Política y Sociedad

El Mirador (de Juan Gérvas): Come y calla

Juan Gérvas

Juan Gérvas

La Edad de los Metales es un tiempo en la Humanidad que todavía perdura. Saltamos desde la Edad de Piedra a una nueva era, en la que supimos utilizar los metales, con su ductilidad y dureza, con su atractivo brillo. De hecho, se pueden seguir los asentamientos humanos por la concentración artificial de metales en su entorno. Quizá los primeros metales utilizados fueron las pepitas de oro nativo, tan fáciles de encontrar y de manipular en la Naturaleza, seguido de la plata y del cobre. El manejo del fuego se logró hace unos 500.000 años, pero sólo hace 5.000 años del desarrollo de una tecnología suficiente para poder fundir metales y crear bronce, aleación del cobre y estaño (Edad de Bronce). Después, hace unos 3.500 años, los hititas emplearon nueva tecnología que permitía trabajar el hierro, y a martillazos crear armas con las que vencieron a aqueos y egipcios (Edad de Hierro). Hubo avances, como los que permitieron las espadas de Damasco a partir del acero de la India (el acero es hierro con carbono, con menos oxígeno del habitual, más tenaz y menos quebradizo que el propio hierro). Hasta el final de la Edad Media no se contó con forjas capaces de producir calor como para producir fácilmente el acero.

Sinfonía del Acero

La Steel Simphony es obra de Leonardo Balada, compositor nacido en Barcelona en 1933, y asentado en EEUU desde 1956. Según cuenta él mismo, su padre era sastre y aficionado a la música y le consiguió una beca a través de un cliente que tenía un primo pianista en Nueva York, profesor en la Manhattan School. La mejor versión de la Sinfonía del Acero es la que dirigió Lorin Maazel, y en todo caso trata de evocar los sonidos y sentimientos del compositor al visitar una acería en Pittsburg, EEUU, donde se estableció en 1972. Es una sinfonía multirrítmica que da idea de ese mundo bárbaro tecnológico en el que con medios aparentemente brutales se logra domar la Naturaleza. Recuerda un poco el propio trabajo personal sobre nuestro cerebro durante el periodo en que aprendemos algo nuevo: ¡cómo chirrían nuestras neuronas!, ¡cómo se quejan las sinapsis!, ¡cómo se violentan nuestras creencias!, ¡cómo avanza lo nuevo abriéndose paso a través de lo viejo!

Leonardo Balada ha creado obras varias, muchas de ellas con un componente de tradición, de recuerdo de su infancia y de sus raíces, de su compromiso ético y político. Así, Sardana, Quasi un pasodoble, Sinfonía en Negro (en honor de Martín Lutero King) y Symphony nº 6 (of Sorrows) . En esta última recuerda los muertos inocentes de la Guerra Civil española, e incluye alusiones al Himno de Riego y al Cara al Sol. Muy personal es No Res, un réquiem agnóstico por la muerte de su madre.

No he de callar…

No he de callar

Por más que con el dedo

Ya tocando la boca

O ya la frente

Silencio avises

O amenaces miedo.

¿No ha de haber

un espíritu valiente?

Así comienza la larga “Epístola satírica y censura contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a Don Gaspar de Guzmán, Conde de Olivares, en su valimiento”, escrita en 1625 por Francisco de Quevedo y Villegas. Es un texto pensado para obtener el favor del Conde-Duque, pero no lo consiguió. De hecho, Quevedo terminó en la cárcel de León (el actual Parador Nacional), de 1639 a 1643, sin que se sepa muy bien la causa, pero en relación con su amistad y apoyo al Duque de Osuna (quien también acabó en la cárcel, donde murió).

Quevedo fue un políglota culto, capaz de leer varios libros simultáneamente y de hablar correctamente francés, griego, hebreo, italiano, latín y portugués. Escribió mucho y fue poeta excelente. Suyo es El Buscón, una novela cruel que refleja la sordidez y pobreza de la España que robaba en el Nuevo Mundo toneladas de oro y plata para llenar las arcas de banqueros genoveses y alemanes, sin que en nada mejorase la vida del pueblo, sino el lujo de los ricos. No calló Quevedo, tampoco contra los médicos. Tuvo formación ecléctica, incluyendo la Medicina, en las universidades de Alcalá de Henares y de Valladolid. De Quevedo se puede decir mucho, a favor y en contra, pero nadie podrá atribuirle “cobardía intelectual”.

Telón de Acero

La locución Telón de Acero fue utilizada por primera vez en sentido político por el nazi alemán Joseph Goebbels, para referirse a las fronteras con Rusia. Después de la Segunda Guerra Mundial hizo fortuna de la mano del inglés Winston Churchill, para referirse también a la frontera con los países comunistas, tras la que se perdía la libertad, donde no había democracia. El Telón de Acero cayó primero en la frontera entre Austria y Hungría, y definitivamente al abrirse el Muro de Berlín.

Sin ton ni son

Toda la historia de la Humanidad es un viajar en el tiempo para lograr el respeto a los disidentes y a las minorías. De ellos viene muchas veces el avance al que nos resistimos, como se resiste nuestro cerebro al nuevo conocimiento o el metal a su forja. Fue fácil ver el atropello a la libertad y a la democracia en los países soviéticos, e ignorar el micro-nazi que se esconde en muchas de las mentes de los poderosos “occidentales”. Es la “cobardía intelectual” que reclamaba aquel otro advirtiendo que “el que se mueva no sale en la foto”. Y no salir en la foto implicaba, e implica, no disfrutar de las prebendas del poder, no poder traspasar el Telón de Acero que aísla a los privilegiados de los partidos en el poder (sin democracia ni libertad interna).

Son pocos los “espíritus valientes” que reclamaba Quevedo. Pocos los capaces de decir lo que sienten. Saben que lo pagarán, incluso ahora, en España, en plena democracia. Es lo que le ha pasado a Ana Clavería, salubrista destinada como Técnico Senior en la Agencia de Evaluación de Tecnología de Galicia. Su contrato terminaba en agosto, pero le llegó el cese fulminante tras publicar a primeros de junio un artículo sobre el “Acordo de xestión 2010” en la revista Cadernos de Atención Primaria. En democracia lo lógico hubiera sido organizar de inmediato un seminario e invitar a los dos firmantes (Jesús Rey García y Ana Clavería) para discutir sus críticas y tratar de introducir mejoras en el acuerdo. Aquí lo esperable es lo sucedido, la defenestración inmediata de Ana Clavería y su vuelta como Técnico de Salud en Vigo. Someterla previamente a una sesión de tortura hubiera estado feo, pero el cese fulminante sirve de aviso para otros navegantes que tienen que aprender a callar si quieren seguir comiendo.

¡Si Quevedo levantase la cabeza!

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es Médico General y Promotor del Equipo CESCA

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