en que todo se estropea, el monstruo que generan esas “leyes inmutables de la Naturaleza”. Por ejemplo, falta toda perfección y humanidad en el nuevo apartheid, ahora en Israel con los palestinos, “encarcelados” por millones en la Franja de Gaza. Sin embargo, la simple observación de un cachorro humano nos devuelve la fe en la Humanidad, en el futuro del hombre. Su sonrisa, su indefensión y su maduración son fenómenos de la Naturaleza que hacen pensar en que vale la pena transformar el mundo para que ofrezcamos algo distinto y mejor a los que nos siguen, a los que empiezan cuando nosotros ya hemos recorrido gran parte del camino.

Pena de muerte

Hay pocos países desarrollados en los que se permita la existencia de la pena de muerte para todos los delitos, comunes y de guerra. Entre ellos EEUU y Japón. De hecho, EEUU es segundo en el mundo, tras China, en la aplicación de la pena de muerte. Son ejemplos que llevan a pensar, también, en el fracaso de la Humanidad. Sin embargo, hasta Camboya, Haití y Nepal se encuentran entre los más de 108 países en los que no existe la pena de muerte, junto a los países desarrollados del mundo. Estos países han renunciado a la barbarie que significa la aplicación de la muerte como forma de resolver los problemas sociales (¿qué otra cosa son los delitos comunes y de guerra?). Los condenados a muerte no suelen ser miembros de las clases altas y dirigentes. Los condenados a muerte suelen ser pobres y analfabetos, y muchas veces simplemente locos. La persistencia de la pena de muerte confirma que algo no va bien en la Humanidad.

A veces la simple muerte, la muerte por enfermedad, puede parecer una pena de muerte, un castigo inhumano, cuando el rigor terapéutico no tiene límites. Basta recordar la ignominiosa muerte de Franco, que para muchos fue en cierta forma una pena de muerte “terapéutica”.

Leyes de la Termodinámica

Aparte del hombre, si hay algo en la Naturaleza que asombre es la energía. Ese componente transformable en masa, y viceversa. Dice la primera ley de la Termodinámica que la energía ni se crea ni se destruye. ¿Es una especie de dios? ¿Significa que existe y existirá la misma cantidad de energía desde el principio al final de los tiempos? En cierta forma, sí.

Además, la segunda ley deja claro que la energía se degrada, que toda ella tiende a “perderse” en forma de calor (de agitación de las moléculas). En corto y por derecho, que la Naturaleza tiende al caos, a “enfriarse”, no a la perfección (si la perfección es el orden, claro).

En esa degradación de la energía no se alcanzará nunca el cero absoluto, aunque tienda a ello. Hay una entropía constante, vaya. Los seres vivos somos ejemplo de la lucha de la Naturaleza por mantener sistemas complejos en un equilibrio que sólo aparentemente desafía las leyes de la Termodinámica. Al final se impone el caos, la muerte.

Animales homeotermos

En la evolución, los animales homeotermos son de los más recientes. Incluyen a las aves y mamíferos. Somos animales capaces de mantener una temperatura constante, con casi independencia del exterior. Así, el mantenimiento de la temperatura es un componente clave de la homeostasis de los animales homeotermos. Llamamos homeostasis a ese equilibrio dinámico que permite mantener unas ciertas constantes vitales, como el contenido en glucosa y en iones en el plasma. La homeostasis no es rígida, pues permite oscilaciones alrededor de unos valores que se consideran “normales”. La homeostasis implica un proceso dinámico y continuo en el que se logra el equilibrio de forma inestable pero continua.

No sería posible la homeostasis sin el consumo de energía. Es decir, sin el aporte de energía en forma más organizada que la que se libera, siempre más degradada. El subproducto es siempre calor, que se incorpora al entorno, al Cosmos. Morimos cuando es imposible mantener la homeostasis.

Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela…

El viento que empuja las velas de un barco fue imagen antigua para el ánimo que empuja al hombre. También para la determinación, la fuerza y la motivación de los seres humanos, para ese hálito vital que al final del camino se escapa como se apaga el fuego en la vela. Hay quien lo llama alma, quien espíritu, quien “no sé”.

Comprendemos la visión y su fundamento anatómico y fisiológico hasta que llega a la corteza cerebral visual y, de pronto, unos estímulos eléctricos y químicos se convierten en una “visión” que representa la realidad dentro de unos parámetros culturales. Es como si hubiese una pantalla de cine o de televisión que pudiéramos “ver”, pero de eso no hay nada. Hay un “salto”, un paso a la interpretación, a la representación. No entendemos cómo se realiza ese salto, ni su esencia. Pero claramente hay más de lo que vemos.

Lo dijo de forma sutil aquel catedrático de Anatomía Patológica bien conocido por su ateismo, que al hacer una autopsia docente y examinar el cerebro fue interrogado por el alumno “pelota”: “No se ve el alma ¿verdad, profesor”. “No”, contestó. Paró, miró directamente al alumno, y añadió: “Tampoco la inteligencia”.

Cuando muere un paciente, un ser querido, un amigo…

La espiritualidad es algo que se tiende a negar entre médicos. Los pacientes mueren, pero antes “se lucha” denodadamente contra la enfermedad y la muerte. Todo es biología y homeostasis, simple termodinámica, y no hay lugar para el espíritu (ni el alma). Cabe poco el simple coger la mano del paciente, el simple dejarle hablar de miedos y de temores, el simple mirar a los ojos y hacerle sentir que no estará solo en ese trance, que no le fallaremos. Se escapa el hálito vital, pero nosotros seguimos hablando impertérritos de iones y de fármacos.

El proceso final se llena de pruebas, de tratamientos, de ingresos y de intervenciones. De hecho, en el último mes de antes de la muerte consumimos la mitad de los recursos sanitarios de toda la vida. Absurdo y monstruoso, por el encarnizamiento que supone. A veces, más valdría dejar llegar la muerte en paz, sin más lucha que la necesaria para asegurar el bienestar del moribundo. Evitaríamos así que la muerte por enfermedad sea equiparable a veces a la pena de muerte. Por ejemplo, con esos ingresos de niños con procesos oncológicos mortales, que les apartan por meses de su entorno, que ponen de antesala de la muerte los efectos adversos de la quimioterapia “heroica” (y cruel). Espiritualidad, paz en la muerte, serenidad al final… ¡qué lejos de los objetivos médicos! ¡Qué error!

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA

Acta Sanitaria

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