El mirador

Entre pillos anda el juego

Como hiciera Cervantes con su visión sobre el túmulo de Felipe II, en ocasiones lo mejor es recurrir al estrambote y a la ironía para subrayar lo que sucede con algunos capítulos de nuestra política sanitaria y farmacéutica.

 

Al túmulo del rey Felipe II que se hizo en Sevilla

“¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!;
porque, ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta braveza?

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más que un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,
Roma triunfante en ánimo y riqueza!

¡Apostaré que la ánima del muerto,
por gozar este sitio, hoy ha dejado
el cielo, de que goza eternamente!”

Esto oyó un valentón y dijo: “¡Es cierto
lo que dice voacé, señor soldado,
y quien dijere lo contrario miente!”

Y luego incontinente
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

Murió Felipe II en El Escorial (Madrid) el 13 de septiembre de 1598. Se celebraron exequias en todo el Imperio. En la catedral de Sevilla se construyó un túmulo grandioso, en cincuenta días. Cervantes se ríe con el soneto de esta expresión última para un rey burócrata, de esta soberbia máquina de la mundanal vanagloria. El soneto tiene sus 14 versos reglamentarios, más un estrambote. Son los tres últimos versos, los irónicos y satíricos, donde deja claro Cervantes que se trata de un bravucón, de un valentón, de alguien al que gusta levantar la voz, pero sin mucha gallardía (gallardía que faltó a Felipe II). En general, el estrambote cumple esta función y su mismo nombre alude a estrambótico, a extravagante, irregular y sin orden.

Empleó también el famoso fuese y no hubo nada el Conde de Villamediana, Juan de Tassis y Peralta, como remate a su A Josefa Vaca, reprendiéndola su marido. Este Conde es casi un personaje de novela. Mujeriego y jugador, pendenciero y poeta, lo mismo tuvo amantes compartidas con el Felipe IV que se acostó con su esposa. Y para dejarlo claro vistió con bordados de monedas de oro, reales, y la leyenda son mis amores reales. Hizo poesía satírica contra todos y todo, y arruinó a muchos en el juego. Se permitió provocar al propio Rey, pues siendo gran rejoneador, éste le hubo de reprender por picar muy alto (en alusión al probable adulterio de la Reina). Fue desterrado dos veces y finalmente asesinado por ballesteros en la calle Mayor, de Madrid, el 21 de agosto de 1622, en un crimen de Estado, impune, promovido por el Rey y/o el Conde Duque de Olivares. Se le aplicó así la pena capital, tanto por sus atrevimientos como por su sodomía (estaba siendo investigado por la Inquisición, y de hecho muchos otros implicados murieron en la hoguera, el 5 de diciembre de 1622, en la plaza Mayor de Madrid).

Pecado nefando

Las relaciones sexuales entre mamíferos del mismo sexo no conllevan actividad reproductiva, y parecen un lujo de la Naturaleza. No son infrecuentes, por ejemplo, entre elefantes, delfines, hienas, bisontes, primates y demás. Parece como si el placer individual estuviera por encima de la necesidad de la especie.

Entre los humanos sucede lo mismo, con rechazo social frecuente. Pero la reacción de rechazo ante la homosexualidad femenina ha sido generalmente más suave que ante la masculina. En la antigua Grecia las relaciones entre varones no tenían connotación perversa, de la que sí gozaban en Judea. Así, la Biblia identifica las relaciones homosexuales anales entre varones como la causa principal para la quema de Sodoma y Gomorra (en realidad su pena principal fue atentar contra las leyes de la hospitalidad, contra los mensajeros enviados para salvar a Lot). Se nombraban sodomitas a todos los implicados en el sexo anal, fueran varones o mujeres, y se castigaba tal pecado con la lapidación. Los castigos pasaron al mundo cristiano, y se aplicaron con rigor proporcional a la conveniencia política, de forma que constan en las leyes de muchos países normas y penas varias al respecto (desde la castración y exhibición pública a la horca y la muerte en la hoguera). Todavía persisten tales leyes y castigos en muchos países del mundo. Y en otros se han abandonado recientemente, como en 1994 en Alemania. De hecho, los homosexuales alemanes identifican la cifra 175 como símbolo orgulloso de su opción sexual, por el artículo 175 del Código Penal en que se recogía el delito y la pena.

La Medicina contribuyó a la brutalidad con la definición de la homosexualidad como enfermedad. Con ello se justificaron tratamientos brutales, incluso con consecuencia de muerte (por el empleo de la apomorfina, por ejemplo). Ahora se reprueba tal uso del poder médico de definir salud y enfermedad, pero persiste el mismo abuso al definir sin sentido pre-hipertensión, depresión, osteoporosis, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, pre-diabetes, niveles normales de colesterol en sangre, o diabetes gestacional, por ejemplo. Todo con tal de justificar tratamientos.

Juego nefando

Es nefando lo indigno, torpe, de lo que no se puede hablar sin horror o repugnancia. Pues ese adjetivo merece la política farmacéutica de unas agencias que más parecen de mala Industria que de buena Sanidad y de unos políticos que más parece mirar su propio futuro que el presente de los pacientes.

Desde luego, no faltan medicamentos esenciales que justifican el respeto a las empresas farmacéuticas. Falta el control de los abusos.

Por ejemplo, en el British Medical Journal se ha denunciado la opacidad de la European Medicines Agency respecto a los ensayos clínicos que justifican la aprobación de los medicamentos. La falta de transparencia es el espejo de la corrupción, y cuando se ve negro cualquier cosa puede pasar. Al final lo pagan los pacientes con, por ejemplo, cientos de miles de infartos de miocardio (rofecoxib) o miles de muertos (anti-arrítmicos). Esta falta de transparencia también afecta a la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, cantera de profesionales para los altos cargos de la industria farmacéutica, como el Ministerio y muchas Consejerías de Sanidad (se diría que la política da acceso al grado del magister preciso para el trabajo de representante farmacéutico).

Los políticos de uno y otro signo nos entretienen con su juego nefando, con su divertimiento maligno del coste de los medicamentos. Han estudiado a fondo estas cuestiones, desde ángulos muy distintos, entre otros, Jaume Puig (economista de la salud, Barcelona), Juan Simó (médico de familia, Pamplona) y Salvador Peiró y Ricard Meneu (investigación de servicios, Valencia).

El coste de los medicamentos es desde luego un problema, pero no el problema. El problema es la sobremedicación (por ejemplo, analgésicos, ansiolíticos, antibióticos, anti-osteoporóticos, anti-psicóticos, anti-ulcerosos, hipolipemiantes, y otros), la variabilidad en el uso (el lugar de residencia marca la cantidad y tipo de medicamentos, con diferencias de más de cien veces, sin enfermedades que lo justifiquen) y los efectos adversos (por millones).

¿Y los medicamentos hospitalarios? Bien, bien, sin control, sin freno, con abuso de medicamentos con marca de fantasía, anticuerpos monoclonales, quimioterapia y medicamentos huérfanos y de uso compasivo.

En el juego nefando y estrambótico de centrarnos en el coste todos nos contaminamos, industriales, políticos y profesionales. Entre pillos anda el juego.

¡Pobres pacientes!

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org)

Acta Sanitaria

Deja un comentario