El mirador

Compasión y cortesía, piedad y ternura (Medicina Armónica, con ciencia)

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En una especie de iniciación al trabajo del médico, el título del comentario enumera los principios que conforman la Medicina Armónica en la que los elementos externos (algo no se aprende en los libros, pero que debería enseñarse), frente a los científicos (lo que se enseña), suelen proporcionar muy buenos resultados en la atención a los pacientes.

El escenario

 

El encuentro médico-paciente es siempre sagrado. En apenas unos minutos hay un intercambio de información a la velocidad de la luz (lenguaje no verbal) y del sonido (lenguaje oral) sin olvidar la velocidad de difusión de las partículas odoríferas y otros intercambios todavía más sutiles pero esenciales, tipo vibraciones osteomusculares sentidas al dar la mano, o el tacto en la exploración física.

 

El médico aporta arte, ciencia, equilibro, sencillez, serenidad y técnica. El paciente, agobio, inquietud, inseguridad, fragilidad, miedo y vulnerabilidad.

 

En general la situación cursa por unos cauces esperables y “tolerables”. Pero a veces la consulta se desborda con fortísimos sentimientos “amenazantes” que van más allá de las profundidades de la piel y del alma para llegar al tuétano y a lugares ignotos de nuestra mente. A veces la consulta “duele”; de verdad, duele. La consulta se convierte en sacramente sagrada

http://www.equipocesca.org/uso-apropiado-de-recursos/consultas-sagradas-serenidad-en-el-apresuramiento/

 

“¿De qué murió su padre?”. El paciente duda unos micro-segundos, el médico intuye que la respuesta no será de rutina, sin darse cuenta se tensa, la espalda un poco más recta, el respirar un poco más hondo, algo más de sudor axilar, el paciente valora instantáneamente si puede hablar, si se siente seguro, mira directamente a los ojos del médico y algo le dice que está en territorio amigo, y responde: “De hambre”.

 

Y rompe a llorar amarga y desconsoladamente.

 

Es un varón de 55 años, su primera visita, y casi estabas abriendo la historia clínica, de rutina. Algo te advirtió quizá de que no era una rutina, que el paciente había ya buscado comprensión antes con otros colegas y había encontrado rechazo. Quizá fue su asombro apenas expresado al recibirlo de pie, llamándole por su nombre (recién leído en la pantalla del ordenador), al darle la mano, al ayudarle a sentarse, al iniciar la entrevista preguntarle con respeto cómo quería que le llamases: “Francisco”, “Don Francisco”, “Hernández”, “Sr Hernández”, “Paco”…”¿de tú o de usted?”. Se notó que lo habían apaleado más de una vez. Y se notó que el médico lo notó y que en esta ocasión iba a haber una relación franca. Hasta cierto punto el paciente sintió, presintió y/o percibió que iba en serio, que podría ser quien era sin miedo a ser maltratado.

 

Afortunadamente el paciente encontró un médico que ejerce con arte, ciencia y técnica salpicados con compasión, cortesía, piedad y ternura.

 

El escenario en la consulta es en parte utilería (atrezzo, muebles, enseres, camilla y biombo de exploración, por ejemplo), en parte escenografía (una foto de un cuadro de un pre-rafaelista, un jarrón con una flor cortada) y en parte vestuario (con o sin bata, pajarita, desaliñado, con o sin barba, con o sin collar-pendientes). El cuidado y actitud del médico son importantes, las uñas pintadas (limpias en todo caso), bien afeitado o con la barba recortada (o salvaje, limpia en todo caso), la mirada directa, la actitud abierta, los propios juicios de valor ausentes y los valores del paciente siempre presentes. Hacemos teatro, y nosotros somos los profesionales de forma que conviene cuidar la utilería, la escenografía, el vestuario, la presencia y las actitudes. Después, y siempre, el arte, la ciencia y la técnica.

 

Compasión

 

Los médicos somos y debemos ser “sanadores”. La aspiración de ser científicos conlleva graves daños para los pacientes y para la profesión. La medicina es arte, ciencia y técnica, pero el barniz de los números, el brillo de los aparatos, el poder de los fármacos y los ensayos clínicos nos pueden transformar en soberbios y prepotentes. Conviene saberse más sanador que científico, más sanador que técnico y más sanador que farmacólogo.

 

La mirada del médico es compasiva. Es una mirada que dice “Entiendo lo que siente y padece, no me cansa oírle, soy solidario con su vulnerabilidad, además de médico soy persona, cuente conmigo”.

 

Tener compasión del paciente y de sus familiares es entender su sufrimiento y desear ayudar a resolverlo. La compasión es un sentimiento profundo difícil de verbalizar. El budismo lo enarbola por bandera, pero a los occidentales la compasión nos avergüenza, como si la solidaridad ofendiera al otro. Es justamente al contrario, la mirada compasiva es una mirada protectora, que extiende un manto compartido y hace al paciente no sentirse un extraño sino parte de la tribu humana, delante del sanador que siempre ayudó frente a la incertidumbre del enfermar y del morir.

 

Son distintos los mantras que expresan compasión, según lugares y culturas. En unos casos es el simple asentir y dejar hablar. En otras situaciones se espera un contacto físico, el dar la mano a la anciana desolada por la muerte de su nieta. En otros, repetir “¡Qué dolor, qué dolor!”, o “¡Cuánto sufrimiento!”. Etc.

 

La compasión va más allá de la empatía, pues ésta es una forma de inteligencia, de capacidad cognitiva, de “entender inteligentemente”, mientras la compasión se refiere a un nivel más básico, de solidaridad ante el sufrimiento. La empatía es más de la corteza cerebral, la compasión más del sistema límbico. La compasión es un sentimiento, no un conocimiento. Los sanadores son compasivos. Los médicos, como tales, también.

 

Cortesía

 

La cortesía se utiliza para lograr que todos estemos cómodos. A veces puede chocar. Por ejemplo eso de “No hay nada más democrático que el usted”. Bien le duele al anciano ingresado de urgencias por hematemesis, que de pronto es tuteado y llamado “abuelo” por cualquier chiquillo que pasa por allí, de prácticas en la facultad, no digamos por administrativos, celadores, médicos y enfermeras. El anciano rumia su pensamiento sin decir nada: “¿De qué me conocerán?” o “¿Cuántas veces hemos comido juntos?”. Nadie le pregunta cómo quiere ser tratado y muchos piensan que esa campechanía estilo Casa Real es expresión de compromiso; craso error en ambos casos.

 

Trabajar con cortesía es respetar las buenas costumbres, según la cultura y situación del paciente. De ahí la importancia de conocer la sociedad de los pacientes que atendemos, sean rumanos, musulmanes, daneses, británicos o gitanos, o españoles rurales, o catalanes o extremeños. Sobre todo cuando no es uno ni dos, sino un montón. No puede ser dar por supuesto normas de cortesía de la clase media urbana española de mitad-finales de siglo XX de la que solemos proceder.

 

En cortesía más conviene un punto de exceso que la escasez que casi llega al desprecio, insultante en lo más hondo. Dar la mano al recibir y despedir a un paciente es lo mínimo. Ayudar a quitarse el abrigo se hace con gusto a pacientes de todas las edades y sexos. Saludar cortésmente al paciente que se encuentra en la calle nos abre puertas para después poder prestar una atención de calidad. Etc.

 

Hay que adaptarse. Por ejemplo, no es la misma la cortesía con un niño que con un anciano, ni con una adolescente a la que se conoce desde que nació que con una adolescente extranjera en su primera consulta. La cortesía sitúa en plano de igualdad al médico, por el respeto que expresa al enfermo como persona.

 

La cortesía pretende que el paciente se sienta cómodo y relajado, con libertad para expresarse al ser tratado con la deferencia apropiada. En seguida ajustamos la cortesía a la situación y al paciente pues no puede ser la misma con quien habla fluidamente español y conocemos “de ciencia propia” que con quien acude por primera vez cubierta con un hiyab y apenas nos entiende. Cortesía es en parte etiqueta pero como una forma de expresar reconocimiento, no como mecanismo para establecer barreras.

 

Piedad, ternura y Medicina Armónica

 

Trabajar con piedad es reconocer el impacto del sufrimiento en el paciente y en sus familiares y tener conmiseración. Ser enfermo es volverse frágil, es perder la integridad física y/o mental que caracteriza al ser humano. La piedad permite tener clemencia, entender lo que significa la enfermedad en el paciente. La piedad es también importante con los compañeros, y con uno mismo, pues enfrentarse al sufrimiento, al dolor y a la muerte de los pacientes no es fácil y más de una vez se producen heridas profundas.

 

Trabajar con ternura es tener una actitud de reconocimiento del “otro” (paciente y sus familiares) como humano doliente, que precisa de un afecto y delicadeza especiales. Equivocadamente, la ternura sólo suele esperarse y/o exigirse en las relaciones amorosas, pero justo el paciente y sus familiares necesitan ternura a chorro, y negarla es un error. El médico que trabaja con ternura liga sus decisiones clínicas a las expectativas de los pacientes y, por consecuencia, tiene mayor probabilidad de éxito profesional.

 

Ejercer con ciencia, arte y técnica pero también con compasión, cortesía, piedad y ternura es ejercer una Medicina Armónica

http://www.actasanitaria.com/referencias/documentos/documento-como-ejercer-una-medicina-armonica-claves-para-una-practica-clinica-clemente-segura-y-sensata.html

 

La Medicina Armónica aporta a cada paciente y situación proporciones adecuadas de arte, ciencia y técnica con ternura, piedad, cortesía y compasión (también a familiares, poblaciones y compañeros). ¿Por qué no ejercer así?

 

Juan Gérvas

 

 

Juan Gérvas (jgervasc@meditex.es) es médico general y promotor del Equipo CESCA (www.equipocesca.org) @JuanGrvas

 

 

Acta Sanitaria

1 Comentario

  1. Vi el programa Retrats del canal 33 de TV3, me gustó mucho pero la verdad que quedé atótina al escuchar al Dr. Gervas sobre las ecografías y las operaciones del cancer de mama. Podrian indicarme si hay algún libro de dicho doctor sobre el tema. Grácias.

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