El mirador

El Mirador (de Juan Gérvas): Flores

En esta ocasión, el comentarista no sólo trata de responder a su pregunta final, ‘¿tienes flores en tu consulta?’, sino a buscar las razones de por qué conviene tenerlas. Todo un proceso analítico digno de atención.

Juan Gérvas

Juan Gérvas

Como humanos, gran parte de lo que hacemos es desinteresado. Dicen que hay un “gen egoísta”, una tendencia de la materia viva para sacrificarse por otros de la misma especie. Con el sacrificio individual se logra el beneficio grupal. Puede ser, pues los estudios al respecto son de calidad y consistentes. Pero hay mucho más, al menos en la especie humana. Uno hace cosas porque sí, por el agrado de hacerlas. Por ejemplo, subir a una montaña. Es muchas veces casi inenarrable el deleite de caminar por los altos, subir hasta estar por encima de las nubes, del vuelo del águila y del buitre, pasar del bosque a los canchales, y de estos a la nieve, y a veces llegar a la cumbre. Tan gustoso como subir a la montaña es, por ejemplo, disfrutar del atardecer, de ese cambio sutil en el aire, de esos destellos anaranjados, cobrizos que llegan a grises, de esas nubes caprichosas que emergen y se hacen únicas con los últimos rayos del Sol. Es el disfrute por el disfrute, como cuando leemos poesía o pintamos un cuadro. Son actividades desinteresadas, sin más objetivo que añadir placer espiritual a nuestras vidas.

Flores

Las flores son los órganos reproductores de las fanerógamas, bien gimnospermas bien angiospermas (según el polen tenga acceso directo al ovario, o no). Entre las gimnospermas, con semillas desnudas, el pino, o el ginkgo biloba. Entre las angiospermas, el rosal o el manzano. La flor de estas últimas es la flor que estudiamos como “típica”, con sus sépalos (cáliz), pétalos (corola) y verticilos reproductivos (androceo y gineceo).

Cuando en la misma flor hay verticilos masculinos y femeninos se habla de flor hermafrodita, como en la patata. Si sólo hay verticilos de un sexo, se habla de flor unisexual, como la de la morera. Hay también flores neutras, sin ningún verticilo, que simplemente ayudan al conjunto para atraer los animales polinizadores. Hay flores reunidas, a veces cientos, las inflorescencias, como la margarita o el girasol (en este caso, falsas flores, pues el conjunto parece una sola flor).

El color de las flores, rojo, amarillo y azul se debe a los pigmentos de los pétalos, bien acumulados en cromoplastos, bien disueltos en el citoplasma. El color blanco, por ejemplo de la magnolia, se debe a la reflexión de la luz, que logran los pétalos bien acumulando almidón, bien aire. Hay colores (“púrpura de abejas”) que sólo se perciben en la escala ultravioleta; son las “guías de néctar”, donde suelen posarse los insectos. Estos ayudan a la polinización, y se habla de flores zoófilas y de animales antófilos. La zoofilia optimiza la fecundación; así, las flores que dependen del viento para la fecundación (anemófilas) producen hasta un millón de granos de polen por óvulo, mientras en las orquídeas la proporción llega a ser de uno a uno.

Ikebana

El cultivo de plantas por el exclusivo goce de sus flores es cosa de antiguo, de hace más de 5.000 años. La contemplación y olor de las flores produce un sentimiento positivo, un placer y un disfrute desinteresado. Por supuesto, ese disfrute es más fácil donde hay muchas flores, como en Tahití (Polinesia Francesa), pero se ven plantas decorativas con flores allá donde llegue el hombre, desde Laponia hasta Tierra de Fuego.

En Japón se desarrolló a partir del siglo VI el arreglo floral, el ikebana (que significa “flor viva colocada”). En el ikebana no cuenta tanto el color como el trazado lineal y la asimetría armónica, la comunión con la naturaleza, el respeto, el amor y la comunicación con nuestro entorno natural. Se emplean flores, pero también hojas, ramas y semillas. En su desarrollo hay todo un budismo zen que busca expresar mediante el arreglo floral el paso del tiempo, el espíritu, las formas, el ritmo vital y la mitología. En general son tres las ramas y la figura básica el triángulo que expresa el Cielo, la Tierra y al Hombre. En su desarrollo el ikebana definió normas y estilos, como Rikka, Nageire, Moribana y otros.

Kenzan

En el arreglo floral japonés, en el ikebana, asombra muchas veces ver las flores y otros componentes enhiestos, sin apoyo en las paredes del florero, o sencillamente “naciendo” de un plato con agua. El kenzan explica el truco. Se llama kenzan a una pieza plana de plomo, de formas diversas, con decenas de pinchos en los que se clavan las flores, hojas o ramas. El kenzan está sumergido en el agua del florero o plato, con los pinchos hacia arriba, y sirve de soporte al arreglo floral. El kenzan, como el “púrpura de abejas”, no se ve. Pero gran parte de la espiritualidad que sugiere el arreglo floral japonés depende del kenzan.

Sonrisa de Duchenne

La sonrisa genuina, la sonrisa verdadera, la risa sincera y espontánea, con el alzar de las comisuras labiales y el entrecerrar de los ojos, se llama “sonrisa de Duchenne”. Es por Guillaume Duchenne (1806-1875), el médico francés que describió la distrofia muscular “de Duchenne”. Fue médico clínico e investigador riguroso de los efectos de la electricidad en el hombre, que documentó con la fotografía. Se interesó por la expresión de las emociones, y por tal mantuvo contacto estrecho con Charles Darwin.

En la sonrisa de Duchenne lo característico es la contracción de los músculos cigomáticos mayor y menor, y orbiculares de los ojos. El estímulo eléctrico procede de los ganglios basales, que dependen para ello del sistema límbico. Así, la sonrisa verdadera expresa un estado anímico placentero que se acompaña de la secreción de endorfinas.

Sonreír, reír, es una forma de ser feliz. Quizá sólo el breve tiempo en que nos arrancan la sonrisa, la carcajada. Quizá como base para construir una sensación de que vale la pena vivir, de que los humanos somos valiosos, predominantemente buenos.

Flores en la consulta

No hace falta saber nada de ikebana, ni tener un kenzan, para que la consulta esté adornada con vida, un florero con agua y una flor fresca, una hoja verde o un trozo de rama artísticamente dispuesta. Ayuda a establecer un espacio humano, ayuda a permitir la expresión de lo insondable, ayuda a calmar el dolor, el sufrimiento y el agobio del paciente. El arreglo floral alegra la vista y genera emociones positivas, a veces incluso facilita ver la sonrisa de Duchenne en el médico y en el paciente. Puede que el paciente no vea las flores, como no solemos ver el kenzan, ni vemos el “púrpura de abejas”, pero somos parte de un entorno, estamos integrados en un espacio y un tiempo, manejamos la vida y el paso de la sociedad en la consulta, y las flores nos ayudan a sobrevivir a la desolación que tantas veces conlleva la enfermedad. Las flores en la consulta son por el paciente, pero también por el médico, ambos enfrentados al desvalimiento y al sufrimiento.

Flores en la consulta, gesto desinteresado y humano, forma material de sugerir lo espiritual, la integración de la enfermedad en el ciclo vital.

¿Tienes flores en tu consulta?

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA

Acta Sanitaria

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